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miércoles, 12 de agosto de 2026

Indalecio, a su pesar

 

            (El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)

(ESCENA I) El plano general del espacio escénico muestra lo que parece ser un viejo consultorio médico. Azulada y tenue es la luz que penetra por el ventanuco enrejado abierto en la pared izquierda; bajo este, una desvencijada camilla cubierta con la sábana que preserva la intimidad del muerto. Apesta a tabaco. En el centro del escenario, una mesa con dos sillas enfrentadas; por su particular disposición, este set parece más destinado a interrogatorios que a la práctica médica: la pantalla de luz, aún caliente, permanece apagada. Sobre la mesa, un cenicero Cinzano abarrotado de colillas y un bolso de mujer.

                En el foro, una oxidada vitrina repleta de cajas de medicamentos, artilugios y borrosos cachivaches —todo en desorden— entre los que destellan unos viejos y descromados fórceps. El espacio se ilumina muy poco a poco: está amaneciendo. Podemos suponer, si atravesamos la cuarta pared, que los artefactos oculares de la única persona que hay en el patio de butacas se están acostumbrando sin sobresalto a los lúmenes crecientes de la aurora y así es que ya no solo pueden mirar, sino también ver y finalmente observar todas aquellas cosas que, aunque antes existiesen veladas, siempre estuvieron presentes en la vitrina: una miríada de oscuras porquerías de superstición entre las cuales se hallan dos marciales soldados de cerámica de Manises, varios amuletos (hipopótamo, tortuga y rinoceronte), un enrollado laberinto de bolas extraído en algún bar con el gancho de una máquina tombolita de a euro, y la cabeza pelona de una muñeca tuerta traída por el mar…

                Gobernándolo todo, el retrato del sexto Felipe. Es de reducido tamaño, esto se nota porque está rodeado de un aura de sucia blancura libre de pátina que dejó otro cuadro mayor removido hace años. ¿Para qué pintar si el tiempo sabe hacerlo? Si el huérfano espectador se fija bien —cosa imposible sin la tecnología que para estos menesteres tienen a su servicio los técnicos del Museo del Prado—, podrá apreciar que sobre la sombra que dejó Juan Carlos, persiste el cerco de otro cuadro aún mayor, una sombra más triste, más franca. Bajo el rey, un perchero del que cuelga una amarilla bata blanca.

                Al fondo y a la derecha, como siempre: la puerta del retrete.  Esto es lo que supone la butaca ocupada; pronto comprobará que este acceso tiene por función franquear la entrada y el mutis de los actores. La puerta está coronada por un mugroso cartel en letras de molde: «SALA DE ESPERA».

                Se oye un carraspeo bajo la sábana, un gargarismo sin flema. El muerto rompe la muerte y se quita el sudario. Es Leonisa, la doctora.  ¿Por qué ha dormido hoy en la consulta? El ermitaño del graderío despoblado no sabe si lo tiene por costumbre; no le importa, no le incumbe, no quiere saberlo. Pero, aunque el detalle no altere ni determine la estructura del guion, es golosina chéjoviana que Robinson Crusoe degustará más tarde en su silla cuando compruebe que nada está ahí por accidente y corrobore su teoría: la doctora, aunque muy joven, no es una doctora común. El náufrago en la platea cierra los ojos para que la doctora se desperece, componga sus ropas arrugadas por la noche, se calce la bata, esconda el cenicero en la vitrina y castigue sus pies con bonitos zapatos. (Cae el telón)

                (El telón se levanta. SALA DE ESPERA)

(ESCENA 2: Interludio) La sala de espera está en penumbra, parece vacía; pero si el asistente solitario, queriendo enfocar, fuerza a tope los músculos ciliares achinando los ojos, podrá descubrir un manojo de paraguas en el cántaro del olvido y sentado en el rincón, camuflado, oculto, un espectro: Indalecio. Sin verle la cara, intuye ahora y comprobará después que es paciente habitual de la doctora y que, aunque apagado, mustio y tristón, es buen tipo. No hay más tiempo para descripciones ya que todo está muy oscuro y porque se escucha el dulce, pero firme «PASE» de la doctora Leonisa. (Cae el telón)

                (El telón se levanta. LOCALIZACIÓN BASE)

(ESCENA 3: Clímax / Indalecio entra en consulta)

—Buenos días, Indalecio, siéntese y cuénteme.

—Buenos días, doctora; verá: no he pegado ojo en toda la noche. Aún me duele recordarlo…

—¿Qué le duele, Indalecio?

—No lo sé, doctora, esto es lo curioso, solo sé que me duele…

—Disculpe, Indalecio —la doctora Leonisa se levanta y empieza a palpar con meticulosa profesionalidad el cuello del paciente—. ¿Se le forma aquí en la garganta algo parecido a un nudo congestivo? ¿Le duele concretamente aquí?

—S-si… —responde asustado Indalecio. La doctora ocupa de nuevo su silla. El cruel silencio y los ojos lastimantes de la doctora, que a su pesar no puede contener, provocan el pánico del paciente:

—¿Es grave, verdad, doctora Leonisa?

—Mire, Indalecio: pude notar al palpar su cuello que el agarre del dolor en esa zona concreta del gaznate revela a todas luces que su mal es de etiología y origen bancario. Puede respirar tranquilo. Lo suyo es muy habitual: se trata de una leve crisis HIPOTECÁTICA. No tiene por qué preocuparse, le pasará pronto: en dos o, a lo sumo, tres generaciones.

Indalecio no comprende los silbos gomeros de la doctora, pero se siente confortado por la etiqueta diagnóstica y su pronóstico. No obstante, su cara revela que hay algo más…

—¿Qué más, Indalecio?

—Estoy hundido. Me siento culpable, muy culpable, culpabilísimo…

—¿De qué se siente tan culpable, Indalecio? Dígamelo, no pasa nada, aquí puede usted hablar con entera libertad. Yo le escucho.

—Bueno, doctora, verá: me siento culpable del cambio climático, de la capa de ozono, del hambre en el Tercer Mundo, de las guerras, de gastar mucha agua… Nos estamos cargando el planeta…

La doctora, antes de que Indalecio siga ahondando en crudas realidades que le hundan más en su natural tristeza y que también a ella le están jodiendo la cabeza, recorta con maestría torera:

—Lo que usted tiene es algo muy normal y común: un SCI (Síndrome de Culpitas Infundidas). Piense en lo que acaba de decir, Indalecio: «Nos estamos cargando el planeta». Usted no se está cargando nada; el mundo se lo están cargando las multinacionales. Antes, los pecaditos que no se habían cometido, los pecaditos prestados, se llevaban al confesionario. Y aunque Dios ya no está en las formas ni en los ritos, sigue muy presente como valor cultural: ahora las culpitas ajenas se separan en contenedores. Y hay alguna culpita, se lo garantizo, muy difícil de redimir; por ejemplo, dígame Indalecio: ¿qué haría usted con un paraguas que se rompe a la primera ventolera?

—Pues… llevarlo al punto limpio, doctora.

—¡Aleluya, ahí tenemos el moderno confesionario!

—Pero, doctora, la contaminación no es algo, que yo sepa, muy religioso…

—Ande, Indalecio, la contaminación es un pedo de multinacional puesto en su culo para subirle la factura. Usted es buen tipo, no tiene culpa de nada. Usted regenta una charcutería, ¿qué mal hace al mundo un autónomo que da de comer a la población?

—Pues, no sé, quizá lo del colesterol…

—¡Claro! —la doctora se pone sarcástica— Y consecuentemente de la contaminación de las aguas por las estatinas para reducirlo, que se mean en el váter y luego van al mar. Lo dicho, un claro Síndrome de Culpitas Infundidas: cuando no se encuentra una culpita, se busca otra. Mire, Indalecio, le voy a recetar algo que no falla. Se lo escribo en este papelito: hágase socio de la Cruz Roja, use bolsas de tela, dúchese con agua fría y junte tapones de plástico. Todo esto no sirve para nada, pero aplacará falsamente esas culpas que no son suyas. Con estas pequeñas acciones se sentirá como nuevo, renacido.

—Doctora, el día que yo nací, debería haber nacido un cerdito, por lo menos serviría para algo —Indalecio se pone también sarcástico.

                —¡Duro me lo fía, Indalecio!  Pues le voy a recetar algo más alienante aún: Tómese un vasito de aguardiente a la mañana, dos vermús antes de comer y un solisombra, bien cargado de sombra, a la noche. ¿Algo más? Aprovécheme, que en marzo vuelve el médico titular.

                —Pss, no sé… Creo que el banco me roba, pero no sé si es cierto…

                —Tome esto —la doctora saca del cajón dos tiritas—, péguese una en cada ojo cuando vengan a su cabeza esas ideas delirantes. Living is easy with eyes closed, Indalecio.

—¿Eh?…

—Nada, Indalecio… Son cosas mías —la doctora Leonisa hizo el quiebro a la inglesa para que Indalecio no tuviese tiempo de asimilar la oftalmológica prescripción paradójica que acababa de tragarse. Indalecio cogió las tiritas y las metió en el bolsillo de la camisa, junto al tabaco.

                —Gracias, doctora.

                Leonisa sintió unas locas ganas de fumar, unas irresistibles ganas que arrastraba desde antes de nacer su tatarabuela, Pilar Ternera:

                —Indalecio, deme un pitillo. Fumemos.

—¿En la consulta, doctora?

—Tranquilo, forma parte de la terapia. Fumemos un pitillo sin ganas y sin culpa, que eso no es fumar —la doctora Leonisa había notado que a Indalecio le quedaba un sapo dentro. El sapo más gordo siempre se vomita al final. «Las betaendorfinas que activa el tabaco en la sinapsis son buen emético», pensó, justificando así su propia conducta, motivándola técnicamente.

(CORTE DISRUPTIVO)

La única alma que compró entrada se despega disimuladamente de su asiento. Dando la espalda al destino de los personajes, camina despacio por el pasillo central hasta atravesar el umbral de la sala. El haz de luz del hall, deslumbra a los actores. Suenan muelle y CLIC de la puerta.

—¡Se ha pirado! —exclama la doctora—. Ya te dije que esta performance era un truño.

—Entonces no se ha perdido nada, doctora —responde engolando la voz Indalecio—. Terminemos, lo que nadie ve no puede ser juzgado.

          —¡Vamos, Indalecio! —suena falso—, veo en su cara que aún queda algo que no quiere decirme…

                —Doctora Leonisa, pensará que estoy loco, pero creo que lo saben todo de mí, que me espían, que me vigilan con cámaras, que…

                —¡Eso sí que no es nada, mi buen Indalecio! Responde al cuadro clínico de «paranoia fundada».

—¿Es grave verdad? Yo tengo un primo que empezó así y…

—¡Quieto! La paranoia fundada se cura fácilmente: diviértase, ríase mucho, descojónese; aunque le advierto que al principio cuesta mucho porque se hace sin ganas, pero si entrena duro verá que funciona.

—¿Y no me da pastillas?

—No, Indalecio, le harían mal con el alcohol que le receté y además tendría que pagarlas.

—Doctora, a menudo me pregunto…

—¡No, no, no, no! Eso sí que no —la doctora tenía prisa—. No se pregunte nada. Se lo prohíbo severamente. Ese es precisamente su problema. Mire, Indalecio, usted lleva muchos años cortando fiambre, pero aún es joven. Hay vida fuera de la charcutería. Debe usted encontrar sus propios mecanismos de evasión; en tanto no los halle, yo le sugiero que vaya al fútbol o lea El Principito, que vea los documentales de La 2 o los telediarios de La 1. Pero no, por favor, no se haga preguntas: podría encontrar respuestas. Ande, Indalecio, vaya con Dios y dígale al siguiente que pase.

(Cae el telón) Aplaude Rita.

 

NOTA: Este artículo es una adaptación mejorada de otro publicado por el autor: Núñez, P. (11 de julio de 2014). Unidad de salud mental. Nueva Tribuna.