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martes, 25 de agosto de 2026

GALLIVENTA (4)


 Marcial y la gallina

Cuando Marcial Pouso enfermó de pensamiento ya llevaba seis días sin dormir, o eso creía él, ya que nadie puede estar mucho tiempo sin pagar tributos REM a Morfeo. Puede incluso que Marcial mienta, porque Marcial es un tipo muy influyente, un especialista en colorear realidades, un contrabandista de la verdad. Marcial es un artista: puede hacerle creer a cualquiera que una patata es un testículo sin su dinosaurio pegado, o que la Macarena es el mismo Joaquín Sabina. Daría un buen profesor este Marcial…

Cuando alguien enferma de pensamiento —tengan mucho cuidado—, las neuronas se enmadejan y luego son difíciles de desliar… ¿Cómo venderle una gallina a un ejecutivo que no quiere comprar nada? Durante seis días Marcial Pouso fue tejiendo en su cabeza una urdimbre de razones filosóficas, de necesidades gallináceas por satisfacer o creadas, de pulidas técnicas de venta, de experimentos de psicología social, de neuromarketing aplicado y de fragmentos de literatura universal. Incluso llegó a consultar varias veces a la Gran Puta. En estas intriquinencias andaba, pero no hallaba solución al reto.

 Para escapar a la tortura de sus propios flujos neuronales enmadejados, es muy posible que el cerebro de Marcial descansase sin saberlo. A modo de mecanismo de defensa, tenía vívidos microsueños que no duraban más de quince segundos; en uno de ellos tuvo una aparición mariana que le dijo muy bajito al oído: «Déjalo, Marcial; nadie quiere una gallina y menos un estresado ejecutivo. Tira ya la toalla, Marcial: todos los intentos comerciales para vender la gallina a un CEO, por muy pícaros que sean, causarán reactancia inmediata». En otro pseudosueño descubrió un nuevo color que no estaba en el Pantone, un extraño pigmento al que llamó guano. Pero nunca fue consciente de que había enfermado, ni siquiera cuando pensó en enviar la gallina al gerente por e-mail

Entonces decidió gastar su último cartucho: recurriría al cine negro. Desde que vio Casablanca, Marcial tenía una inusitada facilidad para proyectar en la oblonga bóveda de su cerebro buñuelescas escenas en blanco y negro. Cuando entraba en esta especie de trances lumínicos, Marcial era una puñetera cámara con marcada querencia por el plano secuencia y los planos detalle. Aquel corto empezaba así: tres, dos, uno… ¡ACCIÓN!

—Ese cabrón se preocupó por el packaging: tras pagar por mí treinta euros, me metió en una bonita jaula con viruta de pino, agua fresquita y maíz. El muy hijo de puta había parado en la gasolinera al conductor del camión cargado de gallinas: «Le doy treinta euros por una gallina». Me compró y yo, conocedora del futuro que esperaba a mis compañeras, no dije ni pío. «Te llamas Greta y eres de Mos», me dijo. Cuidadosamente tapó mi jaula con tela de arpillera —tela de saco, vamos— de modo que yo permanecía oculta, pero podía verlo todo a través del apestoso tamiz de yute. Marcial entró en una empresa siderometalúrgica: lo tenía todo planeado…

—Buenos días, soy Marcial Pouso, de MP Equipment. ¿Adelina Silvosa?

—¿Qué desea? —dijo el pavo de recepción. Quiero dejar constancia de que ese imbécil literariamente era un pavo. A una gallina común nunca se le escapan esos detalles.

—Personal —respondió Marcial.

—¿Y tiene usted cita con la Srta. Adelina Silvosa, sr. Pouso? —glugluteó el pavo.

—¡NO, NO, NO! —respondió mi porteador.

»¡Qué huevos tiene este Marcial! Es posible que al invadir por primera vez una empresa a puerta fría, cuando era un pollito no más, le preguntasen lo mismo: «¿Tiene usted cita?». Seguro que aquella primera vez respondió: «SÍ», que sí la tenía, vamos. Imagino sus mejillas ardientes de rojo al ver como aquella secretaria miraba la agenda diciendo «Hum, me dijo usted que se llamaba…».

»¡Ah! Qué didáctica es la vergüenza… Deduzco que ya en la siguiente fría incursión respondió a la misma pregunta con un rotundo «NO». Y ahora especulo: ese crudo monosílabo acabó adaptativamente mutando en la efectiva, diplomática y actual trinidad «NO, NO, NO», para abrir puertas frías. Sostengo ahora que, del mismo modo, el arcaico arcabuz: «TÁ», acabó siendo ametralladora: «TÁ, TÁ, TÁ», para enfriar carnes calientes.

»Aseguro pues que el «NO, NO, NO» de Marcial es buen truco para rebatir la objeción de citas que no son tal y para que los filtros de entrada comuniquen por interfono con el gerente avisando de la presencia de un tipo que se llama Marcial, al que no puede ver desde arriba porque está camuflado en el ficus benjamina de la entrada y así no hay más cojones que ordenar a recepción: «Dile que suba a mi despacho». Un truco que, calmando al emisor, sugestiona al receptor si se hace con la diplomacia con que lo hace Marcial. Cuentan que mi abuelita logró paralizar a una acechante zorra pasando a su vera, mirándole a la jeta con un solo ojo (como miramos las gallinas) al son del mórfico «CO, CO, CO», similar, por isomórfica intención, al «NO, NO, NO» de Marcial. Hasta aquí mi tesis; sigo con el relato.

—Cuando entramos en el despacho, pude ver a la gerente sentada en su escritorio. Su mirada, entre aburrida y tensa, enmascaraba un bello rostro… Buenos días —dijo Marcial dándole la mano—, Marcial Pouso de MP Equipment, para servirle. En ese momento puse un huevo.

—Buenos días, usted dirá —repuso Adelina Silvosa, soltando con asco la mano de Marcial» —¡Oiga! ¿qué lleva ahí? ¿Escucho cacarear? ¿No me traerá usted una gallina?

—¡Ha acertado, señorita Silvosa! Es Greta, estirpe pura de Mos. Parece que nos acaba de poner un huevo.

—El huevo se lo habrá puesto sólo a usted, a mí no me puso nada ¡Salga de mi despacho inmediatamente y llévese a ese asqueroso bicho, o llamo a seguridad!

Marcial Pouso, agachando la cabeza para dar pena, obedeció al instante, pero antes descubrió mi jaula llevándose la funda. Me dejó en pelotas. En franca retirada y con cara de tonto andando para atrás, suplicó antes de cruzar la puerta:

—Mire qué linda es Greta. Hable con ella, cuídela. Es muy sensible. La he rescatado de un camión; la llevaban al matadero. Es usted la abanderada de una nueva mascota empresarial. Hay una nota en la jaula. Léala, en ella está anotado mi teléfono. Si decide devolvérmela no tiene más que llamarme.

Aquella nota decía: «Greta, gallina de Mos. Un obsequio para usted de MP Equipment. La gallina es un regalo para todos ustedes, para esta gran empresa. Nosotros les proporcionaremos todos los accesorios para que su nuevo animal corporativo lleve una buena vida en el jardín oeste de la nave, a un módico precio y en menos de veinticuatro horas. Si tiene dudas, indague entre el personal. Deje que su gente decida, es lo que aconsejan todos los libros de recursos humanos… Entretanto, cámbiele el agua: siempre ha de estar fresquita. Sin compromiso, señorita Adelina, yo espero en el hall».

Tras media hora, el pavo de recepción dijo:

—Suba usted, señor Pouso, doña Adelina quiere hablar con usted. Nos quedamos la gallina.

Rótulo de cierre: THE END.

—Una ful de plan, una cagada, una castaña, una chusta, una puta mierda de película —deliró abatido Marcial. Definitivamente había enfermado de pensamiento.

Dicen que en momentos de confusión mental absoluta, la mente humana, drogada por sus propios neurotransmisores, puede tener momentos de total lucidez; momentos divinos, peligrosos momentos Kairós… Esto mismo es lo que sucedió a Marcial:

—«Malos tiempos para lírica», antes sí que se vendía —pensó Marcial­—. Eran ventas lentas, orgánicas. Se vendía a futuro, a tres generaciones vista. Antes había palabra, confianza. Dios mío, todo eso se perdió, ¿Cuándo se acabó? ¿Por qué?

Esta tribulación terminal dejó a Marcial tan triste y resignado que le indujo una calma que no sentía desde que aprobó la selectividad copiando. Bajaron sus pulsaciones, respiró hondo: «Por qué preocuparse de lo que no tiene solución». Solo entonces es que pudo ver el coño del asunto:

—No hay confianza porque hay prisa —pensó Marcial—: Puta prisa, prisa nauseabunda, espídica prisa, prisa asesina, psicótica prisa, prisa impotente, insensible prisa, prisa neurótica, narcótica prisa, prisa villana, mundana prisa. La misma prisa express que me ha llevado toda la puta vida a acelerar asuntos, a no comerme nada por la urgencia de echar un polvo. Todo necesita su tiempo, un tiempo que no se tiene. Pero sí se tiene ¡coño! ¡Puñetera venta por objetivos! Sólo hay que esperar: las patatas no salen de un día para otro…

Y así fue como la calma, olvidada, ancestral, casi extinta, se convirtió para Marcial en táctica novedosa, revolucionaria: las ventas necesitan tiempo y solo el tiempo genera confianza. El nuevo Marcial, ya desmadejado, no mataría a porta gaiola. Torearía despacito, lento, bonito, con arte. Aplicaría todas las suertes comunicativas que conocía, y las que desconocía también. Tenía que infiltrarse.

 Nueve meses después, comiendo una tortilla en Cacheiras con Adelina Silvosa —sutil escenario—, Marcial sentenció:

—Puta prisa, amiga Adelina, come con calma, que esta tortilla está hecha con huevos de antes, huevos clandestinos. Huevos en extinción.

—¿Sabes, Marcial? —dijo Adelina Silvosa saboreando el huevo hilado—, tú sabes que entre nosotros no hay nada, ¿verdad?

—Entre nosotros, Silvosa, no hay nada más que tornillos de 4,2 x 7 mm, chapa galvanizada de 0,8 y amoladoras marca ACME. Quizá también algo de amistad. Tranquila, Adelina, lo supe desde el primer día: eres mucha mujer para mí. No te descojones, que es verdad. Anda, disfruta de la tortilla. ¡Mmmm!, benditas gallinas, ¿te has dado cuenta de cómo saben estos huevos?

—¡Hasta los huevos estoy yo! Putas prisas, puto trabajo, Marcial… Yo lo que necesito es ponerme a cuidar gallinas.

—¡No me jodas, Adelina! —A Marcial se le llenaron los ojos de lágrimas…

­                —¿Qué te pasa, Pouso? Tú eres un tipo genial, un amigo, mi amigo Marcial… ¿He dicho algo que te ha molestado, verdad? No dejemos que el roce afecte a nuestra amistad… —suspiró Adelina acariciando la mano de Marcial.

—¡NO, NO, NO!  Lo que pasa es que yo estaba pensando eso lo mismo desde hace meses: tú necesitas una gallina.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Si te lo hubiera dicho, Adelina, me habrías mandado al carajo. Tenía que ocurrírsete a ti.

—¿Sabes, Marcial? A veces pienso que eres más listo de lo que pareces. A veces pienso que pienso lo que tú quieres que piense, aunque no me importa… Dime que esto no es verdad, Marcial.

—Claro que no, Silvosa, todo lo que piensas es tuyo, tus decisiones son libres… Cuando elegimos entre dos marcas de champú somos libres, cuando votamos también. Estoy seguro de que la libertad reside en nosotros, no sé si aquí en el corazón o aquí en el cerebro.

—¿Y tú dónde la tienes Marcial, en el coche?

—¿La libertad?

—No, la gallina, ¡parruliño! Anda, vamos, estoy deseando verla.

Marcial Pouso —comercial proactivo— pagó la cuenta. Y al abrir el maletero de su Audi, señaló a la gallina:

—¡Mírala, qué GARBO tiene!

—¡Sí, es de cine, le llamaré GRETA!