¿Qué es esto?, se preguntará el
lector… CuentaménDG es lo que usted se temía, un prospecto
pedagógico: la primera fórmula de una obra que pretende ser magna, el DinamécumDM.
La metáfora es limpia, usted podrá comprobarlo: las dinámicas de grupo
funcionan exactamente como medicamentos. Si no le
presta leer lo que sigue —tengo la impresión de que me voy a extender—, vaya
directamente al final e imprima el prospecto. Ello será una prueba más de que
usted anda con prisa: necesita más café y la máquina que se lo sirve es lenta:
descarga el vaso, muele bien el grano… Con prisa o sin ella, solo ansiamos que
el recién nacido proyecto sea útil a la consecución de objetivos en su aula, o
en su empresa. Todo es aula, guerra, barro…
La primera fórmula de nuestro Dinamécum
se fundamenta en el cuento: «Cuéntame un cuento y verás qué contento… Érase
una vez… ¿Saben aquel que dice…? ¿Y saben lo que pasó?». La impronta que
generan los cuentos nunca se diluye. Los cuentos siempre han estado ahí, ejerciendo
sin querer de medicina social y comunitaria. El problema suele ser que contamos
cuentos enteritos, ya masticados, sin pausa reflexiva. Al obrar así, solo servimos
al 25 % de nuestro target: el sujeto teórico, asimilador —modelo de Kolb
(1984)—. El resto —divergentes, acomodadores y convergentes— jamás cruzará un
puente que no ha construido. Una batallita más, pensarán mientras enchufan la
antena a tierra… De acuerdo con Goldstein (2013), la pausa
reflexiva puede estructurarse a través del acrónimo STOP, adaptado al
entorno hispanohablante como DROP (detente, respira, observa, procede).
Los cuentos funcionan como un canal
alternativo para percibir y reorganizar la propia realidad. Una mágica vía, tan
ancestral en la historia de la humanidad como en la del propio sujeto, una
vieja locomotora de carbón que puede saltar barreras críticas generando íntimos
cambios que serían imposibles usando las lindas vías racionales del AVE. Milton
Erickson, el gran maestro de la metáfora terapéutica, usaba el cuento y sus
metáforas prescribiendo, «de contrabando», vías de sanación que el sujeto
debería encontrar por sí mismo. Para analizar una de sus intervenciones más paradigmáticas,
usaremos el principio activo de Cuentamén Transferencia: quitaremos el
final para que sea usted quien imagine el desenlace, la moraleja, el amén
del asunto:
En una ocasión, un periodista
acudió a Erickson para que tratase sus severos problemas de adicción al
alcohol. Milton no trataba esta patología, pero en vez de derivarlo a alguna
asociación de alcohólicos, hizo una excepción: recomendó a esta persona
sentarse durante horas a contemplar los cactus del Jardín Botánico de Phoenix. ¿Y
sabe usted lo que pasó? Piénselo, suponga, postule, busque un amén, no tenga
miedo a fallar. Para ello, deje esta lectura, dese un paseo para pensar y
continúe solo cuando escuche su propio «¡eureka!»…
Para Gianni
Rodari, la fantasía no es un elemento temible como el coco, ni una falta que
deba ser perseguida (Rodari, Gramática de la fantasía, 1973/2002). Malos
tiempos para la lírica también hoy:
el cuento —peligroso incendio intelectual— pretende ser sofocado por sus
flancos, cabeza y cola. Por la cabeza: La miseria cognitiva, «los
cuentos pueden llevar al individuo a elegir el poco rentable camino de pensar, porque
pensar consume mucha energía». Por el flanco derecho: El bulo del
HUESO y la MARÍA —nótese el nombre de mujer—. «¡Cuánto cuento!», se dice… «¡Lo que hay que hacer es estudiar!», cuando
el mundo en un gran cuento trufado de cuentos entrelazados: títulos, carreras,
facturas por pagar… Nótese que cuando hablamos de cuentos incluimos en tal
categoría historias, mitos, fábulas, crudos experimentos, sesudos artículos o
frías estadísticas. Todo lo contable es cuentizable; el ladrillo puede
ser convertido en piruleta. Sirva como ejemplo un relato que publiqué este
mismo blog: La langosta y el congrio.
También se
pretende apagar el cuento por el flanco izquierdo: La categorización
obsesiva, esa manía instrumental de categorizarlo absolutamente todo, ese
vicio incorregible de inventar líneas divisorias que luego hay que tragarse
pensando que sin ello no es posible el crecimiento. Ante la línea pedagógica
entre pedagogía (para niños y adolescentes) y andragogía (para adultos), nos
preguntamos ¿Andragogía? ¿Por qué, si la vida es tan corta? ¿Son los cuentos de
Gloria Fuertes para niños? ¿Y las caritas de Francesco Tonucci? ¿O la Mafalda
de Quino? ¿O los calambrazos del experimento de Milgram?
Y finalmente
por la cola, que es lo más fácil: El sesgo de demolición, esa
fijación por matar al gato buscándole los tres pies con exactitudes
milimétricas. Cuando contamos una historia, siempre hay un tonto en la primera
fila que dice que eso es mentira, que realmente no sucedió o que la fuente es
falsa. ¡Qué cara de satisfacción pone al hallar esa miserable grieta que generará,
por real decreto, orden de demolición inmediata! ¿Es pecado dejar que alguien se
trague el fraudulento experimento de las palomitas y la Coca-Cola (Vicary,
1957), cuando lo importante es su moraleja: el humano es jaqueable y carece de
albedrío real ante la publicidad subliminal? ¿Es delito comprender que uno
puede acabar en el psiquiátrico solo porque le colgaron una etiqueta
diagnóstica —se puede estar cuerdo en un sitio de locos— por creerse el
tramposo experimento realizado por Rosenhan en 1973?
El asunto
queda zanjado: ¡todos los cuentos son mentira y ya está! Si todos los cuentos tienen
los pies de barro, todos los experimentos también acabarán por tenerlos. Como
profesor, no perdonaré nunca la puñalada trapera hincada a Pigmalión por las
grietas encontradas en el maravilloso cuento-experimento de Rosenthal y
Jacobson, publicado justito antes del mismo mayo del 68. He visto cosas en el
aula que los teóricos de despacho jamás creerían: alumnos desahuciados por el
sistema brillar gracias a una mirada de confianza; batallas campales
transformadas en silencios sepulcrales con solo bajar la voz o responder con
una carcajada; milagros en plena refriega que ningún frío estudio se atrevería
a registrar. También he disfrutado el jodido miedo en medio del rock and roll,
pero nunca he abandonado. Omitimos a menudo que todo está construido sobre
mentiras, pero sin error no hay aprendizaje, lo perfecto es totalitario. Porque
para aprender hay que sentirse un genio, solo así Pigmalión seguirá vivo: ¿Es
sacrilegio sentirse ingeniero al montar los muebles de la sueca? El niño siente
realmente que el dibujo que colorea es suyo, porque no se sale de las rayitas. Sin
esa revelación nunca podrá llegar a pintar Las meninas. Ya se dará cuenta, tras
diez mil horas de práctica deliberada (Gladwell, 2008) de que cuanto más sabe,
menos sabe (Kruger y Dunning, 1999). Seguro que Demoliciones S. A., en la
primera fila, ya encontró varias grietas…
Apagar cuentos
por la cola es fácil para el erudito apostado en la primera fila. A veces
pienso que la pieza a cazar no es el cuento, sino el contador. Nada que ver con
quienes se sientan en el fondo sur. Esa gente es diferente, disfrutan de la
música incluso sin oírla. Confían en la buena intención pedagógica de la pequeña,
por lejana, señora de la tarima. Siempre aprenden algo, lo que les da la gana,
porque lo más importante nunca está en el guion. Creen de inmediato que las
ranas hablan, porque si no lo creyeran no podrían seguir ese cuento tan bonito
que les están contando. Creen también que el microondas es mágico porque
calienta el cafelito de la mañana sin hacer fuego, pero no quieren saber nada
de un magnetrón que emite ondas electromagnéticas que hacen vibrar las
moléculas del cafelito sin calentar la taza, porque están hasta los cojones de
todas esas mandangas que realmente nadie entiende. Siguen soñando con aquella
parte de la cabeza que no les quedó infartada con proposiciones sustantivas,
dativos aspectuales y locuciones propositivas complejas que nunca entendieron,
pero que manejan a diario sin saber cómo cojones consiguen hablar la mar de
bien. Creen en la magia porque quieren llegar a fin de mes y juegan a la lotería
aunque vengan como moscas mil tontos a desengañarlos con probabilísticas
razones. Van al médico a por placebos y quieren que les vuelvan a contar todas
las mentiras del romanticismo. Siguen al Rubius porque su profe de filosofía es
un youtuber incomprendido. Siempre aprecian un buen cuento, no tienen por
qué comprender su laberíntica magia. La magia tiene tanto fundamento como el
microondas ¿Piensa alguien que la esencia terapéutica del cuento consiste
simplemente en relatar historias? (Bandler y Grinder, La estructura de la
magia, 1975-76).
Para que Cuentamén Transferencia funcione
es menester «capar» el final-moraleja del cuento. Esa pausa mantenida en el
tiempo es el principio activo de la DG.
En 1927, la psicóloga rusa Bluma Zeigarnik comprobó que los camareros
olvidaban totalmente las comandas que ya habían servido y cobrado, mientras que
recordaban perfectamente las ventas no cerradas. Lo no finalizado mantiene el intelecto
en tensión; dolorosa clave para pensar. La
misma tensión que cargan las grandes preguntas sin solución que plantea Sugata
Mitra: ¿de qué están hechos los pensamientos? Ursula K. Le Guin plantó un cuento
maravilloso: Los que se alejan de Omelas (1973). Aunque el título es
enunciativo, el lector llega finalmente a preguntarse ¿Qué pasa con los que
abandonan Omelas y dónde van tras dejar la ciudad de la felicidad? Y en cada
lector se produce un mágico insight porque Ursula calla y así, gracias a
su silencio, es Jaimito quien da en preguntarse: ¿a dónde iré cuando se acabe el
miltoniano paraíso de mis suspensos? Y, cosa singular, barajará sus respuestas:
a la taberna, al fútbol, a estudiar una oposición, al carajo…
Cuentamén
Transferencia no es una ocurrencia disfrazada de prospecto: es la experiencia organizada de
tres décadas de oficio en docencia, psicoterapia y RRHH. A continuación,
tiene usted un enlace al prospecto. Solo le pedimos una cosa, léaselo; no haga
como con el paracetamol. Imprímalo a doble cara, disfrútelo y haga la colección
Dinamécum en su capeta roja. Imprima
copias para otros docentes y pídales que hagan lo mismo: no es una cadena de
favores, es propaganda clandestina. «Nos gusta pensar que vivimos a la luz del
día, pero la mitad del mundo siempre está oscuro; y la fantasía, como la
poesía, habla el lenguaje de la noche» (Ursula K. Le Guin, El idioma de la
noche, 1979).
¿Ha pensado usted ya qué pasó con el alcohólico sentado frente a los cactus? En Mi voz irá contigo (Rosen, 1982) se cuenta que, años más tarde, la hija de este señor contactó con Erickson para comunicarle que su padre había sanado, se había vuelto abstemio: mirando los cactus había comprendido que un cactus florece y vive en perpetua abstinencia de agua. Andamiemos conocimientos y saberes desde la fantasía: todo el mundo sabe que las ranas de Bucay no hablan o que el decálogo de la manipulación mediática de Noam Chomsky no es de Chomsky, aunque cientos de tesis doctorales se lo hayan atribuido y sendos tribunales se hayan tragado la falsa autoría de un «cuento» de gran valor (Sylvain Timsit, 1999). Si Video Killed the Radio Star, ¿don Dato, al menos, indultará a doña Moraleja?










