jueves, 13 de agosto de 2026
miércoles, 12 de agosto de 2026
GALLIVENTA (2)
La venta de la gallina
Había sido
responsable comercial en una importante distribuidora de productos de
hostelería у alimentación durante muchos años.
Una pena que
la tercera generación de propietarios hubiera llevado a la empresa a una
quiebra anunciada. Lo que más me dolía era que, básicamente, el motivo del
cierre había sido la utilización de los beneficios que generaba la
distribuidora en otras aventuras empresariales de difícil futuro.
En esos
pensamientos estaba yo mientras aguardaba en la fría sala de espera a que el
director y propietario de Zulanita, SA me recibiera. Llevaba más de una hora
esperando y durante ese tiempo me dediqué a observar la estancia: repasé
visualmente la decoración y dirigí varias miradas furtivas a la secretaria del
director que, previamente y por teléfono, me había dado la cita por la cual
estaba ahí sentado. Era ya una mujer madura pero aún atractiva, saltaba a la
vista que se cuidaba. Estoy seguro de que la mujer se percató de mis miradas de
soslayo con esa capacidad innata que tienen las señoras para percatarse de que
las mira un señor y regocijarse internamente por sentirse aún admiradas,
corroborando así la teoría de que los hombres somos como somos.
El interfono
sonó y después de una breve conversación con monosílabos, me indicaron que
podía pasar. Toqué la puerta con mis nudillos, abrí, y asomando la cabeza, pedí
permiso para adentrarme en aquel despacho forrado de madera, grande y lujoso
que olía suavemente a ambientador de los caros y en donde había al fondo,
detrás de un escritorio un señor de cincuenta y tantos, de aspecto pulcro y
ropa bien planchada. Desde luego la buena presencia no se le podía discutir y,
no sé por qué, lo primero que se me vino a la cabeza era que este caballero y
la secretaria que me había atendido tenían algo en común desde hace tiempo. Qué
cosas.
Después de las
presentaciones me dijo secamente que no sabía a qué venía a su empresa, y al
ver mi cara de estupor, me explicó don Zulano que hacía años mantenía
desavenencias muy graves y continuas con mi nuevo jefe, don Citano, de Citania,
SA, al que consideraba un enemigo y que por lo único que me había recibido era
para satisfacer su curiosidad del porqué la desfachatez de mi presencia en su
casa. Mi mente entonces se tornó en una máquina de producir sudor frío. A ver
cómo le explicaba yo a este individuo que estaba allí para venderle una
gallina. La madre que parió a don Citano.
—Vengo a
venderle una gallina por orden de don Citano —espeté.
—¡Fuera de
aquí! —me contestó inmediatamente.
—Verá, don
Zulano, antes de que me eche usted de aquí con cajas destempladas le
agradecería que me escuchara un par de minutos. Considero que puede ser
interesante para usted, para su empresa y para mí lo que tengo que decirle.
Podemos convertir esta sinrazón en una buena razón y en una oportunidad de
negocio, y si me apura, en una venganza por la burla que mi nuevo jefe nos ha
hecho víctimas a usted y a un servidor. Podemos revertir esta estupidez y, lo
que es mejor, podemos hacerlo ganando dinero.
—Tiene dos
minutos y después sale de aquí.
—Gracias. Yo aún no pertenezco a la plantilla de don Zutano, le pedí
trabajo ayer.
Le conté mi historia. Don Zutano conocía mi anterior empresa y a sus
primeros propietarios; los respetaba. Se interesó por el tema y me dijo que
continuara. Por así decirlo, «me dio cancha».
—Yo, con mi esfuerzo y tesón, traje por la calle de la amargura al
departamento comercial de la empresa de don Citano muchos años. Al quedarme en
el paro pensé que donde mejor me valorarían era precisamente en mi competencia
directa, esa competencia a la que tanto combatí. Fue un craso error, don
Zulano. Me encontré con una persona que, lejos de abrir una conversación
profesional, parece ser que vio una oportunidad de vengarse, de hacer leña del
árbol caído y, por lo que estoy viendo, burlarse tanto de usted como de mí.
—¿Por qué aceptó entonces esa estupidez de venir a venderme una
gallina? ¿Dónde queda su orgullo, su dignidad?
—Le podría decir que por mi familia, por mis hijos, que también es
verdad. Pero la realidad es que me di cuenta enseguida de lo que pretendía don
Citano no era otra cosa que humillarme. Por otro lado, era conocedor de su
empresa y de sus graves y antiguas desavenencias con don Citano.
—Bueno. Y ahora, ¿qué? ¿A dónde nos lleva todo esto?
—El epígrafe de la empresa de don Citano no permite vender gallinas,
solo bebidas y productos de alimentación empaquetados, nada más. Cuando me
condicionó a venderle una gallina para darme trabajo le seguí la corriente
porque, normalmente, el que piensa que los demás son todos tontos, suele ser el
más tonto de todos. Le dije que eso estaba hecho e incluso le pedí una factura
oficial por la gallina, con todos los datos, número y hasta el sello de «pagado»,
es decir, lo que se suele llamar una factura oficial. Veinte euros más IVA., y
el concepto «una gallina común viva». Aquí la tengo.
—No sé por qué le estoy escuchando, pero siga y acabe.
—Usted me compra la gallina y yo le firmo la factura. Después, su
abogado denuncia la actividad no pertinente y, por supuesto, el hecho de tener a
un vendedor sin asegurar, o sea, yo.
»La segunda parte es que me dé usted trabajo y le aseguro que seguiré
peleando como lo hice los últimos quince años para que las expectativas
comerciales de Citania, SA sigan en mínimos, ahora que precisamente se las
prometen felices por haber cerrado mi antigua empresa.
»Ese espacio comercial, don Zulano, si usted me ayuda, aún es mío, y si
trabajo para usted, será suyo. Piénselo, porque hecho todo esto, habríamos
metido a la Agencia Tributaria y a la inspección de la Seguridad Social en casa
de don Citano. Y si le tapamos al mismo tiempo el hueco comercial que dejamos
en mi antigua empresa, le habremos asestado un golpe muy serio, aparte de que
nos habremos cargado a este impresentable, prepotente y mamarracho que
pretendió reírse de usted y humillarme a mí.
»Antes me preguntaba por mi dignidad, pues bien, don Zulano, ahí tiene
usted mi dignidad, dejándome la piel trabajando, si usted lo tiene bien.
Salí del despacho esperando una futura llamada del don Zulano. No debió
de quedar muy convencido… o sí. El hecho es que se quedó con la factura por una
gallina, y yo con un billete de veinte euros en el bolsillo para don Citano, de
Citania, SA.
Y hay quien dice que la vida de un vendedor no es emocionante.
Indalecio, a su pesar
(El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)
(ESCENA I) El plano general del
espacio escénico muestra lo que parece ser un viejo consultorio médico. Azulada
y tenue es la luz que penetra por el ventanuco enrejado abierto en la pared
izquierda; bajo este, una desvencijada camilla cubierta con la sábana que
preserva la intimidad del muerto. Apesta a tabaco. En el centro del escenario,
una mesa con dos sillas enfrentadas; por su particular disposición, este set
parece más destinado a interrogatorios que a la práctica médica: la pantalla de
luz, aún caliente, permanece apagada. Sobre la mesa, un cenicero Cinzano
abarrotado de colillas y un bolso de mujer.
En
el foro, una oxidada vitrina repleta de cajas de medicamentos, artilugios y borrosos
cachivaches —todo en desorden— entre los que destellan unos viejos y
descromados fórceps. El espacio se ilumina muy poco a poco: está amaneciendo.
Podemos suponer, si atravesamos la cuarta pared, que los artefactos oculares de
la única persona que hay en el patio de butacas se están acostumbrando sin
sobresalto a los lúmenes crecientes de la aurora y así es que ya no solo pueden
mirar, sino también ver y finalmente observar todas aquellas cosas que, aunque
antes existiesen veladas, siempre estuvieron presentes en la vitrina: una
miríada de oscuras porquerías de superstición entre las cuales se hallan dos
marciales soldados de cerámica de Manises, varios amuletos (hipopótamo, tortuga
y rinoceronte), un enrollado laberinto de bolas extraído en algún bar con el
gancho de una máquina tombolita de a euro, y la cabeza pelona de una muñeca tuerta
traída por el mar…
Gobernándolo
todo, el retrato del sexto Felipe. Es de reducido tamaño, esto se nota porque
está rodeado del aura de sucia blancura libre de pátina que dejó otro cuadro mayor, removido hace años. ¿Para qué pintar si el tiempo sabe hacerlo? Si el huérfano
espectador se fija bien —cosa imposible sin la tecnología que para estos
menesteres tienen a su servicio los técnicos del Museo del Prado—, podrá
apreciar que sobre la sombra que dejó Juan Carlos, persiste el cerco de otro
cuadro aún mayor, una sombra más triste, franca. Bajo el rey, un perchero
del que cuelga una amarilla bata blanca.
Al
fondo y a la derecha, como siempre: la puerta del retrete. Esto es lo que supone la butaca ocupada;
pronto comprobará que este acceso tiene por función franquear la entrada y el mutis
de los actores. La puerta está coronada por un mugroso cartel en letras de
molde: «SALA DE ESPERA».
Se
oye un carraspeo bajo la sábana, un gargarismo sin flema. El muerto rompe la
muerte y se quita el sudario. Es Leonisa, la doctora. ¿Por qué ha dormido hoy en la consulta? El
ermitaño del graderío despoblado no sabe si lo tiene por costumbre; no le
importa, no le incumbe, no quiere saberlo. Pero, aunque el detalle no altere ni
determine la estructura del guion, es golosina chéjoviana que Robinson Crusoe
degustará más tarde en su silla cuando compruebe que nada está ahí por
accidente y corrobore su teoría: la doctora, aunque muy joven, no es una
doctora común. El náufrago en la platea cierra los ojos para que la doctora se
desperece, componga sus ropas arrugadas por la noche, se calce la bata, esconda
el cenicero en la vitrina y castigue sus pies con bonitos zapatos. (Cae el
telón)
(El
telón se levanta. SALA DE ESPERA)
(ESCENA 2: Interludio) La sala de espera está
en penumbra, parece vacía; pero si el asistente solitario, queriendo enfocar, fuerza
a tope los músculos ciliares achinando los ojos, podrá descubrir un manojo de
paraguas en el cántaro del olvido y sentado en el rincón, camuflado, oculto, un
espectro: Indalecio. Sin verle la cara, intuye ahora y comprobará después que
es paciente habitual de la doctora y que, aunque apagado, mustio y tristón, es
buen tipo. No hay más tiempo para descripciones ya que todo está muy oscuro y
porque se escucha el dulce, pero firme «PASE» de la doctora Leonisa. (Cae el
telón)
(El
telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)
(ESCENA 3: Clímax / Indalecio
entra en consulta)
—Buenos días, Indalecio,
siéntese y cuénteme.
—Buenos días, doctora; verá: no
he pegado ojo en toda la noche. Aún me duele recordarlo…
—¿Qué le duele, Indalecio?
—No lo sé, doctora, esto es lo
curioso, solo sé que me duele…
—Disculpe, Indalecio —la doctora
Leonisa se levanta y empieza a palpar con meticulosa profesionalidad el cuello
del paciente—. ¿Se le forma aquí en la garganta algo parecido a un nudo
congestivo? ¿Le duele concretamente aquí?
—S-si… —responde asustado
Indalecio. La doctora ocupa de nuevo su silla. El cruel silencio y los ojos lastimantes
de la doctora, que a su pesar no puede contener, provocan el pánico del
paciente:
—¿Es grave, verdad, doctora
Leonisa?
—Mire, Indalecio: pude notar al
palpar su cuello que el agarre del dolor en esa zona concreta del gaznate
revela a todas luces que su mal es de etiología y origen bancario. Puede
respirar tranquilo. Lo suyo es muy habitual: se trata de una leve crisis
HIPOTECÁTICA. No tiene por qué preocuparse, le pasará pronto: en dos o, a lo sumo,
tres generaciones.
Indalecio no comprende los
silbos gomeros de la doctora, pero se siente confortado por la etiqueta
diagnóstica y su pronóstico. No obstante, su cara revela que hay algo más…
—¿Qué más, Indalecio?
—Estoy hundido. Me siento
culpable, muy culpable, culpabilísimo…
—¿De qué se siente tan culpable,
Indalecio? Dígamelo, no pasa nada, aquí puede usted hablar con entera libertad.
Yo le escucho.
—Bueno, doctora, verá: me siento
culpable del cambio climático, de la capa de ozono, del hambre en el Tercer Mundo,
de las guerras, de gastar mucha agua… Nos estamos cargando el planeta…
La doctora, antes de que
Indalecio siga ahondando en crudas realidades que le hundan más en su natural
tristeza y que también a ella le están jodiendo la cabeza, recorta con maestría
torera:
—Lo que usted tiene es algo muy
normal y común: un SCI (Síndrome de Culpitas Infundidas). Piense en lo que
acaba de decir, Indalecio: «Nos estamos cargando el planeta». Usted no se está
cargando nada; el mundo se lo están cargando las multinacionales. Antes, los
pecaditos que no se habían cometido, los pecaditos prestados, se llevaban al
confesionario. Y aunque Dios ya no está en las formas ni en los ritos, sigue
muy presente como valor cultural: ahora las culpitas ajenas se separan en
contenedores. Y hay alguna culpita, se lo garantizo, muy difícil de redimir;
por ejemplo, dígame Indalecio: ¿qué haría usted con un paraguas que se rompe a
la primera ventolera?
—Pues… llevarlo al punto limpio,
doctora.
—¡Aleluya, ahí tenemos el
moderno confesionario!
—Pero, doctora, la contaminación
no es algo, que yo sepa, muy religioso…
—Ande, Indalecio, la
contaminación es un pedo de multinacional puesto en su culo para subirle la
factura. Usted es buen tipo, no tiene culpa de nada. Usted regenta una
charcutería, ¿qué mal hace al mundo un autónomo que da de comer a la población?
—Pues, no sé, quizá lo del
colesterol…
—¡Claro! —la doctora se pone
sarcástica— Y consecuentemente de la contaminación de las aguas por las estatinas
para reducirlo, que se mean en el váter y luego van al mar. Lo dicho, un claro Síndrome
de Culpitas Infundidas: cuando no se encuentra una culpita, se busca otra.
Mire, Indalecio, le voy a recetar algo que no falla. Se lo escribo en este
papelito: hágase socio de la Cruz Roja, use bolsas de tela, dúchese con agua
fría y junte tapones de plástico. Todo esto no sirve para nada, pero aplacará
falsamente esas culpas que no son suyas. Con estas pequeñas acciones se sentirá
como nuevo, renacido.
—Doctora, el día que yo nací,
debería haber nacido un cerdito, por lo menos serviría para algo —Indalecio se
pone también sarcástico.
—¡Duro
me lo fía, Indalecio! Pues le voy a
recetar algo más alienante aún: Tómese un vasito de aguardiente a la mañana,
dos vermús antes de comer y un solisombra, bien cargado de sombra, a la noche. ¿Algo
más? Aprovécheme, que en marzo vuelve el médico titular.
—Pss,
no sé… Creo que el banco me roba, pero no sé si es cierto…
—Tome
esto —la doctora saca del cajón dos tiritas—, péguese una en cada ojo cuando
vengan a su cabeza esas ideas delirantes. Living is easy with eyes closed,
Indalecio.
—¿Eh?…
—Nada, Indalecio… Son cosas mías
—la doctora Leonisa hizo el quiebro a la inglesa para que Indalecio no tuviese
tiempo de asimilar la oftalmológica prescripción paradójica que acababa de
tragarse. Indalecio cogió las tiritas y las metió en el bolsillo de la camisa,
junto al tabaco.
—Gracias,
doctora.
Leonisa
sintió unas locas ganas de fumar, las irresistibles ganas que arrastraba desde
antes de nacer su tatarabuela, Pilar Ternera:
—Indalecio,
deme un pitillo. Fumemos.
—¿En la consulta, doctora?
—Tranquilo, forma parte de la
terapia. Fumemos un pitillo sin ganas y sin culpa, que eso no es fumar —la
doctora Leonisa había notado que a Indalecio le quedaba un sapo dentro. El sapo
más gordo siempre se vomita al final. «Las betaendorfinas que activa el tabaco
en la sinapsis son buen emético», pensó, justificando así su propia conducta,
motivándola técnicamente.
(CORTE
DISRUPTIVO)
El único alma
que compró entrada se despega disimuladamente de su asiento. Dando la espalda
al destino de los personajes, camina despacio por el pasillo central hasta
atravesar el umbral de la sala. El haz de luz del hall, deslumbra a los
actores. Suenan muelle y CLIC de la puerta.
—¡Se ha
pirado! —exclama la doctora—. Ya te dije que esta performance era un
truño.
—Entonces no
se ha perdido nada, doctora —responde engolando la voz Indalecio—. Terminemos: lo que nadie ve, no puede ser juzgado.
—¡Vamos,
Indalecio! —suena falso—, veo en su cara que aún queda algo que no quiere
decirme…
—Doctora
Leonisa, pensará que estoy loco, pero creo que lo saben todo de mí, que me
espían, que me vigilan con cámaras, que…
—¡Eso
sí que no es nada, mi buen Indalecio! Responde al cuadro clínico de «paranoia fundada».
—¿Es grave verdad? Yo tengo un
primo que empezó así y…
—¡Quieto! La paranoia fundada se
cura fácilmente: diviértase, ríase mucho, descojónese; aunque le advierto que al
principio cuesta mucho porque se hace sin ganas, pero si entrena duro verá que
funciona.
—¿Y no me da pastillas?
—No, Indalecio, le harían mal
con el alcohol que le receté y además tendría que pagarlas.
—Doctora, a menudo me pregunto…
—¡No, no, no, no! Eso sí que no
—la doctora tenía prisa—. No se pregunte nada. Se lo prohíbo severamente. Ese
es precisamente su problema. Mire, Indalecio, usted lleva muchos años cortando
fiambre, pero aún es joven: hay vida fuera de la charcutería. Debe usted
encontrar sus propios mecanismos de evasión; en tanto no los halle, yo le
sugiero que vaya al fútbol o lea El Principito, que vea los documentales
de La 2 o los telediarios de La 1. Pero no, por favor, no se haga preguntas:
podría encontrar respuestas. Ande, Indalecio, vaya con Dios y dígale al
siguiente que pase.
(Cae el telón) Aplaude Rita.
NOTA: Este artículo es una adaptación mejorada de otro publicado por el autor: Núñez, P. (11 de julio de 2014). Unidad de salud mental. Nueva Tribuna.
lunes, 10 de agosto de 2026
GALLIVENTA (1)
¿Cómo venderle una
gallina a un ejecutivo que no quiere comprar nada?
¿En qué momento
se convirtió la venta en el patito feo de las profesiones?
Si hacemos una
encuesta rápida a pie de calle, comprobaremos que buena parte de la sociedad pinta al vendedor con un personaje insistente, un embaucador de feria, un
trilero. Dicen que «cuando el río suena, agua lleva», y vaya si la lleva, las
multinacionales han convertido el mercado mundial en un campo de
concentración psicológico donde el acoso digital incesante y la presión por
vender transforman a los ciudadanos libres en presas cautivas de un consumo
agotador. Sin embargo, quienes analizamos el comportamiento humano y conocemos las
ventas, sabemos la verdad: los profesionales de la venta de élite no son
charlatanes; son estrategas del lenguaje y grandes maestros de la influencia,
de la persuasión.
Para
demostrarlo, para desvestir mitos y poner en valor esta disciplina, hoy abrimos
oficialmente los archivos clasificados de un experimento socio-comercial sin
precedentes: arranca la OPERACIÓN GALLIVENTA.
El Desafío: Cerrar una venta imposible
Hemos
planteado una hipótesis tan absurda como imposible a varias mentes con
estructuras y bagajes distintos, aunque interdisciplinares. El reto consiste en
escribir un cuento o relato corto «sin firmar» que narre la misión: conseguir
venderle una gallina a un alto ejecutivo que ha cerrado el puño, la billetera y
el presupuesto corporativo del año en un entorno B2B (de empresa a
empresa). No quiere comprar nada. No necesita un ave.
¿Cómo romper
las defensas del CEO? Cada participante ha utilizado sus propias armas vitales
y profesionales. En este tablero de expertos juegan cuatro perfiles oficiales:
Leandro Puente: Comercial de raza,
curtido en el ecosistema B2B
José Luis Otero: Docente universitario
de marketing y dirección comercial.
Pepe Núñez: Psicólogo experto en
comportamiento humano.
Andrea Tabachi: Neurocientífica,
experta en comunicación y patrones del lenguaje.
A estos 4
magníficos probablemente se sumen dos identidades misteriosas que
participarán con sus relatos. Su identidad tampoco se revelará hasta el final.
Tendrás que deducir su perfil por su manera de escribir: su edad, profesión,
formación…
Reglas del Juego:
No queremos aburrir
a nadie con técnicas comerciales; esto es literatura táctica y gamificación. La
mecánica de la OPERACIÓN GALLIVENTA funcionará de la siguiente manera:
1-Relatos Anónimos: Cada JUEVES,
publicaremos de forma independiente cada uno de los seis cuentos recibidos.
Ninguno llevará firma.
2-Debate en la Arena: El verdadero juego se
trasladará a LinkedIn. Allí, la comunidad de profesionales tendrá que analizar
los textos con lupa, comentar qué les ha parecido y debatir un gran misterio: ¿Quién
ha escrito cada historia y qué perfiles misteriosos se ocultan en el anonimato?
3-Desenelace Pedagógico: Cerraremos el experimento con un apéndice final, aquí en el blog. En ese post de clausura desvelaremos las identidades reales de los autores, destriparemos las metodologías utilizadas por cada uno y descubriremos qué relato ha gustado o ilustrado más a la audiencia.
Lejos de los
estereotipos, la venta es arte y es ciencia. Queda inaugurada la OPERACIÓN
GALLIVENTA. Preparen sus dotes de detective comercial, disfruten de los
relatos y acepten el desafío.
¡A continuación
publicamos la PRIMERA GALLIVENTA!
Y usted... ¿Cómo haría para venderle una gallina a un ejecutivo bunkerizado?
Nota del editor: Para facilitar el análisis y centralizar el debate entre toda la comunidad de profesionales, los comentarios de este blog están cerrados. Toda la discusión, las votaciones y los destripes técnicos de los relatos se llevarán a cabo exclusivamente en LinkedIn. Busca la etiqueta #OperaciónGalliventa en la red social y deja allí tu veredicto. ¿Quién crees que mueve los hilos detrás de cada historia? Publicación de Jose Luis Otero en Linkedin
GALLIVENTA 1: El dividendo de una gallina
La pantalla de
la sala se encendió de forma automatizada. Una voz neutra, perfectamente
modulada y carente de fatiga, resonó en los altavoces.
—Analizando
perfil sociodemográfico, historial de compras y huella digital del Director
Ejecutivo. Tiempo estimado de ejecución: 0.4 segundos.
—Señor
Director: Estadísticamente, la probabilidad de que usted adquiera este
espécimen vivo de Gallus gallus domesticus por canales tradicionales es
del 1.2%. Por lo tanto, no se iniciará un proceso de venta directa. Se ha
procedido a la automatización del valor residual del activo.
La pantalla
mostró una serie de gráficos e indicadores financieros en tiempo real.
martes, 26 de mayo de 2026
domingo, 24 de mayo de 2026
Cipolla en estúpido sainete
A un señor muy beat —más Connery que Pitt, por escaso de pelo— esto fue lo
que pasó; no es camelo: teniéndola por barbería, en una librería entró; aquel
letrero decía: Librería RIZO, «Purasangre al Rucio hizo».
—Buenos días, si cabe —dijo a la librera teniéndola por barbera. ¿Podría usted
cortarme el pelo al uno? Se me cae en grado sumo, ¿sabe? No se azore con este
cliente, peluquera, que será paciente si hay espera.
Y esperó un rato; pero al verse
de tantos libros rodeado, de la burra cayó pronto:
—¡Hurra, tonto! ¡Heme
equivocado! ¿Y si mi alopecia incipiente fuera o fuese cosa de la mente? Ande y
dígame usted, joven sesuda: ¿en qué pasillo está la sección de autoayuda?
—Aquí
no hay tal sección —respondió la librera—, y si la hubiera, en ella no hallaría
solución. No tenga por improperios lo que no son tales, pero el pasillo para sus
males no está fuera, ¡rediós!, sino entre los hemisferios cerebrales que dividen
su mollera en dos.
—En sus ojos rojos artimaña vento,
señorita mía; oiga con tiento esta pendencia y della no se ría: ¿es suya
tan bella y tamaña inteligencia o será usted una IA?
—La veldad sobre mí,
caballero, le será dada, pero antes saber quiero, si la prefiere cruda o de
humor aderezada. Y si ambas clases quiere, la que mola y la que hiere, ¿cuál
primero?
—Ambas,
jovencita, y el orden elija ligero…
—Pues
con cante jondo respondo pronta: ninfa de grifo soy —no de fondo—, mi
nombre es Fonta. Si ninfa fuese de botella, Fanta sería, la bella. No soy IA,
sino náyade presa en cañería —ojos rojos del agua clorada son— que salir ansiaba
al son de un sainete por bidé de guitarra y al fin salió por sucio retrete, un
tanto guarra.
»La verdad vea ahora sin ánima: mi
nombre es Fátima, aquí me ve; haciendo las prácticas de FP. Ojos rojos de tanto
libro leer son.
»Caballero, no hay don: ni
ninfa, ni musa, ni bruja, ni de Freixenet burbuja. Tosca cosa; masa sosa sin
sabor soy: árbol sin fruta, rosa de enero, auto sin ruta… La verdad es puta,
compañero.
—¡La fruta prefiero! —respondió
el cliente—. Fonta del grifo salida: si he de conducir mi vida, dígame, ¿qué
libro quiero?
—¡Está usted en Librería RIZO,
bípedo implume! ¡En el templo de la papelidad! Trepe a los estantes y
escoja usted mismo una historia: policías blandiendo salchichón en vez de
porra, banqueros sin VISA pasando la gorra, ejecutivos sin prisa, templo sin
dioses, paredes de estuco, baraja sin doses, relojes de cuco —chas-chas-chas—. ¡Temple
usted mismo su sino!
—Soy simple comino y usted alada
diosa: mágica mariposa ¡Indíqueme el camino! ¡Prescríbame un libro!, luciérnaga
luminosa.
Estas alabanzas ablandaron a la
ninfa fontanera, que así habló y de esta manera:
—Mire aquel, es puro alpiste —dijo
Fonta cogiéndolo del anaquel al despiste—; Neuronas al Gimnasio, se
llama; de un tal Gervasio Sintrama; o lo odia, o lo ama. Pinta mal: de mente y cuerpo
trata el manual. ¿Desta trufa —chas-chas-chas— podría
usted hacer sinopsis bufa?
—¿Un resumen hacer al tuntún, sin
el volumen leer aún?: línea roja.
—Común cacumen el suyo se me
antoja… ¿Su nombre?
—¿Me habla?
—Le hablo; su nombre pido.
—Pablo soy, Pablo Bellido.
—Soso sello el suyo es… Pues si Bellido
sin vello no puede opinar, en nombre de librería Rizo, yo lo rebautizo
como Rodolfo Silvar.
—¿Rodolfo?
—Silvar, un golfo.
—Y así, engolfado, ¿retórico
ripio de ese librejo haré supone?
—Ahí le ha dado, viejo: me pone…
—Mens sana in corpore sano.
¿Suena a rutina?
—A guano huele y naftalina; a
flema de higo. Oiga mi lema, amigo: Salud extrema garantiza esta lectura, a
los ciento y más llegará si sus trescientas páginas apura.
—Pero al final moriría —chas-chas-chas—aunque
quinientas tuviera.
—¡Touché!, quizá muriera…
—¿Para que tragarme entonces el
tostón?
—Para morir románticamente,
de cáncer de bastón. Vamos este con otro: El desastre de Annual.
¡Póngale bemoles!
—A merced de los buitres, diez mil
sodados españoles.
¿Qué tal? ¿Oportuno?
—Annual, año veintiuno; verdad
fría; escuche la mía: Los muertos eran tan abundantes, que los buitres sólo
se comían a los comandantes.
Pablo Bellido —hombre de principios—
ofensa de Fonta vio en los ripios; la muerte no es cosa tonta, sostuvo. Y
cogiendo el libro más gordo que pudo, 1965 - Guía Telefónica de Madrid,
a la ninfa puso este ardid:
—Genial
deidad de las tuberías, sílfide imprudente: broma decente haga de esto, ¡Juegue,
valiente! Salga del tiesto…
—Cierre
los ojos y señale un abonado al azar en la guía —respondió Fonta—. Haga su
apuesta.
—Carlo
María… ¿le presta?
—Llame
y encesta; lo tiene a huevo…
—Es
un fijo, pasaron los años, no me atrevo.
—No
sea pijo. ¡Redaños, que es un juego!
Y
el golfo EGO de Rodolfo al LEGO jugó. Tres tonos sonaron, alguien descolgó:
—¿Diga?
—respondió una voz con desapego.
—¿Con
quién hablo? —preguntó Rodolfo luego.
—Carlo
María Cipolla al aparato. ¿Con quién tengo el gusto?
Rodolfo
colgó del susto:
—Esto
ha sido indecente, qué mal rato…
—Fin del trato, inocente —repuso
la ninfa—. Pazguato, no se lamente, que la guía solo es puente, frontera no
más, un enlace covalente que nos lleva —chas-chas-chas—
a este librito solvente: Allegro ma non troppo.
»Un vistazo eche, es cortito: condensada leche salida del coco de
Carlo María Cipolla; nace la rima al poco en la olla cantada, pero decirle
siento que cipolla en español, es cebolla de ensalada.
»Historia de la Economía era el rol de este italiano de Pavía. La
primera parte del librito argumenta que el comercio de la pimienta enriquece a
Europa; barcos de especias cargaban la popa…
—Aburrida esa sopa que a la guía emula —Rodolfo cortó.
—Active
su glándula gandula, pequeña alma errante y cariñosa, animula vagula
blandula, no tenga prisa —chas-chas-chas— que la segunda
parte de la risa es arte y no es cayo, sino de la estupidez humana ensayo, y de
la gente necia el latido. Quizá sea estúpido usted —dijo Fonta— y nunca lo haya
sabido.
—¿Juicio introspectivo podría
hacer quien a otros apresura juzgar? Su pellejo jamás en el espejo verá ese
quien. Pues bien: la humana mollera —¡oj!— es más dura que madera de boj.
—Mire entonces su reloj —Fonta
repuso—:
»De 9 a 12 estaría el INCAUTO:
tiene por oficio el sacrificio. Cede el auto y vuelve a pie. Pasa frío por
prestar su abrigo. ¡Buen amigo! No conoce el mal: regala su entrada de Bisbal. Resta
de sí y el mundo suma pi.
»De 12 a 3 el INTELIGENTE:
beneficia a los demás beneficiándose él. El win, win tiene por casa. Puente
hace sobre el que la gente pasa; suma el mundo y suma él.
»De 3 a 6, el MALVADO mora:
él suma y al mundo ignora. Por ganar, roba y pobres deja; es pirata: mata, despelleja.
Su lema: ¡Por mi Rolex, que yo gano y tú te jodes!
»De 6 a 9, el ESTÚPIDO:
rompe el puente y cae con él. Pega coz y
el pie fractura. Más peligro trae que el malo —chas -chas-chas—, uno no sabe
cuando de él viene el palo. Un horror: pierde el mundo, resta él, —Syntax
Error—; ¿¡por qué!?
—¡Son de peso esos cuadrantes!
—observó Silvar—. ¡Lástima no conocerlos antes! Hacia las seis, abajo: dientes
del lobo y del burro coces. Hacia las doce, regalo del bobo y del inteligente,
maña. ¿Arriba está España?
—¡A facha suena! —respondió la ninfa— Si suelta esa melena, será escabechado frito: recuerde de don Machado, el «Españolito». Males hay en esta viña, con bienes mezclados: bobos, listos, tontos, malos, saña, tiña, fiesta, riña, siesta y corazones helados.
—Perdón —Dijo Rodolfo
—Si perdón pide, de las diez y
media tiene don. Del malo conoce el mal, cuatro y media es su antagonista diagonal,
pero al estúpido despista y este se mueve por debajo de las nueve.
—Si tarde el buey conocerá el filo
y su hora, ¿qué ley podría darle asilo ahora? —Rodolfo preguntó.
—No hay una ley sola: Cipolla de
la estupidez humana escribió cinco —contestó Fonta—. Se las resumo de un brinco y sin hinco entre nalgas. Para ello necesito invocar a un coro de cinco musas de
las aguas, mojadas, graciosas y envueltas en algas —y rozando con el envés de
sus mórficos dedos, del cogote de Rodolfo los pelos tocó, y este, ¡ah!, a los cielos subió...
Fonta, voz solemne —Rodolfo
inerme— gráciles alas movió y con dos sonoras palmadas, a las musas llamó:
FONTA:
¡Musas al salón!
Cinco quiero
a formar mi coro
Pues la estupidez humana
hoy analizo y deploro
MUSAS:
¡Henos aquí Fonta!
En el foro invicto
dispuestas a coro cantar
Las cinco leyes
de Cipolla su edicto
FONTA: En número, el estúpido es legión
CORO: ¡Enjambre de moscas, LA UNO!
FONTA: Es rasgo ajeno a toda condición
CORO: ¡Cosa de virus, LA DOS!
FONTA: Apuñala al común y el propio vientre raja
CORO: ¡Con puñal y al bies, LA TRES!
FONTA: Del estúpido, el sensato es ciego al
teatro
CORO: ¡Alerta inservible, LA CUATRO!
FONTA: Es peor que el malvado en su acción
CORO: LA CINCO; ¡el malo descansa, él no!
Rodolfo
Silvar, hipnotizado se levanta y rompe a hablar:
—No
quiero al sabio Cipolla enmendar la plana, pero de mi magín emana una ley sexta.
FONTA Y CORO: ¡Venga al fin la más funesta!
RODOLFO: El estúpido no sabe que lo es.
FONTA Y CORO: ¡En el espejo el tonto al tonto no ve! LA SEXTA
—¿No hay más? —Preguntó Rodolfo a Fonta.
—¡Chas-chas-chas! —Fonta entregó el librito a Rodolfo.
—Útil manual ¿cuánto vale?
—Eso da igual, se lo presto, ¡ale!
—¿Y si no vuelvo más? —Chas-chas-chas.
—Si con celo el Cebolla no me
devuelve, esto me huelo: ¡de la olla le caerá todo pelo! Ande, si es que algo
valgo, no sea canelo, pregúnteme a qué hora salgo.
—¿A qué hora sale…?
—¿Ronca usted, caballero? —Chas-chas-chas.
—¿A qué hora sale? ¿No ha oido?
—Ya le vale, ¡salido!
—Disculpe, no había terminado… ¿A qué hora
sale el sol en el mar?
—Tiene un tiro en la nuca, hágaselo mirar —¡Chas-chas-chas! (CALLA LA TIJERA).
sábado, 16 de mayo de 2026
miércoles, 6 de mayo de 2026
La Ventana de JOHARI
Sato Johari lo entendió todo
mirando la ventana, no mirando a través de ella, sino mirando la ventana en sí
misma, mirándola con la mirada del carpintero que la parió…
Aquella ventana era sencilla,
formaba un cuadrado de cuatro cristalitos, dos arriba y dos abajo…
Cristal 1, ICHI (一), arriba a la izquierda: ahí
está —dio en pensar Sato Johari—, ahí está lo que yo sé de mí misma y los
demás también saben de mí, lo que no me avergüenza, lo que yo doy a conocer
de mí a los cuatro vientos, ahí está mi área pública.
Cristal 3: SAN (三), arriba a la derecha: ahí estaría lo yo no sé de mí misma y los
demás sí saben, lo que sin querer doy a entender, el cómo me ven sin yo
quererlo, aquello que los demás, por tener la fiesta en paz, no se atreven a
decirme, esta sería mi área ciega.
Cristal 2, NI (二), abajo a la izquierda: he ahí lo
que yo sé de mí misma y los demás desconocen, aquello que conscientemente
oculto, lo que estúpidamente me azora, lo que avergüenza, mi área oculta.
Cristal 4: YON (四), abajo a la derecha: éste
último cristalito —reflexionó Sato Johari—contiene aquello yo no conozco de
mí y los demás tampoco conocen; mi área desconocida,
instintos, pasiones y otros gatos confinados, sabe dios por qué, en la caja de mi
cerebro…
¡Eureka! —concluyó la Johari—:
los cuatro cristales están divididos por una cruz, de modo y manera que si el
cristal 1 se agranda, los demás cristales, empujados hacia abajo y a la derecha
por la cruceta, no pueden más que empequeñecer. Para ello tengo que decirlo
todo sin ocultar nada y pedir a los demás que opinen sobre mí, que me lo digan
todo pues eso no les costará mi amistad. Hoy mismo subsituiré el mantra: On
Abira Un Ken de mis
rezos, por otro más vibrante aún: A mamar, todo el mundo a mamar, a mamarr,
a mamarrr. Si a nadie importa lo que yo diga, si a nadie importa lo que yo
haga; haré y diré, cariñosamente, lo que me dé la gana.
Sato Johari entendió todo esto
mirando la ventana, sin mirar a través de ella, porque mirando un compás se
puede entender la distancia, mirando una foto se puede entender el tiempo, mirando
una cuchara se puede entender la vida, mirando un gatillo se puede entender la
muerte…
NOTA: Si ustedes oyen decir que Sato Johari no existe, que es una invención, por favor, no hagan caso. Si algún tonto les dice que La Ventana de JOHARI es una herramienta cognitiva creada en los años cincuenta por dos psicólogos norteamericanos: Joseph Luft y Harry Ingham, y que JOHARI no es otra cosa que el acrónimo formado por las primeras letras de sus nombres, no le escuchen: no hay nada más lejos de la fantasía que tal razón. Tómense tiempo y miren a la manera nipona, concentrada, tranquilizante y narcótica con la que, para entender el mundo, mira Sato Johari su ventana, agranden su ICHI y arrinconen su YON: limpien con cariño sus inodoros, como hace Hirayama en Perfect Days. ¡Ah!, y no escuchen nunca más a esa gente estúpida que disfruta reventando trucos de magia, esos matasueños que se pasan la vida desvelando evidencias, impugnando Reyes Magos… Pobre gente: ¡Cuánto daño hacen a los sueños quienes no saben soñar!








