Sato Johari lo entendió todo
mirando la ventana, no mirando a través de ella, sino mirando la ventana en sí
misma, mirándola con la mirada del carpintero que la parió…
Aquella ventana era sencilla,
formaba un cuadrado de cuatro cristalitos, dos arriba y dos abajo…
Cristal 1, ICHI (一), arriba a la izquierda: ahí
está —dio en pensar Sato Johari—, ahí está lo que yo sé de mí misma y los
demás también saben de mí, lo que no me avergüenza, lo que yo doy a conocer
de mí a los cuatro vientos, ahí está mi área pública.
Cristal 3: SAN (三), arriba a la derecha: ahí estaría lo yo no sé de mí misma y los
demás sí saben, lo que sin querer doy a entender, el cómo me ven sin yo
quererlo, aquello que los demás, por tener la fiesta en paz, no se atreven a
decirme, esta sería mi área ciega.
Cristal 2, NI (二), abajo a la izquierda: he ahí lo
que yo sé de mí misma y los demás desconocen, aquello que conscientemente
oculto, lo que estúpidamente me azora, lo que avergüenza, mi área oculta.
Cristal 4: YON (四), abajo a la derecha: éste
último cristalito —reflexionó Sato Johari—contiene aquello yo no conozco de
mí y los demás tampoco conocen; mi área desconocida,
instintos, pasiones y otros gatos confinados, sabe dios por qué, en la caja de mi
cerebro…
¡Eureka! —concluyó la Johari—:
los cuatro cristales están divididos por una cruz, de modo y manera que si el
cristal 1 se agranda, los demás cristales, empujados hacia abajo y a la derecha
por la cruceta, no pueden más que empequeñecer. Para ello tengo que decirlo
todo sin ocultar nada y pedir a los demás que opinen sobre mí, que me lo digan
todo pues eso no les costará mi amistad. Hoy mismo subsituiré el mantra: On
Abira Un Ken de mis
rezos, por otro más vibrante aún: A mamar, todo el mundo a mamar, a mamarr,
a mamarrr. Si a nadie importa lo que yo diga, si a nadie importa lo que yo
haga; haré y diré, cariñosamente, lo que me dé la gana.
Sato Johari entendió todo esto
mirando la ventana, sin mirar a través de ella, porque mirando un compás se
puede entender la distancia, mirando una foto se puede entender el tiempo, mirando
una cuchara se puede entender la vida, mirando un gatillo se puede entender la
muerte…
NOTA: Si ustedes oyen decir que Sato Johari no existe, que es una invención, por favor, no hagan caso. Si algún tonto les dice que La Ventana de JOHARI es una herramienta cognitiva creada en los años cincuenta por dos psicólogos norteamericanos: Joseph Luft y Harry Ingham, y que JOHARI no es otra cosa que el acrónimo formado por las primeras letras de sus nombres, no le escuchen: no hay nada más lejos de la fantasía que tal razón. Tómense tiempo y miren a la manera nipona, concentrada, tranquilizante y narcótica con la que, para entender el mundo, mira Sato Johari su ventana, agranden su ICHI y arrinconen su YON: limpien con cariño sus inodoros, como hace Hirayama en Perfect Days. ¡Ah!, y no escuchen nunca más a esa gente estúpida que disfruta reventando trucos de magia, esos matasueños que se pasan la vida desvelando evidencias, impugnando Reyes Magos… Pobre gente: ¡Cuánto daño hacen a los sueños quienes no saben soñar!












