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miércoles, 12 de agosto de 2026

GALLIVENTA (2)

 

La venta de la gallina

Había sido responsable comercial en una importante distribuidora de productos de hostelería у alimentación durante muchos años.

Una pena que la tercera generación de propietarios hubiera llevado a la empresa a una quiebra anunciada. Lo que más me dolía era que, básicamente, el motivo del cierre había sido la utilización de los beneficios que generaba la distribuidora en otras aventuras empresariales de difícil futuro.

En esos pensamientos estaba yo mientras aguardaba en la fría sala de espera a que el director y propietario de Zulanita, SA me recibiera. Llevaba más de una hora esperando y durante ese tiempo me dediqué a observar la estancia: repasé visualmente la decoración y dirigí varias miradas furtivas a la secretaria del director que, previamente y por teléfono, me había dado la cita por la cual estaba ahí sentado. Era ya una mujer madura pero aún atractiva, saltaba a la vista que se cuidaba. Estoy seguro de que la mujer se percató de mis miradas de soslayo con esa capacidad innata que tienen las señoras para percatarse de que las mira un señor y regocijarse internamente por sentirse aún admiradas, corroborando así la teoría de que los hombres somos como somos.

El interfono sonó y después de una breve conversación con monosílabos, me indicaron que podía pasar. Toqué la puerta con mis nudillos, abrí, y asomando la cabeza, pedí permiso para adentrarme en aquel despacho forrado de madera, grande y lujoso que olía suavemente a ambientador de los caros y en donde había al fondo, detrás de un escritorio un señor de cincuenta y tantos, de aspecto pulcro y ropa bien planchada. Desde luego la buena presencia no se le podía discutir y, no sé por qué, lo primero que se me vino a la cabeza era que este caballero y la secretaria que me había atendido tenían algo en común desde hace tiempo. Qué cosas.

Después de las presentaciones me dijo secamente que no sabía a qué venía a su empresa, y al ver mi cara de estupor, me explicó don Zulano que hacía años mantenía desavenencias muy graves y continuas con mi nuevo jefe, don Citano, de Citania, SA, al que consideraba un enemigo y que por lo único que me había recibido era para satisfacer su curiosidad del porqué la desfachatez de mi presencia en su casa. Mi mente entonces se tornó en una máquina de producir sudor frío. A ver cómo le explicaba yo a este individuo que estaba allí para venderle una gallina. La madre que parió a don Citano.

­—Vengo a venderle una gallina por orden de don Citano —espeté.

—¡Fuera de aquí! —me contestó inmediatamente.

—Verá, don Zulano, antes de que me eche usted de aquí con cajas destempladas le agradecería que me escuchara un par de minutos. Considero que puede ser interesante para usted, para su empresa y para mí lo que tengo que decirle. Podemos convertir esta sinrazón en una buena razón y en una oportunidad de negocio, y si me apura, en una venganza por la burla que mi nuevo jefe nos ha hecho víctimas a usted y a un servidor. Podemos revertir esta estupidez y, lo que es mejor, podemos hacerlo ganando dinero.

—Tiene dos minutos y después sale de aquí.

—Gracias. Yo aún no pertenezco a la plantilla de don Zutano, le pedí trabajo ayer.

Le conté mi historia. Don Zutano conocía mi anterior empresa y a sus primeros propietarios; los respetaba. Se interesó por el tema y me dijo que continuara. Por así decirlo, «me dio cancha».

—Yo, con mi esfuerzo y tesón, traje por la calle de la amargura al departamento comercial de la empresa de don Citano muchos años. Al quedarme en el paro pensé que donde mejor me valorarían era precisamente en mi competencia directa, esa competencia a la que tanto combatí. Fue un craso error, don Zulano. Me encontré con una persona que, lejos de abrir una conversación profesional, parece ser que vio una oportunidad de vengarse, de hacer leña del árbol caído y, por lo que estoy viendo, burlarse tanto de usted como de mí.

—¿Por qué aceptó entonces esa estupidez de venir a venderme una gallina? ¿Dónde queda su orgullo, su dignidad?

—Le podría decir que por mi familia, por mis hijos, que también es verdad. Pero la realidad es que me di cuenta enseguida de lo que pretendía don Citano no era otra cosa que humillarme. Por otro lado, era conocedor de su empresa y de sus graves y antiguas desavenencias con don Citano.

—Bueno. Y ahora, ¿qué? ¿A dónde nos lleva todo esto?

—El epígrafe de la empresa de don Citano no permite vender gallinas, solo bebidas y productos de alimentación empaquetados, nada más. Cuando me condicionó a venderle una gallina para darme trabajo le seguí la corriente porque, normalmente, el que piensa que los demás son todos tontos, suele ser el más tonto de todos. Le dije que eso estaba hecho e incluso le pedí una factura oficial por la gallina, con todos los datos, número y hasta el sello de «pagado», es decir, lo que se suele llamar una factura oficial. Veinte euros más IVA., y el concepto «una gallina común viva». Aquí la tengo.

—No sé por qué le estoy escuchando, pero siga y acabe.

—Usted me compra la gallina y yo le firmo la factura. Después, su abogado denuncia la actividad no pertinente y, por supuesto, el hecho de tener a un vendedor sin asegurar, o sea, yo.

»La segunda parte es que me dé usted trabajo y le aseguro que seguiré peleando como lo hice los últimos quince años para que las expectativas comerciales de Citania, SA sigan en mínimos, ahora que precisamente se las prometen felices por haber cerrado mi antigua empresa.

»Ese espacio comercial, don Zulano, si usted me ayuda, aún es mío, y si trabajo para usted, será suyo. Piénselo, porque hecho todo esto, habríamos metido a la Agencia Tributaria y a la inspección de la Seguridad Social en casa de don Citano. Y si le tapamos al mismo tiempo el hueco comercial que dejamos en mi antigua empresa, le habremos asestado un golpe muy serio, aparte de que nos habremos cargado a este impresentable, prepotente y mamarracho que pretendió reírse de usted y humillarme a mí.

»Antes me preguntaba por mi dignidad, pues bien, don Zulano, ahí tiene usted mi dignidad, dejándome la piel trabajando, si usted lo tiene bien.

Salí del despacho esperando una futura llamada del don Zulano. No debió de quedar muy convencido… o sí. El hecho es que se quedó con la factura por una gallina, y yo con un billete de veinte euros en el bolsillo para don Citano, de Citania, SA.

Y hay quien dice que la vida de un vendedor no es emocionante.

Indalecio, a su pesar

 

            (El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)

(ESCENA I) El plano general del espacio escénico muestra lo que parece ser un viejo consultorio médico. Azulada y tenue es la luz que penetra por el ventanuco enrejado abierto en la pared izquierda; bajo este, una desvencijada camilla cubierta con la sábana que preserva la intimidad del muerto. Apesta a tabaco. En el centro del escenario, una mesa con dos sillas enfrentadas; por su particular disposición, este set parece más destinado a interrogatorios que a la práctica médica: la pantalla de luz, aún caliente, permanece apagada. Sobre la mesa, un cenicero Cinzano abarrotado de colillas y un bolso de mujer.

                En el foro, una oxidada vitrina repleta de cajas de medicamentos, artilugios y borrosos cachivaches —todo en desorden— entre los que destellan unos viejos y descromados fórceps. El espacio se ilumina muy poco a poco: está amaneciendo. Podemos suponer, si atravesamos la cuarta pared, que los artefactos oculares de la única persona que hay en el patio de butacas se están acostumbrando sin sobresalto a los lúmenes crecientes de la aurora y así es que ya no solo pueden mirar, sino también ver y finalmente observar todas aquellas cosas que, aunque antes existiesen veladas, siempre estuvieron presentes en la vitrina: una miríada de oscuras porquerías de superstición entre las cuales se hallan dos marciales soldados de cerámica de Manises, varios amuletos (hipopótamo, tortuga y rinoceronte), un enrollado laberinto de bolas extraído en algún bar con el gancho de una máquina tombolita de a euro, y la cabeza pelona de una muñeca tuerta traída por el mar…

                Gobernándolo todo, el retrato del sexto Felipe. Es de reducido tamaño, esto se nota porque está rodeado del aura de sucia blancura libre de pátina que dejó otro cuadro mayor, removido hace años. ¿Para qué pintar si el tiempo sabe hacerlo? Si el huérfano espectador se fija bien —cosa imposible sin la tecnología que para estos menesteres tienen a su servicio los técnicos del Museo del Prado—, podrá apreciar que sobre la sombra que dejó Juan Carlos, persiste el cerco de otro cuadro aún mayor, una sombra más triste, franca. Bajo el rey, un perchero del que cuelga una amarilla bata blanca.

                Al fondo y a la derecha, como siempre: la puerta del retrete.  Esto es lo que supone la butaca ocupada; pronto comprobará que este acceso tiene por función franquear la entrada y el mutis de los actores. La puerta está coronada por un mugroso cartel en letras de molde: «SALA DE ESPERA».

                Se oye un carraspeo bajo la sábana, un gargarismo sin flema. El muerto rompe la muerte y se quita el sudario. Es Leonisa, la doctora.  ¿Por qué ha dormido hoy en la consulta? El ermitaño del graderío despoblado no sabe si lo tiene por costumbre; no le importa, no le incumbe, no quiere saberlo. Pero, aunque el detalle no altere ni determine la estructura del guion, es golosina chéjoviana que Robinson Crusoe degustará más tarde en su silla cuando compruebe que nada está ahí por accidente y corrobore su teoría: la doctora, aunque muy joven, no es una doctora común. El náufrago en la platea cierra los ojos para que la doctora se desperece, componga sus ropas arrugadas por la noche, se calce la bata, esconda el cenicero en la vitrina y castigue sus pies con bonitos zapatos. (Cae el telón)

                (El telón se levanta. SALA DE ESPERA)

(ESCENA 2: Interludio) La sala de espera está en penumbra, parece vacía; pero si el asistente solitario, queriendo enfocar, fuerza a tope los músculos ciliares achinando los ojos, podrá descubrir un manojo de paraguas en el cántaro del olvido y sentado en el rincón, camuflado, oculto, un espectro: Indalecio. Sin verle la cara, intuye ahora y comprobará después que es paciente habitual de la doctora y que, aunque apagado, mustio y tristón, es buen tipo. No hay más tiempo para descripciones ya que todo está muy oscuro y porque se escucha el dulce, pero firme «PASE» de la doctora Leonisa. (Cae el telón)

                (El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)

(ESCENA 3: Clímax / Indalecio entra en consulta)

—Buenos días, Indalecio, siéntese y cuénteme.

—Buenos días, doctora; verá: no he pegado ojo en toda la noche. Aún me duele recordarlo…

—¿Qué le duele, Indalecio?

—No lo sé, doctora, esto es lo curioso, solo sé que me duele…

—Disculpe, Indalecio —la doctora Leonisa se levanta y empieza a palpar con meticulosa profesionalidad el cuello del paciente—. ¿Se le forma aquí en la garganta algo parecido a un nudo congestivo? ¿Le duele concretamente aquí?

—S-si… —responde asustado Indalecio. La doctora ocupa de nuevo su silla. El cruel silencio y los ojos lastimantes de la doctora, que a su pesar no puede contener, provocan el pánico del paciente:

—¿Es grave, verdad, doctora Leonisa?

—Mire, Indalecio: pude notar al palpar su cuello que el agarre del dolor en esa zona concreta del gaznate revela a todas luces que su mal es de etiología y origen bancario. Puede respirar tranquilo. Lo suyo es muy habitual: se trata de una leve crisis HIPOTECÁTICA. No tiene por qué preocuparse, le pasará pronto: en dos o, a lo sumo, tres generaciones.

Indalecio no comprende los silbos gomeros de la doctora, pero se siente confortado por la etiqueta diagnóstica y su pronóstico. No obstante, su cara revela que hay algo más…

—¿Qué más, Indalecio?

—Estoy hundido. Me siento culpable, muy culpable, culpabilísimo…

—¿De qué se siente tan culpable, Indalecio? Dígamelo, no pasa nada, aquí puede usted hablar con entera libertad. Yo le escucho.

—Bueno, doctora, verá: me siento culpable del cambio climático, de la capa de ozono, del hambre en el Tercer Mundo, de las guerras, de gastar mucha agua… Nos estamos cargando el planeta…

La doctora, antes de que Indalecio siga ahondando en crudas realidades que le hundan más en su natural tristeza y que también a ella le están jodiendo la cabeza, recorta con maestría torera:

—Lo que usted tiene es algo muy normal y común: un SCI (Síndrome de Culpitas Infundidas). Piense en lo que acaba de decir, Indalecio: «Nos estamos cargando el planeta». Usted no se está cargando nada; el mundo se lo están cargando las multinacionales. Antes, los pecaditos que no se habían cometido, los pecaditos prestados, se llevaban al confesionario. Y aunque Dios ya no está en las formas ni en los ritos, sigue muy presente como valor cultural: ahora las culpitas ajenas se separan en contenedores. Y hay alguna culpita, se lo garantizo, muy difícil de redimir; por ejemplo, dígame Indalecio: ¿qué haría usted con un paraguas que se rompe a la primera ventolera?

—Pues… llevarlo al punto limpio, doctora.

—¡Aleluya, ahí tenemos el moderno confesionario!

—Pero, doctora, la contaminación no es algo, que yo sepa, muy religioso…

—Ande, Indalecio, la contaminación es un pedo de multinacional puesto en su culo para subirle la factura. Usted es buen tipo, no tiene culpa de nada. Usted regenta una charcutería, ¿qué mal hace al mundo un autónomo que da de comer a la población?

—Pues, no sé, quizá lo del colesterol…

—¡Claro! —la doctora se pone sarcástica— Y consecuentemente de la contaminación de las aguas por las estatinas para reducirlo, que se mean en el váter y luego van al mar. Lo dicho, un claro Síndrome de Culpitas Infundidas: cuando no se encuentra una culpita, se busca otra. Mire, Indalecio, le voy a recetar algo que no falla. Se lo escribo en este papelito: hágase socio de la Cruz Roja, use bolsas de tela, dúchese con agua fría y junte tapones de plástico. Todo esto no sirve para nada, pero aplacará falsamente esas culpas que no son suyas. Con estas pequeñas acciones se sentirá como nuevo, renacido.

—Doctora, el día que yo nací, debería haber nacido un cerdito, por lo menos serviría para algo —Indalecio se pone también sarcástico.

                —¡Duro me lo fía, Indalecio!  Pues le voy a recetar algo más alienante aún: Tómese un vasito de aguardiente a la mañana, dos vermús antes de comer y un solisombra, bien cargado de sombra, a la noche. ¿Algo más? Aprovécheme, que en marzo vuelve el médico titular.

                —Pss, no sé… Creo que el banco me roba, pero no sé si es cierto…

                —Tome esto —la doctora saca del cajón dos tiritas—, péguese una en cada ojo cuando vengan a su cabeza esas ideas delirantes. Living is easy with eyes closed, Indalecio.

—¿Eh?…

—Nada, Indalecio… Son cosas mías —la doctora Leonisa hizo el quiebro a la inglesa para que Indalecio no tuviese tiempo de asimilar la oftalmológica prescripción paradójica que acababa de tragarse. Indalecio cogió las tiritas y las metió en el bolsillo de la camisa, junto al tabaco.

                —Gracias, doctora.

                Leonisa sintió unas locas ganas de fumar, las irresistibles ganas que arrastraba desde antes de nacer su tatarabuela, Pilar Ternera:

                —Indalecio, deme un pitillo. Fumemos.

—¿En la consulta, doctora?

—Tranquilo, forma parte de la terapia. Fumemos un pitillo sin ganas y sin culpa, que eso no es fumar —la doctora Leonisa había notado que a Indalecio le quedaba un sapo dentro. El sapo más gordo siempre se vomita al final. «Las betaendorfinas que activa el tabaco en la sinapsis son buen emético», pensó, justificando así su propia conducta, motivándola técnicamente.

(CORTE DISRUPTIVO)

El único alma que compró entrada se despega disimuladamente de su asiento. Dando la espalda al destino de los personajes, camina despacio por el pasillo central hasta atravesar el umbral de la sala. El haz de luz del hall, deslumbra a los actores. Suenan muelle y CLIC de la puerta.

—¡Se ha pirado! —exclama la doctora—. Ya te dije que esta performance era un truño.

—Entonces no se ha perdido nada, doctora —responde engolando la voz Indalecio—. Terminemos: lo que nadie ve, no puede ser juzgado.

          —¡Vamos, Indalecio! —suena falso—, veo en su cara que aún queda algo que no quiere decirme…

                —Doctora Leonisa, pensará que estoy loco, pero creo que lo saben todo de mí, que me espían, que me vigilan con cámaras, que…

                —¡Eso sí que no es nada, mi buen Indalecio! Responde al cuadro clínico de «paranoia fundada».

—¿Es grave verdad? Yo tengo un primo que empezó así y…

—¡Quieto! La paranoia fundada se cura fácilmente: diviértase, ríase mucho, descojónese; aunque le advierto que al principio cuesta mucho porque se hace sin ganas, pero si entrena duro verá que funciona.

—¿Y no me da pastillas?

—No, Indalecio, le harían mal con el alcohol que le receté y además tendría que pagarlas.

—Doctora, a menudo me pregunto…

—¡No, no, no, no! Eso sí que no —la doctora tenía prisa—. No se pregunte nada. Se lo prohíbo severamente. Ese es precisamente su problema. Mire, Indalecio, usted lleva muchos años cortando fiambre, pero aún es joven: hay vida fuera de la charcutería. Debe usted encontrar sus propios mecanismos de evasión; en tanto no los halle, yo le sugiero que vaya al fútbol o lea El Principito, que vea los documentales de La 2 o los telediarios de La 1. Pero no, por favor, no se haga preguntas: podría encontrar respuestas. Ande, Indalecio, vaya con Dios y dígale al siguiente que pase.

(Cae el telón) Aplaude Rita.

 

NOTA: Este artículo es una adaptación mejorada de otro publicado por el autor: Núñez, P. (11 de julio de 2014). Unidad de salud mental. Nueva Tribuna.

lunes, 10 de agosto de 2026

GALLIVENTA (1)

¿Cómo venderle una gallina a un ejecutivo que no quiere comprar nada?

¿En qué momento se convirtió la venta en el patito feo de las profesiones?

Si hacemos una encuesta rápida a pie de calle, comprobaremos que buena parte de la sociedad pinta al vendedor con un personaje insistente, un embaucador de feria, un trilero. Dicen que «cuando el río suena, agua lleva», y vaya si la lleva, las multinacionales han convertido el mercado mundial en un campo de concentración psicológico donde el acoso digital incesante y la presión por vender transforman a los ciudadanos libres en presas cautivas de un consumo agotador. Sin embargo, quienes analizamos el comportamiento humano y conocemos las ventas, sabemos la verdad: los profesionales de la venta de élite no son charlatanes; son estrategas del lenguaje y grandes maestros de la influencia, de la persuasión.

Para demostrarlo, para desvestir mitos y poner en valor esta disciplina, hoy abrimos oficialmente los archivos clasificados de un experimento socio-comercial sin precedentes: arranca la OPERACIÓN GALLIVENTA.

El Desafío: Cerrar una venta imposible

Hemos planteado una hipótesis tan absurda como imposible a varias mentes con estructuras y bagajes distintos, aunque interdisciplinares. El reto consiste en escribir un cuento o relato corto «sin firmar» que narre la misión: conseguir venderle una gallina a un alto ejecutivo que ha cerrado el puño, la billetera y el presupuesto corporativo del año en un entorno B2B (de empresa a empresa). No quiere comprar nada. No necesita un ave.

¿Cómo romper las defensas del CEO? Cada participante ha utilizado sus propias armas vitales y profesionales. En este tablero de expertos juegan cuatro perfiles oficiales:

Leandro Puente: Comercial de raza, curtido en el ecosistema B2B

José Luis Otero: Docente universitario de marketing y dirección comercial.

Pepe Núñez: Psicólogo experto en comportamiento humano.

Andrea Tabachi: Neurocientífica, experta en comunicación y patrones del lenguaje.

 

A estos 4 magníficos probablemente se sumen dos identidades misteriosas que participarán con sus relatos. Su identidad tampoco se revelará hasta el final. Tendrás que deducir su perfil por su manera de escribir: su edad, profesión, formación…

Reglas del Juego:

No queremos aburrir a nadie con técnicas comerciales; esto es literatura táctica y gamificación. La mecánica de la OPERACIÓN GALLIVENTA funcionará de la siguiente manera:

1-Relatos Anónimos: Cada JUEVES, publicaremos de forma independiente cada uno de los seis cuentos recibidos. Ninguno llevará firma.


2-Debate en la Arena: El verdadero juego se trasladará a LinkedIn. Allí, la comunidad de profesionales tendrá que analizar los textos con lupa, comentar qué les ha parecido y debatir un gran misterio: ¿Quién ha escrito cada historia y qué perfiles misteriosos se ocultan en el anonimato?


3-Desenelace Pedagógico: Cerraremos el experimento con un apéndice final, aquí en el blog. En ese post de clausura desvelaremos las identidades reales de los autores, destriparemos las metodologías utilizadas por cada uno y descubriremos qué relato ha gustado o ilustrado más a la audiencia.

Lejos de los estereotipos, la venta es arte y es ciencia. Queda inaugurada la OPERACIÓN GALLIVENTA. Preparen sus dotes de detective comercial, disfruten de los relatos y acepten el desafío.

¡A continuación publicamos la PRIMERA GALLIVENTA!

Y usted... ¿Cómo haría para venderle una gallina a un ejecutivo bunkerizado?

Nota del editor: Para facilitar el análisis y centralizar el debate entre toda la comunidad de profesionales, los comentarios de este blog están cerrados. Toda la discusión, las votaciones y los destripes técnicos de los relatos se llevarán a cabo exclusivamente en LinkedIn. Busca la etiqueta #OperaciónGalliventa en la red social y deja allí tu veredicto. ¿Quién crees que mueve los hilos detrás de cada historia? Publicación de Jose Luis Otero en Linkedin

                       GALLIVENTA 1: El dividendo de una gallina 

La pantalla de la sala se encendió de forma automatizada. Una voz neutra, perfectamente modulada y carente de fatiga, resonó en los altavoces.

—Analizando perfil sociodemográfico, historial de compras y huella digital del Director Ejecutivo. Tiempo estimado de ejecución: 0.4 segundos.

—Señor Director: Estadísticamente, la probabilidad de que usted adquiera este espécimen vivo de Gallus gallus domesticus por canales tradicionales es del 1.2%. Por lo tanto, no se iniciará un proceso de venta directa. Se ha procedido a la automatización del valor residual del activo.

La pantalla mostró una serie de gráficos e indicadores financieros en tiempo real.

           —Mientras los humanos hablaban, nuestro algoritmo ha listado los derechos de imagen de la gallina como NFT de gobernanza ambiental para su corporación, ha pre-vendido la producción de huevos orgánicos de los próximos tres años a la cafetería ejecutiva de su edificio mediante un contrato inteligente, y ha gestionado una deducción fiscal del 15% para su empresa por apoyo a la biodiversidad local. El coste del animal ya ha sido amortizado y ha generado un beneficio neto de 420 euros en los últimos 120 segundos. Usted ya no necesita comprar la gallina. Legalmente, su empresa ya es propietaria de sus beneficios. Por favor, confirme la recepción del dividendo digital en su dispositivo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Cipolla en estúpido sainete

 

A un señor muy beat más Connery que Pitt, por escaso de pelo— esto fue lo que pasó; no es camelo: teniéndola por barbería, en una librería entró; aquel letrero decía: Librería RIZO, «Purasangre al Rucio hizo».

Buenos días, si cabe dijo a la librera teniéndola por barbera. ¿Podría usted cortarme el pelo al uno? Se me cae en grado sumo, ¿sabe? No se azore con este cliente, peluquera, que será paciente si hay espera.

Y esperó un rato; pero al verse de tantos libros rodeado, de la burra cayó pronto:

—¡Hurra, tonto! ¡Heme equivocado! ¿Y si mi alopecia incipiente fuera o fuese cosa de la mente? Ande y dígame usted, joven sesuda: ¿en qué pasillo está la sección de autoayuda?

                —Aquí no hay tal sección —respondió la librera—, y si la hubiera, en ella no hallaría solución. No tenga por improperios lo que no son tales, pero el pasillo para sus males no está fuera, ¡rediós!, sino entre los hemisferios cerebrales que dividen su mollera en dos.

                En sus ojos rojos artimaña vento, señorita mía; oiga con tiento esta pendencia y della no se ría: ¿es suya tan bella y tamaña inteligencia o será usted una IA?

                La veldad sobre mí, caballero, le será dada, pero antes saber quiero, si la prefiere cruda o de humor aderezada. Y si ambas clases quiere, la que mola y la que hiere, ¿cuál primero?

                —Ambas, jovencita, y el orden elija ligero…

Pues con cante jondo respondo pronta: ninfa de grifo soy —no de fondo—, mi nombre es Fonta. Si ninfa fuese de botella, Fanta sería, la bella. No soy IA, sino náyade presa en cañería —ojos rojos del agua clorada son— que salir ansiaba al son de un sainete por bidé de guitarra y al fin salió por sucio retrete, un tanto guarra.

»La verdad vea ahora sin ánima: mi nombre es Fátima, aquí me ve; haciendo las prácticas de FP. Ojos rojos de tanto libro leer son.

»Caballero, no hay don: ni ninfa, ni musa, ni bruja, ni de Freixenet burbuja. Tosca cosa; masa sosa sin sabor soy: árbol sin fruta, rosa de enero, auto sin ruta… La verdad es puta, compañero.

—¡La fruta prefiero! —respondió el cliente—. Fonta del grifo salida: si he de conducir mi vida, dígame, ¿qué libro quiero?

¡Está usted en Librería RIZO, bípedo implume! ¡En el templo de la papelidad! Trepe a los estantes y escoja usted mismo una historia: policías blandiendo salchichón en vez de porra, banqueros sin VISA pasando la gorra, ejecutivos sin prisa, templo sin dioses, paredes de estuco, baraja sin doses, relojes de cuco —chas-chas-chas—. ¡Temple usted mismo su sino!

—Soy simple comino y usted alada diosa: mágica mariposa ¡Indíqueme el camino! ¡Prescríbame un libro!, luciérnaga luminosa.

Estas alabanzas ablandaron a la ninfa fontanera, que así habló y de esta manera:

Mire aquel, es puro alpiste —dijo Fonta cogiéndolo del anaquel al despiste—; Neuronas al Gimnasio, se llama; de un tal Gervasio Sintrama; o lo odia, o lo ama. Pinta mal: de mente y cuerpo trata el manual. ¿Desta trufa —chas-chas-chas— podría usted hacer sinopsis bufa?

—¿Un resumen hacer al tuntún, sin el volumen leer aún?: línea roja.

—Común cacumen el suyo se me antoja… ¿Su nombre?

—¿Me habla?

—Le hablo; su nombre pido.

—Pablo soy, Pablo Bellido.

—Soso sello el suyo es… Pues si Bellido sin vello no puede opinar, en nombre de librería Rizo, yo lo rebautizo como Rodolfo Silvar.

—¿Rodolfo?

—Silvar, un golfo.

—Y así, engolfado, ¿retórico ripio de ese librejo haré supone?

—Ahí le ha dado, viejo: me pone…

Mens sana in corpore sano. ¿Suena a rutina?

A guano huele y naftalina; a flema de higo. Oiga mi lema, amigo: Salud extrema garantiza esta lectura, a los ciento y más llegará si sus trescientas páginas apura.

—Pero al final moriría —chas-chas-chas—aunque quinientas tuviera.

—¡Touché!, quizá muriera…

—¿Para que tragarme entonces el tostón?

Para morir románticamente, de cáncer de bastón. Vamos este con otro: El desastre de Annual. ¡Póngale bemoles!

—A merced de los buitres, diez mil sodados españoles. ¿Qué tal? ¿Oportuno?

Annual, año veintiuno; verdad fría; escuche la mía: Los muertos eran tan abundantes, que los buitres sólo se comían a los comandantes.

Pablo Bellido —hombre de principios— ofensa de Fonta vio en los ripios; la muerte no es cosa tonta, sostuvo. Y cogiendo el libro más gordo que pudo, 1965 - Guía Telefónica de Madrid, a la ninfa puso este ardid:

—Genial deidad de las tuberías, sílfide imprudente: broma decente haga de esto, ¡Juegue, valiente! Salga del tiesto…

—Cierre los ojos y señale un abonado al azar en la guía —respondió Fonta—. Haga su apuesta.

—Carlo María… ¿le presta?

—Llame y encesta; lo tiene a huevo…

—Es un fijo, pasaron los años, no me atrevo.

—No sea pijo. ¡Redaños, que es un juego!

Y el golfo EGO de Rodolfo al LEGO jugó. Tres tonos sonaron, alguien descolgó:

—¿Diga? —respondió una voz con desapego.

—¿Con quién hablo? —preguntó Rodolfo luego.

—Carlo María Cipolla al aparato. ¿Con quién tengo el gusto?

Rodolfo colgó del susto:

—Esto ha sido indecente, qué mal rato…

—Fin del trato, inocente —repuso la ninfa—. Pazguato, no se lamente, que la guía solo es puente, frontera no más, un enlace covalente que nos lleva —chas-chas-chas— a este librito solvente: Allegro ma non troppo.

»Un vistazo eche, es cortito: condensada leche salida del coco de Carlo María Cipolla; nace la rima al poco en la olla cantada, pero decirle siento que cipolla en español, es cebolla de ensalada.

»Historia de la Economía era el rol de este italiano de Pavía. La primera parte del librito argumenta que el comercio de la pimienta enriquece a Europa; barcos de especias cargaban la popa…

—Aburrida esa sopa que a la guía emula —Rodolfo cortó.

Active su glándula gandula, pequeña alma errante y cariñosa, animula vagula blandula, no tenga prisa —chas-chas-chas— que la segunda parte de la risa es arte y no es cayo, sino de la estupidez humana ensayo, y de la gente necia el latido. Quizá sea estúpido usted —dijo Fonta— y nunca lo haya sabido.

—¿Juicio introspectivo podría hacer quien a otros apresura juzgar? Su pellejo jamás en el espejo verá ese quien. Pues bien: la humana mollera —¡oj!— es más dura que madera de boj.

Mire entonces su reloj —Fonta repuso—:

»De 9 a 12 estaría el INCAUTO: tiene por oficio el sacrificio. Cede el auto y vuelve a pie. Pasa frío por prestar su abrigo. ¡Buen amigo! No conoce el mal: regala su entrada de Bisbal. Resta de sí y el mundo suma pi.

»De 12 a 3 el INTELIGENTE: beneficia a los demás beneficiándose él. El win, win tiene por casa. Puente hace sobre el que la gente pasa; suma el mundo y suma él.

»De 3 a 6, el MALVADO mora: él suma y al mundo ignora. Por ganar, roba y pobres deja; es pirata: mata, despelleja. Su lema: ¡Por mi Rolex, que yo gano y tú te jodes!

»De 6 a 9, el ESTÚPIDO:  rompe el puente y cae con él. Pega coz y el pie fractura. Más peligro trae que el malo —chas -chas-chas—, uno no sabe cuando de él viene el palo. Un horror: pierde el mundo, resta él, —Syntax Error—; ¿¡por qué!?

—¡Son de peso esos cuadrantes! —observó Silvar—. ¡Lástima no conocerlos antes! Hacia las seis, abajo: dientes del lobo y del burro coces. Hacia las doce, regalo del bobo y del inteligente, maña. ¿Arriba está España?

—¡A facha suena! —respondió la ninfa— Si suelta esa melena, será escabechado frito: recuerde de don Machado, el «Españolito». Males hay en esta viña, con bienes mezclados: bobos, listos, tontos, malos, saña, tiña, fiesta, riña, siesta y corazones helados.

—Perdón —Dijo Rodolfo

—Si perdón pide, de las diez y media tiene don. Del malo conoce el mal, cuatro y media es su antagonista diagonal, pero al estúpido despista y este se mueve por debajo de las nueve.

—Si tarde el buey conocerá el filo y su hora, ¿qué ley podría darle asilo ahora? —Rodolfo preguntó.

—No hay una ley sola: Cipolla de la estupidez humana escribió cinco —contestó Fonta—. Se las resumo de un brinco y sin hinco entre nalgas. Para ello necesito invocar a un coro de cinco musas de las aguas, mojadas, graciosas y envueltas en algas —y rozando con el envés de sus mórficos dedos, del cogote de Rodolfo los pelos tocó, y este, ¡ah!, a los cielos subió...

Fonta, voz solemne —Rodolfo inerme— gráciles alas movió y con dos sonoras palmadas, a las musas llamó:

FONTA:

¡Musas al salón!

Cinco quiero

a formar mi coro

Pues la estupidez humana

hoy analizo y deploro

 

MUSAS:

¡Henos aquí Fonta!

En el foro invicto

dispuestas a coro cantar

Las cinco leyes

de Cipolla su edicto

 

FONTA: En número, el estúpido es legión

CORO: ¡Enjambre de moscas, LA UNO!

 

FONTA: Es rasgo ajeno a toda condición

CORO: ¡Cosa de virus, LA DOS!

 

FONTA: Apuñala al común y el propio vientre raja

CORO: ¡Con puñal y al bies, LA TRES!

 

FONTA: Del estúpido, el sensato es ciego al teatro

CORO: ¡Alerta inservible, LA CUATRO!

 

FONTA: Es peor que el malvado en su acción

CORO: LA CINCO; ¡el malo descansa, él no!

 

Rodolfo Silvar, hipnotizado se levanta y rompe a hablar:

—No quiero al sabio Cipolla enmendar la plana, pero de mi magín emana una ley sexta.

FONTA Y CORO: ¡Venga al fin la más funesta!

RODOLFO: El estúpido no sabe que lo es.

FONTA Y CORO: ¡En el espejo el tonto al tonto no ve! LA SEXTA

            —¿No hay más? —Preguntó Rodolfo a Fonta.

—¡Chas-chas-chas! —Fonta entregó el librito a Rodolfo.

—Útil manual ¿cuánto vale?

—Eso da igual, se lo presto, ¡ale!

—¿Y si no vuelvo más? —Chas-chas-chas.

—Si con celo el Cebolla no me devuelve, esto me huelo: ¡de la olla le caerá todo pelo! Ande, si es que algo valgo, no sea canelo, pregúnteme a qué hora salgo.

¿A qué hora sale…?

—¿Ronca usted, caballero? —Chas-chas-chas.

—¿A qué hora sale? ¿No ha oido?

—Ya le vale, ¡salido!

—Disculpe, no había terminado… ¿A qué hora sale el sol en el mar?

—Tiene un tiro en la nuca, hágaselo mirar —¡Chas-chas-chas! (CALLA LA TIJERA).

miércoles, 6 de mayo de 2026

La Ventana de JOHARI

 

Sato Johari lo entendió todo mirando la ventana, no mirando a través de ella, sino mirando la ventana en sí misma, mirándola con la mirada del carpintero que la parió…

Aquella ventana era sencilla, formaba un cuadrado de cuatro cristalitos, dos arriba y dos abajo…

Cristal 1, ICHI (), arriba a la izquierda: ahí está —dio en pensar Sato Johari—, ahí está lo que yo sé de mí misma y los demás también saben de mí, lo que no me avergüenza, lo que yo doy a conocer de mí a los cuatro vientos, ahí está mi área pública.

Cristal 3: SAN (), arriba a la derecha:  ahí estaría lo yo no sé de mí misma y los demás sí saben, lo que sin querer doy a entender, el cómo me ven sin yo quererlo, aquello que los demás, por tener la fiesta en paz, no se atreven a decirme, esta sería mi área ciega.

Cristal 2, NI (), abajo a la izquierda: he ahí lo que yo sé de mí misma y los demás desconocen, aquello que conscientemente oculto, lo que estúpidamente me azora, lo que avergüenza, mi área oculta.

Cristal 4: YON (), abajo a la derecha: éste último cristalito —reflexionó Sato Johari—contiene aquello yo no conozco de mí y los demás tampoco conocen; mi área desconocida, instintos, pasiones y otros gatos confinados, sabe dios por qué, en la caja de mi cerebro…

¡Eureka! —concluyó la Johari—: los cuatro cristales están divididos por una cruz, de modo y manera que si el cristal 1 se agranda, los demás cristales, empujados hacia abajo y a la derecha por la cruceta, no pueden más que empequeñecer. Para ello tengo que decirlo todo sin ocultar nada y pedir a los demás que opinen sobre mí, que me lo digan todo pues eso no les costará mi amistad. Hoy mismo subsituiré el mantra: On Abira Un Ken de mis rezos, por otro más vibrante aún: A mamar, todo el mundo a mamar, a mamarr, a mamarrr. Si a nadie importa lo que yo diga, si a nadie importa lo que yo haga; haré y diré, cariñosamente, lo que me dé la gana.

Sato Johari entendió todo esto mirando la ventana, sin mirar a través de ella, porque mirando un compás se puede entender la distancia, mirando una foto se puede entender el tiempo, mirando una cuchara se puede entender la vida, mirando un gatillo se puede entender la muerte…

 

NOTA: Si ustedes oyen decir que Sato Johari no existe, que es una invención, por favor, no hagan caso. Si algún tonto les dice que La Ventana de JOHARI es una herramienta cognitiva creada en los años cincuenta por dos psicólogos norteamericanos: Joseph Luft y Harry Ingham, y que JOHARI no es otra cosa que el acrónimo formado por las primeras letras de sus nombres, no le escuchen: no hay nada más lejos de la fantasía que tal razón. Tómense tiempo y miren a la manera nipona, concentrada, tranquilizante y narcótica con la que, para entender el mundo, mira Sato Johari su ventana, agranden su ICHI y arrinconen su YON:  limpien con cariño sus inodoros, como hace Hirayama en Perfect Days. ¡Ah!, y no escuchen nunca más a esa gente estúpida que disfruta reventando trucos de magia, esos matasueños que se pasan la vida desvelando evidencias, impugnando Reyes Magos… Pobre gente: ¡Cuánto daño hacen a los sueños quienes no saben soñar!