(El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)
(ESCENA I) El plano general del
espacio escénico muestra lo que parece ser un viejo consultorio médico. Azulada
y tenue es la luz que penetra por el ventanuco enrejado abierto en la pared
izquierda; bajo este, una desvencijada camilla cubierta con la sábana que
preserva la intimidad del muerto. Apesta a tabaco. En el centro del escenario,
una mesa con dos sillas enfrentadas; por su particular disposición, este set
parece más destinado a interrogatorios que a la práctica médica: la pantalla de
luz, aún caliente, permanece apagada. Sobre la mesa, un cenicero Cinzano
abarrotado de colillas y un bolso de mujer.
En
el foro, una oxidada vitrina repleta de cajas de medicamentos, artilugios y borrosos
cachivaches —todo en desorden— entre los que destellan unos viejos y
descromados fórceps. El espacio se ilumina muy poco a poco: está amaneciendo.
Podemos suponer, si atravesamos la cuarta pared, que los artefactos oculares de
la única persona que hay en el patio de butacas se están acostumbrando sin
sobresalto a los lúmenes crecientes de la aurora y así es que ya no solo pueden
mirar, sino también ver y finalmente observar todas aquellas cosas que, aunque
antes existiesen veladas, siempre estuvieron presentes en la vitrina: una
miríada de oscuras porquerías de superstición entre las cuales se hallan dos
marciales soldados de cerámica de Manises, varios amuletos (hipopótamo, tortuga
y rinoceronte), un enrollado laberinto de bolas extraído en algún bar con el
gancho de una máquina tombolita de a euro, y la cabeza pelona de una muñeca tuerta
traída por el mar…
Gobernándolo
todo, el retrato del sexto Felipe. Es de reducido tamaño, esto se nota porque
está rodeado de un aura de sucia blancura libre de pátina que dejó otro cuadro mayor
removido hace años. ¿Para qué pintar si el tiempo sabe hacerlo? Si el huérfano
espectador se fija bien —cosa imposible sin la tecnología que para estos
menesteres tienen a su servicio los técnicos del Museo del Prado—, podrá
apreciar que sobre la sombra que dejó Juan Carlos, persiste el cerco de otro
cuadro aún mayor, una sombra más triste, más franca. Bajo el rey, un perchero
del que cuelga una amarilla bata blanca.
Al
fondo y a la derecha, como siempre: la puerta del retrete. Esto es lo que supone la butaca ocupada;
pronto comprobará que este acceso tiene por función franquear la entrada y el mutis
de los actores. La puerta está coronada por un mugroso cartel en letras de
molde: «SALA DE ESPERA».
Se
oye un carraspeo bajo la sábana, un gargarismo sin flema. El muerto rompe la
muerte y se quita el sudario. Es Leonisa, la doctora. ¿Por qué ha dormido hoy en la consulta? El
ermitaño del graderío despoblado no sabe si lo tiene por costumbre; no le
importa, no le incumbe, no quiere saberlo. Pero, aunque el detalle no altere ni
determine la estructura del guion, es golosina chéjoviana que Robinson Crusoe
degustará más tarde en su silla cuando compruebe que nada está ahí por
accidente y corrobore su teoría: la doctora, aunque muy joven, no es una
doctora común. El náufrago en la platea cierra los ojos para que la doctora se
desperece, componga sus ropas arrugadas por la noche, se calce la bata, esconda
el cenicero en la vitrina y castigue sus pies con bonitos zapatos. (Cae el
telón)
(El
telón se levanta. SALA DE ESPERA)
(ESCENA 2: Interludio) La sala de espera está
en penumbra, parece vacía; pero si el asistente solitario, queriendo enfocar, fuerza
a tope los músculos ciliares achinando los ojos, podrá descubrir un manojo de
paraguas en el cántaro del olvido y sentado en el rincón, camuflado, oculto, un
espectro: Indalecio. Sin verle la cara, intuye ahora y comprobará después que
es paciente habitual de la doctora y que, aunque apagado, mustio y tristón, es
buen tipo. No hay más tiempo para descripciones ya que todo está muy oscuro y
porque se escucha el dulce, pero firme «PASE» de la doctora Leonisa. (Cae el
telón)
(El
telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)
(ESCENA 3: Clímax / Indalecio
entra en consulta)
—Buenos días, Indalecio,
siéntese y cuénteme.
—Buenos días, doctora; verá: no
he pegado ojo en toda la noche. Aún me duele recordarlo…
—¿Qué le duele, Indalecio?
—No lo sé, doctora, esto es lo
curioso, solo sé que me duele…
—Disculpe, Indalecio —la doctora
Leonisa se levanta y empieza a palpar con meticulosa profesionalidad el cuello
del paciente—. ¿Se le forma aquí en la garganta algo parecido a un nudo
congestivo? ¿Le duele concretamente aquí?
—S-si… —responde asustado
Indalecio. La doctora ocupa de nuevo su silla. El cruel silencio y los ojos lastimantes
de la doctora, que a su pesar no puede contener, provocan el pánico del
paciente:
—¿Es grave, verdad, doctora
Leonisa?
—Mire, Indalecio: pude notar al
palpar su cuello que el agarre del dolor en esa zona concreta del gaznate
revela a todas luces que su mal es de etiología y origen bancario. Puede
respirar tranquilo. Lo suyo es muy habitual: se trata de una leve crisis
HIPOTECÁTICA. No tiene por qué preocuparse, le pasará pronto: en dos o, a lo sumo,
tres generaciones.
Indalecio no comprende los
silbos gomeros de la doctora, pero se siente confortado por la etiqueta
diagnóstica y su pronóstico. No obstante, su cara revela que hay algo más…
—¿Qué más, Indalecio?
—Estoy hundido. Me siento
culpable, muy culpable, culpabilísimo…
—¿De qué se siente tan culpable,
Indalecio? Dígamelo, no pasa nada, aquí puede usted hablar con entera libertad.
Yo le escucho.
—Bueno, doctora, verá: me siento
culpable del cambio climático, de la capa de ozono, del hambre en el Tercer Mundo,
de las guerras, de gastar mucha agua… Nos estamos cargando el planeta…
La doctora, antes de que
Indalecio siga ahondando en crudas realidades que le hundan más en su natural
tristeza y que también a ella le están jodiendo la cabeza, recorta con maestría
torera:
—Lo que usted tiene es algo muy
normal y común: un SCI (Síndrome de Culpitas Infundidas). Piense en lo que
acaba de decir, Indalecio: «Nos estamos cargando el planeta». Usted no se está
cargando nada; el mundo se lo están cargando las multinacionales. Antes, los
pecaditos que no se habían cometido, los pecaditos prestados, se llevaban al
confesionario. Y aunque Dios ya no está en las formas ni en los ritos, sigue
muy presente como valor cultural: ahora las culpitas ajenas se separan en
contenedores. Y hay alguna culpita, se lo garantizo, muy difícil de redimir;
por ejemplo, dígame Indalecio: ¿qué haría usted con un paraguas que se rompe a
la primera ventolera?
—Pues… llevarlo al punto limpio,
doctora.
—¡Aleluya, ahí tenemos el
moderno confesionario!
—Pero, doctora, la contaminación
no es algo, que yo sepa, muy religioso…
—Ande, Indalecio, la
contaminación es un pedo de multinacional puesto en su culo para subirle la
factura. Usted es buen tipo, no tiene culpa de nada. Usted regenta una
charcutería, ¿qué mal hace al mundo un autónomo que da de comer a la población?
—Pues, no sé, quizá lo del
colesterol…
—¡Claro! —la doctora se pone
sarcástica— Y consecuentemente de la contaminación de las aguas por las estatinas
para reducirlo, que se mean en el váter y luego van al mar. Lo dicho, un claro Síndrome
de Culpitas Infundidas: cuando no se encuentra una culpita, se busca otra.
Mire, Indalecio, le voy a recetar algo que no falla. Se lo escribo en este
papelito: hágase socio de la Cruz Roja, use bolsas de tela, dúchese con agua
fría y junte tapones de plástico. Todo esto no sirve para nada, pero aplacará
falsamente esas culpas que no son suyas. Con estas pequeñas acciones se sentirá
como nuevo, renacido.
—Doctora, el día que yo nací,
debería haber nacido un cerdito, por lo menos serviría para algo —Indalecio se
pone también sarcástico.
—¡Duro
me lo fía, Indalecio! Pues le voy a
recetar algo más alienante aún: Tómese un vasito de aguardiente a la mañana,
dos vermús antes de comer y un solisombra, bien cargado de sombra, a la noche. ¿Algo
más? Aprovécheme, que en marzo vuelve el médico titular.
—Pss,
no sé… Creo que el banco me roba, pero no sé si es cierto…
—Tome
esto —la doctora saca del cajón dos tiritas—, péguese una en cada ojo cuando
vengan a su cabeza esas ideas delirantes. Living is easy with eyes closed,
Indalecio.
—¿Eh?…
—Nada, Indalecio… Son cosas mías
—la doctora Leonisa hizo el quiebro a la inglesa para que Indalecio no tuviese
tiempo de asimilar la oftalmológica prescripción paradójica que acababa de
tragarse. Indalecio cogió las tiritas y las metió en el bolsillo de la camisa,
junto al tabaco.
—Gracias,
doctora.
Leonisa
sintió unas locas ganas de fumar, unas irresistibles ganas que arrastraba desde
antes de nacer su tatarabuela, Pilar Ternera:
—Indalecio,
deme un pitillo. Fumemos.
—¿En la consulta, doctora?
—Tranquilo, forma parte de la
terapia. Fumemos un pitillo sin ganas y sin culpa, que eso no es fumar —la
doctora Leonisa había notado que a Indalecio le quedaba un sapo dentro. El sapo
más gordo siempre se vomita al final. «Las betaendorfinas que activa el tabaco
en la sinapsis son buen emético», pensó, justificando así su propia conducta,
motivándola técnicamente.
(CORTE
DISRUPTIVO)
La única alma
que compró entrada se despega disimuladamente de su asiento. Dando la espalda
al destino de los personajes, camina despacio por el pasillo central hasta
atravesar el umbral de la sala. El haz de luz del hall, deslumbra a los
actores. Suenan muelle y CLIC de la puerta.
—¡Se ha
pirado! —exclama la doctora—. Ya te dije que esta performance era un
truño.
—Entonces no
se ha perdido nada, doctora —responde engolando la voz Indalecio—. Terminemos,
lo que nadie ve no puede ser juzgado.
—¡Vamos,
Indalecio! —suena falso—, veo en su cara que aún queda algo que no quiere
decirme…
—Doctora
Leonisa, pensará que estoy loco, pero creo que lo saben todo de mí, que me
espían, que me vigilan con cámaras, que…
—¡Eso
sí que no es nada, mi buen Indalecio! Responde al cuadro clínico de «paranoia fundada».
—¿Es grave verdad? Yo tengo un
primo que empezó así y…
—¡Quieto! La paranoia fundada se
cura fácilmente: diviértase, ríase mucho, descojónese; aunque le advierto que al
principio cuesta mucho porque se hace sin ganas, pero si entrena duro verá que
funciona.
—¿Y no me da pastillas?
—No, Indalecio, le harían mal
con el alcohol que le receté y además tendría que pagarlas.
—Doctora, a menudo me pregunto…
—¡No, no, no, no! Eso sí que no
—la doctora tenía prisa—. No se pregunte nada. Se lo prohíbo severamente. Ese
es precisamente su problema. Mire, Indalecio, usted lleva muchos años cortando
fiambre, pero aún es joven. Hay vida fuera de la charcutería. Debe usted
encontrar sus propios mecanismos de evasión; en tanto no los halle, yo le
sugiero que vaya al fútbol o lea El Principito, que vea los documentales
de La 2 o los telediarios de La 1. Pero no, por favor, no se haga preguntas:
podría encontrar respuestas. Ande, Indalecio, vaya con Dios y dígale al
siguiente que pase.
(Cae el telón) Aplaude Rita.
NOTA: Este artículo es una adaptación mejorada de otro publicado por el autor: Núñez, P. (11 de julio de 2014). Unidad de salud mental. Nueva Tribuna.

