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sábado, 29 de agosto de 2026

DINAMÉCUM: Cuentamén (DG)

¿Qué es esto?, se preguntará el lector… CuentaménDG es lo que usted se temía, un prospecto pedagógico: la primera fórmula de una obra que pretende ser magna, el DinamécumDM. La metáfora es limpia, usted podrá comprobarlo: las dinámicas de grupo funcionan exactamente como medicamentos. Si no le presta leer lo que sigue —tengo la impresión de que me voy a extender—, vaya directamente al final e imprima el prospecto. Ello será una prueba más de que usted anda con prisa: necesita más café y la máquina que se lo sirve es lenta: descarga el vaso, muele bien el grano… Con prisa o sin ella, solo ansiamos que el recién nacido proyecto sea útil a la consecución de objetivos en su aula, o en su empresa. Todo es aula, guerra, barro…

La primera fórmula de nuestro Dinamécum se fundamenta en el cuento: «Cuéntame un cuento y verás qué contento… Érase una vez… ¿Saben aquel que dice…? ¿Y saben lo que pasó?». La impronta que generan los cuentos nunca se diluye. Los cuentos siempre han estado ahí, ejerciendo sin querer de medicina social y comunitaria. El problema suele ser que contamos cuentos enteritos, ya masticados, sin pausa reflexiva. Al obrar así, solo servimos al 25 % de nuestro target: el sujeto teórico, asimilador —modelo de Kolb (1984)—. El resto —divergentes, acomodadores y convergentes— jamás cruzará un puente que no ha construido. Una batallita más, pensarán mientras enchufan la antena a tierra… De acuerdo con Goldstein (2013), la pausa reflexiva puede estructurarse a través del acrónimo STOP, adaptado al entorno hispanohablante como DROP (detente, respira, observa, procede).

Los cuentos funcionan como un canal alternativo para percibir y reorganizar la propia realidad. Una mágica vía, tan ancestral en la historia de la humanidad como en la del propio sujeto, una vieja locomotora de carbón que puede saltar barreras críticas generando íntimos cambios que serían imposibles usando las lindas vías racionales del AVE. Milton Erickson, el gran maestro de la metáfora terapéutica, usaba el cuento y sus metáforas prescribiendo, «de contrabando», vías de sanación que el sujeto debería encontrar por sí mismo. Para analizar una de sus intervenciones más paradigmáticas, usaremos el principio activo de Cuentamén Transferencia: quitaremos el final para que sea usted quien imagine el desenlace, la moraleja, el amén del asunto:

En una ocasión, un periodista acudió a Erickson para que tratase sus severos problemas de adicción al alcohol. Milton no trataba esta patología, pero en vez de derivarlo a alguna asociación de alcohólicos, hizo una excepción: recomendó a esta persona sentarse durante horas a contemplar los cactus del Jardín Botánico de Phoenix. ¿Y sabe usted lo que pasó? Piénselo, suponga, postule, busque un amén, no tenga miedo a fallar. Para ello, deje esta lectura, dese un paseo para pensar y continúe solo cuando escuche su propio «¡eureka!»…

Para Gianni Rodari, la fantasía no es un elemento temible como el coco, ni una falta que deba ser perseguida (Rodari, Gramática de la fantasía, 1973/2002). Malos tiempos para la lírica también hoy:  el cuento —peligroso incendio intelectual— pretende ser sofocado por sus flancos, cabeza y cola. Por la cabeza: La miseria cognitiva, «los cuentos pueden llevar al individuo a elegir el poco rentable camino de pensar, porque pensar consume mucha energía». Por el flanco derecho: El bulo del HUESO y la MARÍA —nótese el nombre de mujer—. «¡Cuánto cuento, se dice… «¡Lo que hay que hacer es estudiar!», cuando el mundo en un gran cuento trufado de cuentos entrelazados: títulos, carreras, facturas por pagar… Nótese que cuando hablamos de cuentos incluimos en tal categoría historias, mitos, fábulas, crudos experimentos, sesudos artículos o frías estadísticas. Todo lo contable es cuentizable; el ladrillo puede ser convertido en piruleta. Sirva como ejemplo un relato que publiqué este mismo blog: La langosta y el congrio.

También se pretende apagar el cuento por el flanco izquierdo: La categorización obsesiva, esa manía instrumental de categorizarlo absolutamente todo, ese vicio incorregible de inventar líneas divisorias que luego hay que tragarse pensando que sin ello no es posible el crecimiento. Ante la línea pedagógica entre pedagogía (para niños y adolescentes) y andragogía (para adultos), nos preguntamos ¿Andragogía? ¿Por qué, si la vida es tan corta? ¿Son los cuentos de Gloria Fuertes para niños? ¿Y las caritas de Francesco Tonucci? ¿O la Mafalda de Quino? ¿O los calambrazos del experimento de Milgram?

Y finalmente por la cola, que es lo más fácil: El sesgo de demolición, esa fijación por matar al gato buscándole los tres pies con exactitudes milimétricas. Cuando contamos una historia, siempre hay un tonto en la primera fila que dice que eso es mentira, que realmente no sucedió o que la fuente es falsa. ¡Qué cara de satisfacción pone al hallar esa miserable grieta que generará, por real decreto, orden de demolición inmediata! ¿Es pecado dejar que alguien se trague el fraudulento experimento de las palomitas y la Coca-Cola (Vicary, 1957), cuando lo importante es su moraleja: el humano es jaqueable y carece de albedrío real ante la publicidad subliminal? ¿Es delito comprender que uno puede acabar en el psiquiátrico solo porque le colgaron una etiqueta diagnóstica —se puede estar cuerdo en un sitio de locos— por creerse el tramposo experimento realizado por Rosenhan en 1973?

El asunto queda zanjado: ¡todos los cuentos son mentira y ya está! Si todos los cuentos tienen los pies de barro, todos los experimentos también acabarán por tenerlos. Como profesor, no perdonaré nunca la puñalada trapera hincada a Pigmalión por las grietas encontradas en el maravilloso cuento-experimento de Rosenthal y Jacobson, publicado justito antes del mismo mayo del 68. He visto cosas en el aula que los teóricos de despacho jamás creerían: alumnos desahuciados por el sistema brillar gracias a una mirada de confianza; batallas campales transformadas en silencios sepulcrales con solo bajar la voz o responder con una carcajada; milagros en plena refriega que ningún frío estudio se atrevería a registrar. También he disfrutado el jodido miedo en medio del rock and roll, pero nunca he abandonado. Omitimos a menudo que todo está construido sobre mentiras, pero sin error no hay aprendizaje, lo perfecto es totalitario. Porque para aprender hay que sentirse un genio, solo así Pigmalión seguirá vivo: ¿Es sacrilegio sentirse ingeniero al montar los muebles de la sueca? El niño siente realmente que el dibujo que colorea es suyo, porque no se sale de las rayitas. Sin esa revelación nunca podrá llegar a pintar Las meninas. Ya se dará cuenta, tras diez mil horas de práctica deliberada (Gladwell, 2008) de que cuanto más sabe, menos sabe (Kruger y Dunning, 1999). Seguro que Demoliciones S. A., en la primera fila, ya encontró varias grietas…

Apagar cuentos por la cola es fácil para el erudito apostado en la primera fila. A veces pienso que la pieza a cazar no es el cuento, sino el contador. Nada que ver con quienes se sientan en el fondo sur. Esa gente es diferente, disfrutan de la música incluso sin oírla. Confían en la buena intención pedagógica de la pequeña, por lejana, señora de la tarima. Siempre aprenden algo, lo que les da la gana, porque lo más importante nunca está en el guion. Creen de inmediato que las ranas hablan, porque si no lo creyeran no podrían seguir ese cuento tan bonito que les están contando. Creen también que el microondas es mágico porque calienta el cafelito de la mañana sin hacer fuego, pero no quieren saber nada de un magnetrón que emite ondas electromagnéticas que hacen vibrar las moléculas del cafelito sin calentar la taza, porque están hasta los cojones de todas esas mandangas que realmente nadie entiende. Siguen soñando con aquella parte de la cabeza que no les quedó infartada con proposiciones sustantivas, dativos aspectuales y locuciones propositivas complejas que nunca entendieron, pero que manejan a diario sin saber cómo cojones consiguen hablar la mar de bien. Creen en la magia porque quieren llegar a fin de mes y juegan a la lotería aunque vengan como moscas mil tontos a desengañarlos con probabilísticas razones. Van al médico a por placebos y quieren que les vuelvan a contar todas las mentiras del romanticismo. Siguen al Rubius porque su profe de filosofía es un youtuber incomprendido. Siempre aprecian un buen cuento, no tienen por qué comprender su laberíntica magia. La magia tiene tanto fundamento como el microondas ¿Piensa alguien que la esencia terapéutica del cuento consiste simplemente en relatar historias? (Bandler y Grinder, La estructura de la magia, 1975-76).

 Para que Cuentamén Transferencia funcione es menester «capar» el final-moraleja del cuento. Esa pausa mantenida en el tiempo es el principio activo de la DG.  En 1927, la psicóloga rusa Bluma Zeigarnik comprobó que los camareros olvidaban totalmente las comandas que ya habían servido y cobrado, mientras que recordaban perfectamente las ventas no cerradas. Lo no finalizado mantiene el intelecto en tensión; dolorosa clave para pensar.  La misma tensión que cargan las grandes preguntas sin solución que plantea Sugata Mitra: ¿de qué están hechos los pensamientos? Ursula K. Le Guin plantó un cuento maravilloso: Los que se alejan de Omelas (1973). Aunque el título es enunciativo, el lector llega finalmente a preguntarse ¿Qué pasa con los que abandonan Omelas y dónde van tras dejar la ciudad de la felicidad? Y en cada lector se produce un mágico insight porque Ursula calla y así, gracias a su silencio, es Jaimito quien da en preguntarse: ¿a dónde iré cuando se acabe el miltoniano paraíso de mis suspensos? Y, cosa singular, barajará sus respuestas: a la taberna, al fútbol, a estudiar una oposición, al carajo…

Cuentamén Transferencia no es una ocurrencia disfrazada de prospecto: es la experiencia organizada de tres décadas de oficio en docencia, psicoterapia y RRHH. A continuación, tiene usted un enlace al prospecto. Solo le pedimos una cosa, léaselo; no haga como con el paracetamol. Imprímalo a doble cara, disfrútelo y haga la colección Dinamécum en su capeta roja.  Imprima copias para otros docentes y pídales que hagan lo mismo: no es una cadena de favores, es propaganda clandestina. «Nos gusta pensar que vivimos a la luz del día, pero la mitad del mundo siempre está oscuro; y la fantasía, como la poesía, habla el lenguaje de la noche» (Ursula K. Le Guin, El idioma de la noche, 1979).

¿Ha pensado usted ya qué pasó con el alcohólico sentado frente a los cactus?  En Mi voz irá contigo (Rosen, 1982) se cuenta que, años más tarde, la hija de este señor contactó con Erickson para comunicarle que su padre había sanado, se había vuelto abstemio: mirando los cactus había comprendido que un cactus florece y vive en perpetua abstinencia de agua. Andamiemos conocimientos y saberes desde la fantasía: todo el mundo sabe que las ranas de Bucay no hablan o que el decálogo de la manipulación mediática de Noam Chomsky no es de Chomsky, aunque cientos de tesis doctorales se lo hayan atribuido y sendos tribunales se hayan tragado la falsa autoría de un «cuento» de gran valor (Sylvain Timsit, 1999). Si Video Killed the Radio Star, ¿don Dato, al menos, indultará a doña Moraleja?

Enlace al PROSPECTO CUENTAMÉN DG