Cuando Marcial Pouso enfermó de
pensamiento ya llevaba seis días sin dormir, o eso creía él, ya que nadie puede
estar mucho tiempo sin pagar tributos REM a Morfeo. Puede incluso que Marcial mienta,
porque Marcial es un tipo muy influyente, un especialista en colorear realidades,
un contrabandista de la verdad. Marcial es un artista: puede hacerle creer a
cualquiera que una patata es un testículo sin su dinosaurio pegado, o que la
Macarena es el mismo Joaquín Sabina. Daría un buen profesor este Marcial…
Cuando alguien enferma de
pensamiento —tengan mucho cuidado—, las neuronas se enmadejan y luego son
difíciles de desliar… ¿Cómo venderle una gallina a un ejecutivo que no quiere
comprar nada? Durante seis días Marcial Pouso fue tejiendo en su cabeza una
urdimbre de razones filosóficas, de necesidades gallináceas por satisfacer o
creadas, de pulidas técnicas de venta, de experimentos de psicología social, de
neuromarketing aplicado y de fragmentos de literatura universal. Incluso
llegó a consultar varias veces a la Gran Puta. En estas intriquinencias
andaba, pero no hallaba solución al reto.
Para escapar a la tortura de sus propios
flujos neuronales enmadejados, es muy posible que el cerebro de Marcial
descansase sin saberlo. A modo de mecanismo de defensa, tenía vívidos
microsueños que no duraban más de quince segundos; en uno de ellos tuvo una
aparición mariana que le dijo muy bajito al oído: «Déjalo, Marcial; nadie quiere
una gallina y menos un estresado ejecutivo. Tira ya la toalla, Marcial: todos
los intentos comerciales para vender la gallina a un CEO, por muy
pícaros que sean, causarán reactancia inmediata». En otro pseudosueño descubrió
un nuevo color que no estaba en el Pantone, un extraño pigmento al que
llamó guano. Pero nunca fue consciente de que había enfermado, ni siquiera cuando
pensó en enviar la gallina al gerente por e-mail…
Entonces decidió gastar su
último cartucho: recurriría al cine negro. Desde que vio Casablanca, Marcial
tenía una inusitada facilidad para proyectar en la oblonga bóveda de su cerebro
buñuelescas escenas en blanco y negro. Cuando entraba en esta especie de trances
lumínicos, Marcial era una puñetera cámara con marcada querencia por el plano
secuencia y los planos detalle. Aquel corto empezaba así: tres, dos, uno…
¡ACCIÓN!
—Ese cabrón se preocupó por el packaging:
tras pagar por mí treinta euros, me metió en una bonita jaula con viruta de
pino, agua fresquita y maíz. El muy hijo de puta había parado en la gasolinera al
conductor del camión cargado de gallinas: «Le doy treinta euros por una
gallina». Me compró y yo, conocedora del futuro que esperaba a mis compañeras, no
dije ni pío. «Te llamas Greta y eres de Mos», me dijo. Cuidadosamente tapó mi
jaula con tela de arpillera —tela de saco, vamos— de modo que yo permanecía
oculta, pero podía verlo todo a través del apestoso tamiz de yute. Marcial entró
en una empresa siderometalúrgica: lo tenía todo planeado…
—Buenos días, soy Marcial Pouso, de MP
Equipment. ¿Adelina Silvosa?
—¿Qué desea? —dijo el pavo de
recepción. Quiero dejar constancia de que ese imbécil literariamente era un
pavo. A una gallina común nunca se le escapan esos detalles.
—Personal —respondió Marcial.
—¿Y tiene usted cita con la Srta. Adelina
Silvosa, sr. Pouso? —glugluteó el pavo.
—¡NO, NO, NO! —respondió mi porteador.
»¡Qué huevos tiene este Marcial!
Es posible que al invadir por primera vez una empresa a puerta fría, cuando era
un pollito no más, le preguntasen lo mismo: «¿Tiene usted cita?». Seguro que
aquella primera vez respondió: «SÍ», que sí la tenía, vamos. Imagino sus
mejillas ardientes de rojo al ver como aquella secretaria miraba la agenda
diciendo «Hum, me dijo usted que se llamaba…».
»¡Ah! Qué didáctica es la
vergüenza… Deduzco que ya en la siguiente fría incursión respondió a la misma
pregunta con un rotundo «NO». Y ahora especulo: ese crudo monosílabo acabó adaptativamente
mutando en la efectiva, diplomática y actual trinidad «NO, NO, NO»,
para abrir puertas frías. Sostengo ahora que, del mismo modo, el arcaico
arcabuz: «TÁ», acabó siendo ametralladora: «TÁ, TÁ, TÁ», para enfriar carnes
calientes.
»Aseguro pues que el «NO, NO,
NO» de Marcial es buen truco para rebatir la objeción de citas que no son tal y
para que los filtros de entrada comuniquen por interfono con el gerente
avisando de la presencia de un tipo que se llama Marcial, al que no puede ver
desde arriba porque está camuflado en el ficus benjamina de la entrada y así no
hay más cojones que ordenar a recepción: «Dile que suba a mi despacho». Un
truco que, calmando al emisor, sugestiona al receptor si se hace con la
diplomacia con que lo hace Marcial. Cuentan que mi abuelita logró paralizar a
una acechante zorra pasando a su vera, mirándole a la jeta con un solo ojo
(como miramos las gallinas) al son del mórfico «CO, CO, CO», similar, por
isomórfica intención, al «NO, NO, NO» de Marcial. Hasta aquí mi tesis; sigo con
el relato.
—Cuando entramos en el despacho,
pude ver a la gerente sentada en su escritorio. Su mirada, entre aburrida y
tensa, enmascaraba un bello rostro… Buenos días —dijo Marcial dándole la mano—,
Marcial Pouso de MP Equipment, para servirle. En ese momento puse un huevo.
—Buenos días, usted dirá —repuso
Adelina Silvosa, soltando con asco la mano de Marcial» —¡Oiga! ¿qué lleva ahí? ¿Escucho
cacarear? ¿No me traerá usted una gallina?
—¡Ha acertado, señorita Silvosa!
Es Greta, estirpe pura de Mos. Parece que nos acaba de poner un huevo.
—El huevo se lo habrá puesto sólo
a usted, a mí no me puso nada ¡Salga de mi despacho inmediatamente y llévese a
ese asqueroso bicho, o llamo a seguridad!
Marcial Pouso, agachando la
cabeza para dar pena, obedeció al instante, pero antes descubrió mi jaula
llevándose la funda. Me dejó en pelotas. En franca retirada y con cara de tonto
andando para atrás, suplicó antes de cruzar la puerta:
—Mire qué linda es Greta. Hable con
ella, cuídela. Es muy sensible. La he rescatado de un camión; la llevaban al
matadero. Es usted la abanderada de una nueva mascota empresarial. Hay una nota
en la jaula. Léala, en ella está anotado mi teléfono. Si decide devolvérmela no
tiene más que llamarme.
Aquella nota decía: «Greta,
gallina de Mos. Un obsequio para usted de MP Equipment. La gallina es un regalo
para todos ustedes, para esta gran empresa. Nosotros les proporcionaremos todos
los accesorios para que su nuevo animal corporativo lleve una buena vida en el
jardín oeste de la nave, a un módico precio y en menos de veinticuatro horas. Si
tiene dudas, indague entre el personal. Deje que su gente decida, es lo que aconsejan
todos los libros de recursos humanos… Entretanto, cámbiele el agua: siempre ha
de estar fresquita. Sin compromiso, señorita Adelina, yo espero en el hall».
Tras media hora, el pavo de
recepción dijo:
—Suba usted, señor Pouso, doña Adelina
quiere hablar con usted. Nos quedamos la gallina.
Rótulo de cierre: THE END.
—Una ful de plan, una cagada,
una castaña, una chusta, una puta mierda de película —deliró
abatido Marcial. Definitivamente había enfermado de pensamiento.
Dicen que en momentos de
confusión mental absoluta, la mente humana, drogada por sus propios
neurotransmisores, puede tener momentos de total lucidez; momentos divinos,
peligrosos momentos Kairós… Esto mismo es lo que sucedió a Marcial:
—«Malos tiempos para lírica»,
antes sí que se vendía —pensó Marcial—. Eran ventas lentas, orgánicas. Se
vendía a futuro, a tres generaciones vista. Antes había palabra, confianza.
Dios mío, todo eso se perdió, ¿Cuándo se acabó? ¿Por qué?
Esta tribulación terminal dejó a
Marcial tan triste y resignado que le indujo una calma que no sentía desde que
aprobó la selectividad copiando. Bajaron sus pulsaciones, respiró hondo: «Por
qué preocuparse de lo que no tiene solución». Solo entonces es que pudo ver el
coño del asunto:
—No hay confianza porque hay
prisa —pensó Marcial—: Puta prisa, prisa nauseabunda, espídica prisa, prisa
asesina, psicótica prisa, prisa impotente, insensible prisa, prisa neurótica, narcótica
prisa, prisa villana, mundana prisa. La misma prisa express que me ha
llevado toda la puta vida a acelerar asuntos, a no comerme nada por la urgencia
de echar un polvo. Todo necesita su tiempo, un tiempo que no se tiene. Pero sí
se tiene ¡coño! ¡Puñetera venta por objetivos! Sólo hay que esperar: las
patatas no salen de un día para otro…
Y así fue como la calma,
olvidada, ancestral, casi extinta, se convirtió para Marcial en táctica
novedosa, revolucionaria: las ventas necesitan tiempo y solo el tiempo genera
confianza. El nuevo Marcial, ya desmadejado, no mataría a porta gaiola. Torearía
despacito, lento, bonito, con arte. Aplicaría todas las suertes comunicativas
que conocía, y las que desconocía también. Tenía que infiltrarse.
Nueve meses después, comiendo una tortilla en
Cacheiras con Adelina Silvosa —sutil escenario—, Marcial sentenció:
—Puta prisa, amiga Adelina, come
con calma, que esta tortilla está hecha con huevos de antes, huevos clandestinos.
Huevos en extinción.
—¿Sabes, Marcial? —dijo Adelina Silvosa
saboreando el huevo hilado—, tú sabes que entre nosotros no hay nada, ¿verdad?
—Entre nosotros, Silvosa, no hay
nada más que tornillos de 4,2 x 7 mm, chapa galvanizada de 0,8 y amoladoras
marca ACME. Quizá también algo de amistad. Tranquila, Adelina, lo supe desde el
primer día: eres mucha mujer para mí. No te descojones, que es verdad. Anda,
disfruta de la tortilla. ¡Mmmm!, benditas gallinas, ¿te has dado cuenta de cómo
saben estos huevos?
—¡Hasta los huevos estoy yo!
Putas prisas, puto trabajo, Marcial… Yo lo que necesito es ponerme a cuidar gallinas.
—¡No me jodas, Adelina! —A Marcial se le
llenaron los ojos de lágrimas…
—¿Qué
te pasa, Pouso? Tú eres un tipo genial, un amigo, mi amigo Marcial… ¿He dicho
algo que te ha molestado, verdad? No dejemos que el roce afecte a nuestra
amistad… —suspiró Adelina acariciando la mano de Marcial.
—¡NO, NO, NO! Lo que pasa es que yo estaba pensando eso lo mismo
desde hace meses: tú necesitas una gallina.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Si te lo hubiera dicho,
Adelina, me habrías mandado al carajo. Tenía que ocurrírsete a ti.
—¿Sabes, Marcial? A veces pienso
que eres más listo de lo que pareces. A veces pienso que pienso lo que tú
quieres que piense, aunque no me importa… Dime que esto no es verdad, Marcial.
—Claro que no, Silvosa, todo lo
que piensas es tuyo, tus decisiones son libres… Cuando elegimos entre dos
marcas de champú somos libres, cuando votamos también. Estoy seguro de que la
libertad reside en nosotros, no sé si aquí en el corazón o aquí en el cerebro.
—¿Y tú dónde la tienes Marcial, en
el coche?
—¿La libertad?
—No, la gallina, ¡parruliño! Anda,
vamos, estoy deseando verla.
Marcial Pouso —comercial
proactivo— pagó la cuenta. Y al abrir el maletero de su Audi, señaló a la
gallina:
—¡Mírala, qué GARBO tiene!
—¡Sí, es de cine, le llamaré GRETA!

