La venta de la gallina
Había sido
responsable comercial en una importante distribuidora de productos de
hostelería у alimentación durante muchos años.
Una pena que
la tercera generación de propietarios hubiera llevado a la empresa a una
quiebra anunciada. Lo que más me dolía era que, básicamente, el motivo del
cierre había sido la utilización de los beneficios que generaba la
distribuidora en otras aventuras empresariales de difícil futuro.
En esos
pensamientos estaba yo mientras aguardaba en la fría sala de espera a que el
director y propietario de Zulanita, SA me recibiera. Llevaba más de una hora
esperando y durante ese tiempo me dediqué a observar la estancia: repasé
visualmente la decoración y dirigí varias miradas furtivas a la secretaria del
director que, previamente y por teléfono, me había dado la cita por la cual
estaba ahí sentado. Era ya una mujer madura pero aún atractiva, saltaba a la
vista que se cuidaba. Estoy seguro de que la mujer se percató de mis miradas de
soslayo con esa capacidad innata que tienen las señoras para percatarse de que
las mira un señor y regocijarse internamente por sentirse aún admiradas,
corroborando así la teoría de que los hombres somos como somos.
El interfono
sonó y después de una breve conversación con monosílabos, me indicaron que
podía pasar. Toqué la puerta con mis nudillos, abrí, y asomando la cabeza, pedí
permiso para adentrarme en aquel despacho forrado de madera, grande y lujoso
que olía suavemente a ambientador de los caros y en donde había al fondo,
detrás de un escritorio un señor de cincuenta y tantos, de aspecto pulcro y
ropa bien planchada. Desde luego la buena presencia no se le podía discutir y,
no sé por qué, lo primero que se me vino a la cabeza era que este caballero y
la secretaria que me había atendido tenían algo en común desde hace tiempo. Qué
cosas.
Después de las
presentaciones me dijo secamente que no sabía a qué venía a su empresa, y al
ver mi cara de estupor, me explicó don Zulano que hacía años mantenía
desavenencias muy graves y continuas con mi nuevo jefe, don Citano, de Citania,
SA, al que consideraba un enemigo y que por lo único que me había recibido era
para satisfacer su curiosidad del porqué la desfachatez de mi presencia en su
casa. Mi mente entonces se tornó en una máquina de producir sudor frío. A ver
cómo le explicaba yo a este individuo que estaba allí para venderle una
gallina. La madre que parió a don Citano.
—Vengo a
venderle una gallina por orden de don Citano —espeté.
—¡Fuera de
aquí! —me contestó inmediatamente.
—Verá, don
Zulano, antes de que me eche usted de aquí con cajas destempladas le
agradecería que me escuchara un par de minutos. Considero que puede ser
interesante para usted, para su empresa y para mí lo que tengo que decirle.
Podemos convertir esta sinrazón en una buena razón y en una oportunidad de
negocio, y si me apura, en una venganza por la burla que mi nuevo jefe nos ha
hecho víctimas a usted y a un servidor. Podemos revertir esta estupidez y, lo
que es mejor, podemos hacerlo ganando dinero.
—Tiene dos
minutos y después sale de aquí.
—Gracias. Yo aún no pertenezco a la plantilla de don Zutano, le pedí
trabajo ayer.
Le conté mi historia. Don Zutano conocía mi anterior empresa y a sus
primeros propietarios; los respetaba. Se interesó por el tema y me dijo que
continuara. Por así decirlo, «me dio cancha».
—Yo, con mi esfuerzo y tesón, traje por la calle de la amargura al
departamento comercial de la empresa de don Citano muchos años. Al quedarme en
el paro pensé que donde mejor me valorarían era precisamente en mi competencia
directa, esa competencia a la que tanto combatí. Fue un craso error, don
Zulano. Me encontré con una persona que, lejos de abrir una conversación
profesional, parece ser que vio una oportunidad de vengarse, de hacer leña del
árbol caído y, por lo que estoy viendo, burlarse tanto de usted como de mí.
—¿Por qué aceptó entonces esa estupidez de venir a venderme una
gallina? ¿Dónde queda su orgullo, su dignidad?
—Le podría decir que por mi familia, por mis hijos, que también es
verdad. Pero la realidad es que me di cuenta enseguida de lo que pretendía don
Citano no era otra cosa que humillarme. Por otro lado, era conocedor de su
empresa y de sus graves y antiguas desavenencias con don Citano.
—Bueno. Y ahora, ¿qué? ¿A dónde nos lleva todo esto?
—El epígrafe de la empresa de don Citano no permite vender gallinas,
solo bebidas y productos de alimentación empaquetados, nada más. Cuando me
condicionó a venderle una gallina para darme trabajo le seguí la corriente
porque, normalmente, el que piensa que los demás son todos tontos, suele ser el
más tonto de todos. Le dije que eso estaba hecho e incluso le pedí una factura
oficial por la gallina, con todos los datos, número y hasta el sello de «pagado»,
es decir, lo que se suele llamar una factura oficial. Veinte euros más IVA., y
el concepto «una gallina común viva». Aquí la tengo.
—No sé por qué le estoy escuchando, pero siga y acabe.
—Usted me compra la gallina y yo le firmo la factura. Después, su
abogado denuncia la actividad no pertinente y, por supuesto, el hecho de tener a
un vendedor sin asegurar, o sea, yo.
»La segunda parte es que me dé usted trabajo y le aseguro que seguiré
peleando como lo hice los últimos quince años para que las expectativas
comerciales de Citania, SA sigan en mínimos, ahora que precisamente se las
prometen felices por haber cerrado mi antigua empresa.
»Ese espacio comercial, don Zulano, si usted me ayuda, aún es mío, y si
trabajo para usted, será suyo. Piénselo, porque hecho todo esto, habríamos
metido a la Agencia Tributaria y a la inspección de la Seguridad Social en casa
de don Citano. Y si le tapamos al mismo tiempo el hueco comercial que dejamos
en mi antigua empresa, le habremos asestado un golpe muy serio, aparte de que
nos habremos cargado a este impresentable, prepotente y mamarracho que
pretendió reírse de usted y humillarme a mí.
»Antes me preguntaba por mi dignidad, pues bien, don Zulano, ahí tiene
usted mi dignidad, dejándome la piel trabajando, si usted lo tiene bien.
Salí del despacho esperando una futura llamada del don Zulano. No debió
de quedar muy convencido… o sí. El hecho es que se quedó con la factura por una
gallina, y yo con un billete de veinte euros en el bolsillo para don Citano, de
Citania, SA.
Y hay quien dice que la vida de un vendedor no es emocionante.

