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miércoles, 2 de septiembre de 2026

GALLIVENTA (5)

 
La gallina que me hackeó

Yo no pico. Si alguien me hubiera dicho hace una semana que iba a gastarme 289 euros en una gallina con envío premium y seguimiento en tiempo real, le habría preguntado qué clase de drogas toma.

Soy Fernando, director ejecutivo del departamento de compras de Vodastar. Sí, esa famosa empresa líder en telecomunicaciones y tecnología en Madrid, esa misma.

Y tengo mi máster en MBA, además de otros tres másteres complementarios, mis dos móviles, cero paciencia y una convicción inquebrantable: a mí la publicidad no me manipula.

Al menos, eso pensaba yo el lunes a las ocho de la mañana cuando, mientras desayunaba, cogí mi móvil y abrí mi ChatGPT:

—Necesito ideas para reducir el estrés.

La IA respondió, entre otras cosas:

—Además del ejercicio y la meditación, algunas personas disfrutan cuidando animales domésticos.

Qué tontería. Cerré la conversación.

Cinco minutos después abrí LinkedIn.

Primer vídeo: un CEO explicando cómo cuidar gallinas le había enseñado liderazgo.

Pasé al siguiente: Otro directivo que también tenía gallinas.

—¿Qué pasa hoy con las gallinas?

Seguí haciendo scroll hasta que llegué a la conclusión de que hoy pasa algo raro con Linkedin. Así que, abrí Instagram.

Primer post: Un arquitecto enseñando su jardín. Detrás, tres gallinas.

—¡A la porra! ¡Me paso a Tik Tok!

Primera entrada: «Cinco cosas que las personas más productivas hacen antes de las siete». En el puesto número cuatro... ¡Una gallina!

¿Y en YouTube?

Estaba harto de tanto pollo, así que busqué el tráiler de la nueva película de los Vengadores. Antes de mi vídeo, apareció un anuncio que podía omitir, pero no lo hice. Quería comprobar hasta dónde llegaba aquella locura porque era un anuncio sobre... ¡Gallinas!

Empecé a sospechar que Internet se había levantado muy raro, por lo que cambié de estrategia. Me pareció un buen momento para ver qué se cuentan mis amigos en los grupos de WhatsApp. Al menos, con ellos siempre encuentro motivos para reírme.

Grupo: Directivos Vengadores

[Carlos] Mirad qué huevos [foto]. Un desayuno espectacular.

[Luis] Desde que tengo gallinas no los compro en el súper.

Marcos añadió un emoji de brazo musculoso.

Yo escribí: Estáis fatal.

[Carlos] Tú no lo entenderías.

No sé por qué, pero esa frase me molestó muchísimo.

A esas alturas ya me estaba calentando y no sé si fue el mosqueo o la curiosidad que me dio por entrar en Google.

Escribí: «Gallinas today».

No era para comprar, era para echarme unas risas y romper la extraña cadena de acontecimientos de la mañana.

El primer resultado decía: la mayoría abandona esta página sin descubrir cuál es la raza favorita de los profesionales.

Pensé: «Menuda tontería». Aun así, entré, aunque solo para comprobar lo ridículo que era.

La cosa no quedó ahí, no qué va. Una hora más tarde recibí un email.

Asunto: Fernando, creemos que esto puede interesarte.

¿Cómo sabían mi nombre? Abrí el correo. Había una fotografía preciosa de una gallina. Más elegante que algunos consejeros de administración que conozco. Abajo solo aparecía una frase.

Algunas decisiones empiezan con un simple «voy a mirar».

Cerré el correo inmediatamente. Aunque antes amplié la foto. Dos veces.

Esa noche escuché el capítulo 327 del pódcast al que estoy enganchado «Los Directivos de la Justicia». No iba de gallinas, para nada. Pero el invitado comentó:

—Las mejores decisiones empresariales empiezan aprendiendo a cuidar algo vivo.

No habló más del tema. Casualmente, mencionó que tenía seis gallinas. No pude evitar sonreír, ¡parecía que el universo entero estaba patrocinado por pollos!

Entonces se me pasó algo por la cabeza. Entré en Amazon, solo para confirmar que nadie pagaría dinero en serio por cuidar una gallina, no podía ser.

Primera opción: 799 €.

Segunda: 649 €.

Tercera: 289 €.

Pensé: «Bueno... Dentro de lo que cabe... No está mal».

Tremendo escalofrío. Me asusté al pensar eso.

Justo cuando iba a cerrar la aplicación apareció una notificación: «Hay otras personas viendo este producto».

Seguí cerrando. Otra notificación: «Quedan pocas unidades disponibles».

Qué pesados. Otra notificación más: «Acaba de venderse una hace dos minutos».

Miré la pantalla. Suspiré. La cerré. La abrí otra vez para comprobar una cosa. Volví a abrir mi ChatGPT.

—Pregunta totalmente hipotética, si alguien comprara una gallina... ¿Sería complicado cuidarla?

Respuesta inmediata:

—Depende de la raza. Para un principiante recomendaría...

¡¿Cómo que recomendarías?! ¡Yo no había dicho que quisiera una! ¡Solo era una hipótesis!

Seguí leyendo… ¡durante veinte minutos!

Volví a Amazon. La página ya parecía conocerme demasiado bien, todo encajaba: las opiniones, las fotografías, los vídeos, las preguntas frecuentes… ¡Hasta había una calculadora que demostraba el ahorro anual en huevos!

Pensé: «No voy a comprar, ni de coña».

Cinco minutos después pensé: «Voy a añadirla al carrito, pero eso no significa nada».

Tres minutos después: «Voy a rellenar la dirección, así tardaré menos si algún día...».

Dos minutos más tarde: «Voy a introducir la tarjeta, pero sin pagar».

Entonces apareció un botón enorme: CONFIRMAR PEDIDO. No recuerdo pulsarlo, solo recuerdo el correo que llegó diez segundos después:

«Enhorabuena, Fernando. Tu nueva compañera llegará mañana antes de las 10:00».

Al día siguiente estaba en plena videollamada con el comité de dirección cuando sonó el timbre. Abrí la puerta. Una caja enorme. El repartidor sonrió.

—¿Fernando?

—Sí.

—Aquí tiene a Pitusa.

—¿Quién?

La caja hizo... ¡Cloc, cloc!

Volví a la reunión con la caja en brazos. Silencio absoluto. Mi presidenta me preguntó:

—Fernando... ¿Eso es una gallina?

Respiré hondo. Miré a cámara. Miré la caja. Miré el correo de confirmación. Y respondí con la mayor profesionalidad que he demostrado en veinte años de carrera:

—Sí... Es una gallina. Y todavía no sé muy bien cómo ha llegado hasta aquí.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Entonces la caja hizo: ¡Cloc, cloc!

En la pantalla aparecieron quince caras intentando disimular la risa, con un grado de éxito bastante lamentable. El director financiero fue el primero en romper el silencio:

—Fernando... ¿esto entra en gastos de representación?

Lo peor es que, durante medio segundo, estuve buscando una respuesta jurídica.

Colgué la videollamada, dejé la caja sobre la mesa y me senté frente al portátil intentando recuperar la dignidad.

En ese momento sonó una notificación: «Los clientes que compran una gallina también suelen comprar un gallinero».

Me eché hacia atrás. Sonreí. Cerré la página.

Aguanté exactamente siete segundos. Después volví a abrirla... Solo por curiosidad...

sábado, 29 de agosto de 2026

DINAMÉCUM: Cuentamén (DG)

¿Qué es esto?, se preguntará el lector… CuentaménDG es lo que usted se temía, un prospecto pedagógico: la primera fórmula de una obra que pretende ser magna, el DinamécumDM. La metáfora es limpia, usted podrá comprobarlo: las dinámicas de grupo funcionan exactamente como medicamentos. Si no le presta leer lo que sigue —tengo la impresión de que me voy a extender—, vaya directamente al final e imprima el prospecto. Ello será una prueba más de que usted anda con prisa: necesita más café y la máquina que se lo sirve es lenta: descarga el vaso, muele bien el grano… Con prisa o sin ella, solo ansiamos que el recién nacido proyecto sea útil a la consecución de objetivos en su aula, o en su empresa. Todo es aula, guerra, barro…

La primera fórmula de nuestro Dinamécum se fundamenta en el cuento: «Cuéntame un cuento y verás qué contento… Érase una vez… ¿Saben aquel que dice…? ¿Y saben lo que pasó?». La impronta que generan los cuentos nunca se diluye. Los cuentos siempre han estado ahí, ejerciendo sin querer de medicina social y comunitaria. El problema suele ser que contamos cuentos enteritos, ya masticados, sin pausa reflexiva. Al obrar así, solo servimos al 25 % de nuestro target: el sujeto teórico, asimilador —modelo de Kolb (1984)—. El resto —divergentes, acomodadores y convergentes— jamás cruzará un puente que no ha construido. Una batallita más, pensarán mientras enchufan la antena a tierra… De acuerdo con Goldstein (2013), la pausa reflexiva puede estructurarse a través del acrónimo STOP, adaptado al entorno hispanohablante como DROP (detente, respira, observa, procede).

Los cuentos funcionan como un canal alternativo para percibir y reorganizar la propia realidad. Una mágica vía, tan ancestral en la historia de la humanidad como en la del propio sujeto, una vieja locomotora de carbón que puede saltar barreras críticas generando íntimos cambios que serían imposibles usando las lindas vías racionales del AVE. Milton Erickson, el gran maestro de la metáfora terapéutica, usaba el cuento y sus metáforas prescribiendo, «de contrabando», vías de sanación que el sujeto debería encontrar por sí mismo. Para analizar una de sus intervenciones más paradigmáticas, usaremos el principio activo de Cuentamén Transferencia: quitaremos el final para que sea usted quien imagine el desenlace, la moraleja, el amén del asunto:

En una ocasión, un periodista acudió a Erickson para que tratase sus severos problemas de adicción al alcohol. Milton no trataba esta patología, pero en vez de derivarlo a alguna asociación de alcohólicos, hizo una excepción: recomendó a esta persona sentarse durante horas a contemplar los cactus del Jardín Botánico de Phoenix. ¿Y sabe usted lo que pasó? Piénselo, suponga, postule, busque un amén, no tenga miedo a fallar. Para ello, deje esta lectura, dese un paseo para pensar y continúe solo cuando escuche su propio «¡eureka!»…

Para Gianni Rodari, la fantasía no es un elemento temible como el coco, ni una falta que deba ser perseguida (Rodari, Gramática de la fantasía, 1973/2002). Malos tiempos para la lírica también hoy:  el cuento —peligroso incendio intelectual— pretende ser sofocado por sus flancos, cabeza y cola. Por la cabeza: La miseria cognitiva, «los cuentos pueden llevar al individuo a elegir el poco rentable camino de pensar, porque pensar consume mucha energía». Por el flanco derecho: El bulo del HUESO y la MARÍA —nótese el nombre de mujer—. «¡Cuánto cuento, se dice… «¡Lo que hay que hacer es estudiar!», cuando el mundo en un gran cuento trufado de cuentos entrelazados: títulos, carreras, facturas por pagar… Nótese que cuando hablamos de cuentos incluimos en tal categoría historias, mitos, fábulas, crudos experimentos, sesudos artículos o frías estadísticas. Todo lo contable es cuentizable; el ladrillo puede ser convertido en piruleta. Sirva como ejemplo un relato que publiqué este mismo blog: La langosta y el congrio.

También se pretende apagar el cuento por el flanco izquierdo: La categorización obsesiva, esa manía instrumental de categorizarlo absolutamente todo, ese vicio incorregible de inventar líneas divisorias que luego hay que tragarse pensando que sin ello no es posible el crecimiento. Ante la línea pedagógica entre pedagogía (para niños y adolescentes) y andragogía (para adultos), nos preguntamos ¿Andragogía? ¿Por qué, si la vida es tan corta? ¿Son los cuentos de Gloria Fuertes para niños? ¿Y las caritas de Francesco Tonucci? ¿O la Mafalda de Quino? ¿O los calambrazos del experimento de Milgram?

Y finalmente por la cola, que es lo más fácil: El sesgo de demolición, esa fijación por matar al gato buscándole los tres pies con exactitudes milimétricas. Cuando contamos una historia, siempre hay un tonto en la primera fila que dice que eso es mentira, que realmente no sucedió o que la fuente es falsa. ¡Qué cara de satisfacción pone al hallar esa miserable grieta que generará, por real decreto, orden de demolición inmediata! ¿Es pecado dejar que alguien se trague el fraudulento experimento de las palomitas y la Coca-Cola (Vicary, 1957), cuando lo importante es su moraleja: el humano es jaqueable y carece de albedrío real ante la publicidad subliminal? ¿Es delito comprender que uno puede acabar en el psiquiátrico solo porque le colgaron una etiqueta diagnóstica —se puede estar cuerdo en un sitio de locos— por creerse el tramposo experimento realizado por Rosenhan en 1973?

El asunto queda zanjado: ¡todos los cuentos son mentira y ya está! Si todos los cuentos tienen los pies de barro, todos los experimentos también acabarán por tenerlos. Como profesor, no perdonaré nunca la puñalada trapera hincada a Pigmalión por las grietas encontradas en el maravilloso cuento-experimento de Rosenthal y Jacobson, publicado justito antes del mismo mayo del 68. He visto cosas en el aula que los teóricos de despacho jamás creerían: alumnos desahuciados por el sistema brillar gracias a una mirada de confianza; batallas campales transformadas en silencios sepulcrales con solo bajar la voz o responder con una carcajada; milagros en plena refriega que ningún frío estudio se atrevería a registrar. También he disfrutado el jodido miedo en medio del rock and roll, pero nunca he abandonado. Omitimos a menudo que todo está construido sobre mentiras, pero sin error no hay aprendizaje, lo perfecto es totalitario. Porque para aprender hay que sentirse un genio, solo así Pigmalión seguirá vivo: ¿Es sacrilegio sentirse ingeniero al montar los muebles de la sueca? El niño siente realmente que el dibujo que colorea es suyo, porque no se sale de las rayitas. Sin esa revelación nunca podrá llegar a pintar Las meninas. Ya se dará cuenta, tras diez mil horas de práctica deliberada (Gladwell, 2008) de que cuanto más sabe, menos sabe (Kruger y Dunning, 1999). Seguro que Demoliciones S. A., en la primera fila, ya encontró varias grietas…

Apagar cuentos por la cola es fácil para el erudito apostado en la primera fila. A veces pienso que la pieza a cazar no es el cuento, sino el contador. Nada que ver con quienes se sientan en el fondo sur. Esa gente es diferente, disfrutan de la música incluso sin oírla. Confían en la buena intención pedagógica de la pequeña, por lejana, señora de la tarima. Siempre aprenden algo, lo que les da la gana, porque lo más importante nunca está en el guion. Creen de inmediato que las ranas hablan, porque si no lo creyeran no podrían seguir ese cuento tan bonito que les están contando. Creen también que el microondas es mágico porque calienta el cafelito de la mañana sin hacer fuego, pero no quieren saber nada de un magnetrón que emite ondas electromagnéticas que hacen vibrar las moléculas del cafelito sin calentar la taza, porque están hasta los cojones de todas esas mandangas que realmente nadie entiende. Siguen soñando con aquella parte de la cabeza que no les quedó infartada con proposiciones sustantivas, dativos aspectuales y locuciones propositivas complejas que nunca entendieron, pero que manejan a diario sin saber cómo cojones consiguen hablar la mar de bien. Creen en la magia porque quieren llegar a fin de mes y juegan a la lotería aunque vengan como moscas mil tontos a desengañarlos con probabilísticas razones. Van al médico a por placebos y quieren que les vuelvan a contar todas las mentiras del romanticismo. Siguen al Rubius porque su profe de filosofía es un youtuber incomprendido. Siempre aprecian un buen cuento, no tienen por qué comprender su laberíntica magia. La magia tiene tanto fundamento como el microondas ¿Piensa alguien que la esencia terapéutica del cuento consiste simplemente en relatar historias? (Bandler y Grinder, La estructura de la magia, 1975-76).

 Para que Cuentamén Transferencia funcione es menester «capar» el final-moraleja del cuento. Esa pausa mantenida en el tiempo es el principio activo de la DG.  En 1927, la psicóloga rusa Bluma Zeigarnik comprobó que los camareros olvidaban totalmente las comandas que ya habían servido y cobrado, mientras que recordaban perfectamente las ventas no cerradas. Lo no finalizado mantiene el intelecto en tensión; dolorosa clave para pensar.  La misma tensión que cargan las grandes preguntas sin solución que plantea Sugata Mitra: ¿de qué están hechos los pensamientos? Ursula K. Le Guin plantó un cuento maravilloso: Los que se alejan de Omelas (1973). Aunque el título es enunciativo, el lector llega finalmente a preguntarse ¿Qué pasa con los que abandonan Omelas y dónde van tras dejar la ciudad de la felicidad? Y en cada lector se produce un mágico insight porque Ursula calla y así, gracias a su silencio, es Jaimito quien da en preguntarse: ¿a dónde iré cuando se acabe el miltoniano paraíso de mis suspensos? Y, cosa singular, barajará sus respuestas: a la taberna, al fútbol, a estudiar una oposición, al carajo…

Cuentamén Transferencia no es una ocurrencia disfrazada de prospecto: es la experiencia organizada de tres décadas de oficio en docencia, psicoterapia y RRHH. A continuación, tiene usted un enlace al prospecto. Solo le pedimos una cosa, léaselo; no haga como con el paracetamol. Imprímalo a doble cara, disfrútelo y haga la colección Dinamécum en su capeta roja.  Imprima copias para otros docentes y pídales que hagan lo mismo: no es una cadena de favores, es propaganda clandestina. «Nos gusta pensar que vivimos a la luz del día, pero la mitad del mundo siempre está oscuro; y la fantasía, como la poesía, habla el lenguaje de la noche» (Ursula K. Le Guin, El idioma de la noche, 1979).

¿Ha pensado usted ya qué pasó con el alcohólico sentado frente a los cactus?  En Mi voz irá contigo (Rosen, 1982) se cuenta que, años más tarde, la hija de este señor contactó con Erickson para comunicarle que su padre había sanado, se había vuelto abstemio: mirando los cactus había comprendido que un cactus florece y vive en perpetua abstinencia de agua. Andamiemos conocimientos y saberes desde la fantasía: todo el mundo sabe que las ranas de Bucay no hablan o que el decálogo de la manipulación mediática de Noam Chomsky no es de Chomsky, aunque cientos de tesis doctorales se lo hayan atribuido y sendos tribunales se hayan tragado la falsa autoría de un «cuento» de gran valor (Sylvain Timsit, 1999). Si Video Killed the Radio Star, ¿don Dato, al menos, indultará a doña Moraleja?

Enlace al PROSPECTO CUENTAMÉN DG

martes, 25 de agosto de 2026

GALLIVENTA (4)


 Marcial y la gallina

Cuando Marcial Pouso enfermó de pensamiento ya llevaba seis días sin dormir, o eso creía él, ya que nadie puede estar mucho tiempo sin pagar tributos REM a Morfeo. Puede incluso que Marcial mienta, porque Marcial es un tipo muy influyente, un especialista en colorear realidades, un contrabandista de la verdad. Marcial es un artista: puede hacerle creer a cualquiera que una patata es un testículo sin su dinosaurio pegado, o que la Macarena es el mismo Joaquín Sabina. Daría un buen profesor este Marcial…

Cuando alguien enferma de pensamiento —tengan mucho cuidado—, las neuronas se enmadejan y luego son difíciles de desliar… ¿Cómo venderle una gallina a un ejecutivo que no quiere comprar nada? Durante seis días Marcial Pouso fue tejiendo en su cabeza una urdimbre de razones filosóficas, de necesidades gallináceas por satisfacer o creadas, de pulidas técnicas de venta, de experimentos de psicología social, de neuromarketing aplicado y de fragmentos de literatura universal. Incluso llegó a consultar varias veces a la Gran Puta. En estas intriquinencias andaba, pero no hallaba solución al reto.

 Para escapar a la tortura de sus propios flujos neuronales enmadejados, es muy posible que el cerebro de Marcial descansase sin saberlo. A modo de mecanismo de defensa, tenía vívidos microsueños que no duraban más de quince segundos; en uno de ellos tuvo una aparición mariana que le dijo muy bajito al oído: «Déjalo, Marcial; nadie quiere una gallina y menos un estresado ejecutivo. Tira ya la toalla, Marcial: todos los intentos comerciales para vender la gallina a un CEO, por muy pícaros que sean, causarán reactancia inmediata». En otro pseudosueño descubrió un nuevo color que no estaba en el Pantone, un extraño pigmento al que llamó guano. Pero nunca fue consciente de que había enfermado, ni siquiera cuando pensó en enviar la gallina al gerente por e-mail

Entonces decidió gastar su último cartucho: recurriría al cine negro. Desde que vio Casablanca, Marcial tenía una inusitada facilidad para proyectar en la oblonga bóveda de su cerebro buñuelescas escenas en blanco y negro. Cuando entraba en esta especie de trances lumínicos, Marcial era una puñetera cámara con marcada querencia por el plano secuencia y los planos detalle. Aquel corto empezaba así: tres, dos, uno… ¡ACCIÓN!

—Ese cabrón se preocupó por el packaging: tras pagar por mí treinta euros, me metió en una bonita jaula con viruta de pino, agua fresquita y maíz. El muy hijo de puta había parado en la gasolinera al conductor del camión cargado de gallinas: «Le doy treinta euros por una gallina». Me compró y yo, conocedora del futuro que esperaba a mis compañeras, no dije ni pío. «Te llamas Greta y eres de Mos», me dijo. Cuidadosamente tapó mi jaula con tela de arpillera —tela de saco, vamos— de modo que yo permanecía oculta, pero podía verlo todo a través del apestoso tamiz de yute. Marcial entró en una empresa siderometalúrgica: lo tenía todo planeado…

—Buenos días, soy Marcial Pouso, de MP Equipment. ¿Adelina Silvosa?

—¿Qué desea? —dijo el pavo de recepción. Quiero dejar constancia de que ese imbécil literariamente era un pavo. A una gallina común nunca se le escapan esos detalles.

—Personal —respondió Marcial.

—¿Y tiene usted cita con la Srta. Adelina Silvosa, sr. Pouso? —glugluteó el pavo.

—¡NO, NO, NO! —respondió mi porteador.

»¡Qué huevos tiene este Marcial! Es posible que al invadir por primera vez una empresa a puerta fría, cuando era un pollito no más, le preguntasen lo mismo: «¿Tiene usted cita?». Seguro que aquella primera vez respondió: «SÍ», que sí la tenía, vamos. Imagino sus mejillas ardientes de rojo al ver como aquella secretaria miraba la agenda diciendo «Hum, me dijo usted que se llamaba…».

»¡Ah! Qué didáctica es la vergüenza… Deduzco que ya en la siguiente fría incursión respondió a la misma pregunta con un rotundo «NO». Y ahora especulo: ese crudo monosílabo acabó adaptativamente mutando en la efectiva, diplomática y actual trinidad «NO, NO, NO», para abrir puertas frías. Sostengo ahora que, del mismo modo, el arcaico arcabuz: «TÁ», acabó siendo ametralladora: «TÁ, TÁ, TÁ», para enfriar carnes calientes.

»Aseguro pues que el «NO, NO, NO» de Marcial es buen truco para rebatir la objeción de citas que no son tal y para que los filtros de entrada comuniquen por interfono con el gerente avisando de la presencia de un tipo que se llama Marcial, al que no puede ver desde arriba porque está camuflado en el ficus benjamina de la entrada y así no hay más cojones que ordenar a recepción: «Dile que suba a mi despacho». Un truco que, calmando al emisor, sugestiona al receptor si se hace con la diplomacia con que lo hace Marcial. Cuentan que mi abuelita logró paralizar a una acechante zorra pasando a su vera, mirándole a la jeta con un solo ojo (como miramos las gallinas) al son del mórfico «CO, CO, CO», similar, por isomórfica intención, al «NO, NO, NO» de Marcial. Hasta aquí mi tesis; sigo con el relato.

—Cuando entramos en el despacho, pude ver a la gerente sentada en su escritorio. Su mirada, entre aburrida y tensa, enmascaraba un bello rostro… Buenos días —dijo Marcial dándole la mano—, Marcial Pouso de MP Equipment, para servirle. En ese momento puse un huevo.

—Buenos días, usted dirá —repuso Adelina Silvosa, soltando con asco la mano de Marcial» —¡Oiga! ¿qué lleva ahí? ¿Escucho cacarear? ¿No me traerá usted una gallina?

—¡Ha acertado, señorita Silvosa! Es Greta, estirpe pura de Mos. Parece que nos acaba de poner un huevo.

—El huevo se lo habrá puesto sólo a usted, a mí no me puso nada ¡Salga de mi despacho inmediatamente y llévese a ese asqueroso bicho, o llamo a seguridad!

Marcial Pouso, agachando la cabeza para dar pena, obedeció al instante, pero antes descubrió mi jaula llevándose la funda. Me dejó en pelotas. En franca retirada y con cara de tonto andando para atrás, suplicó antes de cruzar la puerta:

—Mire qué linda es Greta. Hable con ella, cuídela. Es muy sensible. La he rescatado de un camión; la llevaban al matadero. Es usted la abanderada de una nueva mascota empresarial. Hay una nota en la jaula. Léala, en ella está anotado mi teléfono. Si decide devolvérmela no tiene más que llamarme.

Aquella nota decía: «Greta, gallina de Mos. Un obsequio para usted de MP Equipment. La gallina es un regalo para todos ustedes, para esta gran empresa. Nosotros les proporcionaremos todos los accesorios para que su nuevo animal corporativo lleve una buena vida en el jardín oeste de la nave, a un módico precio y en menos de veinticuatro horas. Si tiene dudas, indague entre el personal. Deje que su gente decida, es lo que aconsejan todos los libros de recursos humanos… Entretanto, cámbiele el agua: siempre ha de estar fresquita. Sin compromiso, señorita Adelina, yo espero en el hall».

Tras media hora, el pavo de recepción dijo:

—Suba usted, señor Pouso, doña Adelina quiere hablar con usted. Nos quedamos la gallina.

Rótulo de cierre: THE END.

—Una ful de plan, una cagada, una castaña, una chusta, una puta mierda de película —deliró abatido Marcial. Definitivamente había enfermado de pensamiento.

Dicen que en momentos de confusión mental absoluta, la mente humana, drogada por sus propios neurotransmisores, puede tener momentos de total lucidez; momentos divinos, peligrosos momentos Kairós… Esto mismo es lo que sucedió a Marcial:

—«Malos tiempos para lírica», antes sí que se vendía —pensó Marcial­—. Eran ventas lentas, orgánicas. Se vendía a futuro, a tres generaciones vista. Antes había palabra, confianza. Dios mío, todo eso se perdió, ¿Cuándo se acabó? ¿Por qué?

Esta tribulación terminal dejó a Marcial tan triste y resignado que le indujo una calma que no sentía desde que aprobó la selectividad copiando. Bajaron sus pulsaciones, respiró hondo: «Por qué preocuparse de lo que no tiene solución». Solo entonces es que pudo ver el coño del asunto:

—No hay confianza porque hay prisa —pensó Marcial—: Puta prisa, prisa nauseabunda, espídica prisa, prisa asesina, psicótica prisa, prisa impotente, insensible prisa, prisa neurótica, narcótica prisa, prisa villana, mundana prisa. La misma prisa express que me ha llevado toda la puta vida a acelerar asuntos, a no comerme nada por la urgencia de echar un polvo. Todo necesita su tiempo, un tiempo que no se tiene. Pero sí se tiene ¡coño! ¡Puñetera venta por objetivos! Sólo hay que esperar: las patatas no salen de un día para otro…

Y así fue como la calma, olvidada, ancestral, casi extinta, se convirtió para Marcial en táctica novedosa, revolucionaria: las ventas necesitan tiempo y solo el tiempo genera confianza. El nuevo Marcial, ya desmadejado, no mataría a porta gaiola. Torearía despacito, lento, bonito, con arte. Aplicaría todas las suertes comunicativas que conocía, y las que desconocía también. Tenía que infiltrarse.

 Nueve meses después, comiendo una tortilla en Cacheiras con Adelina Silvosa —sutil escenario—, Marcial sentenció:

—Puta prisa, amiga Adelina, come con calma, que esta tortilla está hecha con huevos de antes, huevos clandestinos. Huevos en extinción.

—¿Sabes, Marcial? —dijo Adelina Silvosa saboreando el huevo hilado—, tú sabes que entre nosotros no hay nada, ¿verdad?

—Entre nosotros, Silvosa, no hay nada más que tornillos de 4,2 x 7 mm, chapa galvanizada de 0,8 y amoladoras marca ACME. Quizá también algo de amistad. Tranquila, Adelina, lo supe desde el primer día: eres mucha mujer para mí. No te descojones, que es verdad. Anda, disfruta de la tortilla. ¡Mmmm!, benditas gallinas, ¿te has dado cuenta de cómo saben estos huevos?

—¡Hasta los huevos estoy yo! Putas prisas, puto trabajo, Marcial… Yo lo que necesito es ponerme a cuidar gallinas.

—¡No me jodas, Adelina! —A Marcial se le llenaron los ojos de lágrimas…

­                —¿Qué te pasa, Pouso? Tú eres un tipo genial, un amigo, mi amigo Marcial… ¿He dicho algo que te ha molestado, verdad? No dejemos que el roce afecte a nuestra amistad… —suspiró Adelina acariciando la mano de Marcial.

—¡NO, NO, NO!  Lo que pasa es que yo estaba pensando eso lo mismo desde hace meses: tú necesitas una gallina.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Si te lo hubiera dicho, Adelina, me habrías mandado al carajo. Tenía que ocurrírsete a ti.

—¿Sabes, Marcial? A veces pienso que eres más listo de lo que pareces. A veces pienso que pienso lo que tú quieres que piense, aunque no me importa… Dime que esto no es verdad, Marcial.

—Claro que no, Silvosa, todo lo que piensas es tuyo, tus decisiones son libres… Cuando elegimos entre dos marcas de champú somos libres, cuando votamos también. Estoy seguro de que la libertad reside en nosotros, no sé si aquí en el corazón o aquí en el cerebro.

—¿Y tú dónde la tienes Marcial, en el coche?

—¿La libertad?

—No, la gallina, ¡parruliño! Anda, vamos, estoy deseando verla.

Marcial Pouso —comercial proactivo— pagó la cuenta. Y al abrir el maletero de su Audi, señaló a la gallina:

—¡Mírala, qué GARBO tiene!

—¡Sí, es de cine, le llamaré GRETA!

miércoles, 12 de agosto de 2026

GALLIVENTA (2)

 

La venta de la gallina

Había sido responsable comercial en una importante distribuidora de productos de hostelería у alimentación durante muchos años.

Una pena que la tercera generación de propietarios hubiera llevado a la empresa a una quiebra anunciada. Lo que más me dolía era que, básicamente, el motivo del cierre había sido la utilización de los beneficios que generaba la distribuidora en otras aventuras empresariales de difícil futuro.

En esos pensamientos estaba yo mientras aguardaba en la fría sala de espera a que el director y propietario de Zulanita, SA me recibiera. Llevaba más de una hora esperando y durante ese tiempo me dediqué a observar la estancia: repasé visualmente la decoración y dirigí varias miradas furtivas a la secretaria del director que, previamente y por teléfono, me había dado la cita por la cual estaba ahí sentado. Era ya una mujer madura pero aún atractiva, saltaba a la vista que se cuidaba. Estoy seguro de que la mujer se percató de mis miradas de soslayo con esa capacidad innata que tienen las señoras para percatarse de que las mira un señor y regocijarse internamente por sentirse aún admiradas, corroborando así la teoría de que los hombres somos como somos.

El interfono sonó y después de una breve conversación con monosílabos, me indicaron que podía pasar. Toqué la puerta con mis nudillos, abrí, y asomando la cabeza, pedí permiso para adentrarme en aquel despacho forrado de madera, grande y lujoso que olía suavemente a ambientador de los caros y en donde había al fondo, detrás de un escritorio un señor de cincuenta y tantos, de aspecto pulcro y ropa bien planchada. Desde luego la buena presencia no se le podía discutir y, no sé por qué, lo primero que se me vino a la cabeza era que este caballero y la secretaria que me había atendido tenían algo en común desde hace tiempo. Qué cosas.

Después de las presentaciones me dijo secamente que no sabía a qué venía a su empresa, y al ver mi cara de estupor, me explicó don Zulano que hacía años mantenía desavenencias muy graves y continuas con mi nuevo jefe, don Citano, de Citania, SA, al que consideraba un enemigo y que por lo único que me había recibido era para satisfacer su curiosidad del porqué la desfachatez de mi presencia en su casa. Mi mente entonces se tornó en una máquina de producir sudor frío. A ver cómo le explicaba yo a este individuo que estaba allí para venderle una gallina. La madre que parió a don Citano.

­—Vengo a venderle una gallina por orden de don Citano —espeté.

—¡Fuera de aquí! —me contestó inmediatamente.

—Verá, don Zulano, antes de que me eche usted de aquí con cajas destempladas le agradecería que me escuchara un par de minutos. Considero que puede ser interesante para usted, para su empresa y para mí lo que tengo que decirle. Podemos convertir esta sinrazón en una buena razón y en una oportunidad de negocio, y si me apura, en una venganza por la burla que mi nuevo jefe nos ha hecho víctimas a usted y a un servidor. Podemos revertir esta estupidez y, lo que es mejor, podemos hacerlo ganando dinero.

—Tiene dos minutos y después sale de aquí.

—Gracias. Yo aún no pertenezco a la plantilla de don Zutano, le pedí trabajo ayer.

Le conté mi historia. Don Zutano conocía mi anterior empresa y a sus primeros propietarios; los respetaba. Se interesó por el tema y me dijo que continuara. Por así decirlo, «me dio cancha».

—Yo, con mi esfuerzo y tesón, traje por la calle de la amargura al departamento comercial de la empresa de don Citano muchos años. Al quedarme en el paro pensé que donde mejor me valorarían era precisamente en mi competencia directa, esa competencia a la que tanto combatí. Fue un craso error, don Zulano. Me encontré con una persona que, lejos de abrir una conversación profesional, parece ser que vio una oportunidad de vengarse, de hacer leña del árbol caído y, por lo que estoy viendo, burlarse tanto de usted como de mí.

—¿Por qué aceptó entonces esa estupidez de venir a venderme una gallina? ¿Dónde queda su orgullo, su dignidad?

—Le podría decir que por mi familia, por mis hijos, que también es verdad. Pero la realidad es que me di cuenta enseguida de lo que pretendía don Citano no era otra cosa que humillarme. Por otro lado, era conocedor de su empresa y de sus graves y antiguas desavenencias con don Citano.

—Bueno. Y ahora, ¿qué? ¿A dónde nos lleva todo esto?

—El epígrafe de la empresa de don Citano no permite vender gallinas, solo bebidas y productos de alimentación empaquetados, nada más. Cuando me condicionó a venderle una gallina para darme trabajo le seguí la corriente porque, normalmente, el que piensa que los demás son todos tontos, suele ser el más tonto de todos. Le dije que eso estaba hecho e incluso le pedí una factura oficial por la gallina, con todos los datos, número y hasta el sello de «pagado», es decir, lo que se suele llamar una factura oficial. Veinte euros más IVA., y el concepto «una gallina común viva». Aquí la tengo.

—No sé por qué le estoy escuchando, pero siga y acabe.

—Usted me compra la gallina y yo le firmo la factura. Después, su abogado denuncia la actividad no pertinente y, por supuesto, el hecho de tener a un vendedor sin asegurar, o sea, yo.

»La segunda parte es que me dé usted trabajo y le aseguro que seguiré peleando como lo hice los últimos quince años para que las expectativas comerciales de Citania, SA sigan en mínimos, ahora que precisamente se las prometen felices por haber cerrado mi antigua empresa.

»Ese espacio comercial, don Zulano, si usted me ayuda, aún es mío, y si trabajo para usted, será suyo. Piénselo, porque hecho todo esto, habríamos metido a la Agencia Tributaria y a la inspección de la Seguridad Social en casa de don Citano. Y si le tapamos al mismo tiempo el hueco comercial que dejamos en mi antigua empresa, le habremos asestado un golpe muy serio, aparte de que nos habremos cargado a este impresentable, prepotente y mamarracho que pretendió reírse de usted y humillarme a mí.

»Antes me preguntaba por mi dignidad, pues bien, don Zulano, ahí tiene usted mi dignidad, dejándome la piel trabajando, si usted lo tiene bien.

Salí del despacho esperando una futura llamada del don Zulano. No debió de quedar muy convencido… o sí. El hecho es que se quedó con la factura por una gallina, y yo con un billete de veinte euros en el bolsillo para don Citano, de Citania, SA.

Y hay quien dice que la vida de un vendedor no es emocionante.