A un señor muy beat —más Connery que Pitt, por escaso de pelo— esto fue lo
que pasó; no es camelo: teniéndola por barbería, en una librería entró; aquel
letrero decía: Librería RIZO, «Purasangre al Rucio hizo».
—Buenos días, si cabe —dijo a la librera teniéndola por barbera. ¿Podría usted
cortarme el pelo al uno? Se me cae en grado sumo, ¿sabe? No se azore con este
cliente, peluquera, que será paciente si hay espera.
Y esperó un rato; pero al verse
de tantos libros rodeado, de la burra cayó pronto:
—¡Hurra, tonto! ¡Heme
equivocado! ¿Y si mi alopecia incipiente fuera o fuese cosa de la mente? Ande y
dígame usted, joven sesuda: ¿en qué pasillo está la sección de autoayuda?
—Aquí
no hay tal sección —respondió la librera—, y si la hubiera, en ella no hallaría
solución. No tenga por improperios lo que no son tales, pero el pasillo para sus
males no está fuera, ¡rediós!, sino entre los hemisferios cerebrales que dividen
su mollera en dos.
—En sus ojos rojos artimaña vento,
señorita mía; oiga con tiento esta pendencia y della no se ría: ¿es suya
tan bella y tamaña inteligencia o será usted una IA?
—La veldad sobre mí,
caballero, le será dada, pero antes saber quiero, si la prefiere cruda o de
humor aderezada. Y si ambas clases quiere, la que mola y la que hiere, ¿cuál
primero?
—Ambas,
jovencita, y el orden elija ligero…
—Pues
con cante jondo respondo pronta: ninfa de grifo soy —no de fondo—, mi
nombre es Fonta. Si ninfa fuese de botella, Fanta sería, la bella. No soy IA,
sino náyade presa en cañería —ojos rojos del agua clorada son— que salir ansiaba
al son de un sainete por bidé de guitarra y al fin salió por sucio retrete, un
tanto guarra.
»La verdad vea ahora sin ánima: mi
nombre es Fátima, aquí me ve; haciendo las prácticas de FP. Ojos rojos de tanto
libro leer son.
»Caballero, no hay don: ni
ninfa, ni musa, ni bruja, ni de Freixenet burbuja. Tosca cosa; masa sosa sin
sabor soy: árbol sin fruta, rosa de enero, auto sin ruta… La verdad es puta,
compañero.
—¡La fruta prefiero! —respondió
el cliente—. Fonta del grifo salida: si he de conducir mi vida, dígame, ¿qué
libro quiero?
—¡Está usted en Librería RIZO,
bípedo implume! ¡En el templo de la papelidad! Trepe a los estantes y
escoja usted mismo una historia: policías blandiendo salchichón en vez de
porra, banqueros sin VISA pasando la gorra, ejecutivos sin prisa, templo sin
dioses, paredes de estuco, baraja sin doses, relojes de cuco —chas-chas-chas—. ¡Temple
usted mismo su sino!
—Soy simple comino y usted alada
diosa: mágica mariposa ¡Indíqueme el camino! ¡Prescríbame un libro!, luciérnaga
luminosa.
Estas alabanzas ablandaron a la
ninfa fontanera, que así habló y de esta manera:
—Mire aquel, es puro alpiste —dijo
Fonta cogiéndolo del anaquel al despiste—; Neuronas al Gimnasio, se
llama; de un tal Gervasio Sintrama; o lo odia, o lo ama. Pinta mal: de mente y cuerpo
trata el manual. ¿Desta trufa —chas-chas-chas— podría
usted hacer sinopsis bufa?
—¿Un resumen hacer al tuntún, sin
el volumen leer aún?: línea roja.
—Común cacumen el suyo se me
antoja… ¿Su nombre?
—¿Me habla?
—Le hablo; su nombre pido.
—Pablo soy, Pablo Bellido.
—Soso sello el suyo es… Pues si Bellido
sin vello no puede opinar, en nombre de librería Rizo, yo lo rebautizo
como Rodolfo Silvar.
—¿Rodolfo?
—Silvar, un golfo.
—Y así, engolfado, ¿retórico
ripio de ese librejo haré supone?
—Ahí le ha dado, viejo: me pone…
—Mens sana in corpore sano.
¿Suena a rutina?
—A guano huele y naftalina; a
flema de higo. Oiga mi lema, amigo: Salud extrema garantiza esta lectura, a
los ciento y más llegará si sus trescientas páginas apura.
—Pero al final moriría —chas-chas-chas—aunque
quinientas tuviera.
—¡Touché!, quizá muriera…
—¿Para que tragarme entonces el
tostón?
—Para morir románticamente,
de cáncer de bastón. Vamos este con otro: El desastre de Annual.
¡Póngale bemoles!
—A merced de los buitres, diez mil
sodados españoles.
¿Qué tal? ¿Oportuno?
—Annual, año veintiuno; verdad
fría; escuche la mía: Los muertos eran tan abundantes, que los buitres sólo
se comían a los comandantes.
Pablo Bellido —hombre de principios—
ofensa de Fonta vio en los ripios; la muerte no es cosa tonta, sostuvo. Y
cogiendo el libro más gordo que pudo, 1965 - Guía Telefónica de Madrid,
a la ninfa puso este ardid:
—Genial
deidad de las tuberías, sílfide imprudente: broma decente haga de esto, ¡Juegue,
valiente! Salga del tiesto…
—Cierre
los ojos y señale un abonado al azar en la guía —respondió Fonta—. Haga su
apuesta.
—Carlo
María… ¿le presta?
—Llame
y encesta; lo tiene a huevo…
—Es
un fijo, pasaron los años, no me atrevo.
—No
sea pijo. ¡Redaños, que es un juego!
Y
el golfo EGO de Rodolfo al LEGO jugó. Tres tonos sonaron, alguien descolgó:
—¿Diga?
—respondió una voz con desapego.
—¿Con
quién hablo? —preguntó Rodolfo luego.
—Carlo
María Cipolla al aparato. ¿Con quién tengo el gusto?
Rodolfo
colgó del susto:
—Esto
ha sido indecente, qué mal rato…
—Fin del trato, inocente —repuso
la ninfa—. Pazguato, no se lamente, que la guía solo es puente, frontera no
más, un enlace covalente que nos lleva —chas-chas-chas—
a este librito solvente: Allegro ma non troppo.
»Un vistazo eche, es cortito: condensada leche salida del coco de
Carlo María Cipolla; nace la rima al poco en la olla cantada, pero decirle
siento que cipolla en español, es cebolla de ensalada.
»Historia de la Economía era el rol de este italiano de Pavía. La
primera parte del librito argumenta que el comercio de la pimienta enriquece a
Europa; barcos de especias cargaban la popa…
—Aburrida esa sopa que a la guía emula —Rodolfo cortó.
—Active
su glándula gandula, pequeña alma errante y cariñosa, animula vagula
blandula, no tenga prisa —chas-chas-chas— que la segunda
parte de la risa es arte y no es cayo, sino de la estupidez humana ensayo, y de
la gente tonta el latido. Quizá sea estúpido usted —dijo Fonta— y nunca lo haya
sabido.
—¿Juicio introspectivo podría
hacer quien a otros apresura juzgar? Su pellejo jamás en el espejo verá ese
quien. Pues bien: la humana mollera —¡oj!— es más dura que madera de boj.
—Mire entonces su reloj —Fonta
repuso—:
»De 9 a 12 estaría el INCAUTO:
tiene por oficio el sacrificio. Cede el auto y vuelve a pie. Pasa frío por
prestar su abrigo. ¡Buen amigo! No conoce el mal: regala su entrada de Bisbal. Resta
de sí y el mundo suma pi.
»De 12 a 3 el INTELIGENTE:
beneficia a los demás beneficiándose él. El win, win tiene por casa. Puente
hace sobre el que la gente pasa; suma el mundo y suma él.
»De 3 a 6, el MALVADO mora:
él suma y al mundo ignora. Por ganar, roba y pobres deja; es pirata: mata, despelleja.
Su lema: ¡Por mi Rolex, que yo gano y tú te jodes!
»De 6 a 9, el ESTÚPIDO:
rompe el puente y cae con él. Pega coz y
el pie fractura. Más peligro trae que el malo —chas -chas-chas—, uno no sabe
cuando de él viene el palo. Un horror: pierde el mundo, resta él, —Syntax
Error—; ¿¡por qué!?
—¡Son de peso esos cuadrantes!
—observó Silvar—. ¡Lástima no conocerlos antes! Hacia las seis, abajo: dientes
del lobo y del burro coces. Hacia las doce, regalo del bobo y del inteligente,
maña. ¿Arriba está España?
—¡A facha suena! —respondió la
ninfa— Si suelta esa melena, será cancelado, que ya dijo don Machado: Españolito
que vienes… Males hay en esta viña, con bienes mezclados: bobos, listos,
tontos, malos, saña, tiña, fiesta, riña, siesta y corazones helados.
—Perdón —Dijo Rodolfo
—Si perdón pide, de las diez y
media tiene don. Del malo conoce el mal, cuatro y media es su antagonista diagonal,
pero al estúpido despista y este se mueve por debajo de las nueve.
—Si tarde el buey conocerá el filo
y su hora, ¿qué ley podría darle asilo ahora? —Rodolfo preguntó.
—No hay una ley sola: Cipolla de
la estupidez humana escribió cinco —contestó Fonta—. Se las resumo de un brinco y sin hinco entre nalgas. Para ello necesito invocar a un coro de cinco musas de
las aguas, mojadas, graciosas y envueltas en algas —y rozando con el envés de
sus mórficos dedos, del cogote de Rodolfo los pelos tocó, y este, ¡ah!, a los cielos subió...
Fonta, voz solemne —Rodolfo
inerme— gráciles alas movió y con dos sonoras palmadas, a las musas llamó:
FONTA:
¡Musas al salón!
Cinco quiero
a formar mi coro
Pues la estupidez humana
hoy analizo y deploro
MUSAS:
¡Henos aquí Fonta!
En el foro invicto
dispuestas a coro cantar
Las cinco leyes
de Cipolla su edicto
FONTA: En número, el estúpido es legión
CORO: ¡Enjambre de moscas, LA UNO!
FONTA: Es rasgo ajeno a toda condición
CORO: ¡Cosa de virus, LA DOS!
FONTA: Apuñala al común y el propio vientre raja
CORO: ¡Con puñal y al bies, LA TRES!
FONTA: Del estúpido, el sensato es ciego al
teatro
CORO: ¡Alerta inservible, LA CUATRO!
FONTA: Es peor que el malvado en su acción
CORO: LA CINCO; ¡el malo descansa, él no!
Rodolfo
Silvar, hipnotizado se levanta y rompe a hablar:
—No
quiero al sabio Cipolla enmendar la plana, pero de mi magín emana una ley sexta.
FONTA Y CORO: ¡Venga al fin la más funesta!
RODOLFO: El estúpido no sabe que lo es.
FONTA Y CORO: ¡En el espejo el tonto al tonto no ve! LA SEXTA
—¿No hay más? —Preguntó Rodolfo a Fonta.
—¡Chas-chas-chas! —Fonta entregó el librito a Rodolfo.
—Útil manual ¿cuánto vale?
—Eso da igual, se lo presto, ¡ale!
—¿Y si no vuelvo más? —Chas-chas-chas.
—Si con celo el Cebolla no me
devuelve, esto me huelo: ¡de la olla le caerá todo pelo! Ande, si es que algo
valgo, no sea canelo, pregúnteme a qué hora salgo.
—¿A qué hora sale…?
—¿Ronca usted, caballero? —Chas-chas-chas.
—¿A qué hora sale? ¿No ha oido?
—Ya le vale, ¡salido!
—Disculpe, no había terminado… ¿A qué hora
sale el sol en el mar?
—Tiene un tiro en la nuca, hágaselo mirar —¡Chas-chas-chas! (CALLA LA TIJERA).


