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miércoles, 12 de agosto de 2026

GALLIVENTA (2)

 

La venta de la gallina

Había sido responsable comercial en una importante distribuidora de productos de hostelería у alimentación durante muchos años.

Una pena que la tercera generación de propietarios hubiera llevado a la empresa a una quiebra anunciada. Lo que más me dolía era que, básicamente, el motivo del cierre había sido la utilización de los beneficios que generaba la distribuidora en otras aventuras empresariales de difícil futuro.

En esos pensamientos estaba yo mientras aguardaba en la fría sala de espera a que el director y propietario de Zulanita, SA me recibiera. Llevaba más de una hora esperando y durante ese tiempo me dediqué a observar la estancia: repasé visualmente la decoración y dirigí varias miradas furtivas a la secretaria del director que, previamente y por teléfono, me había dado la cita por la cual estaba ahí sentado. Era ya una mujer madura pero aún atractiva, saltaba a la vista que se cuidaba. Estoy seguro de que la mujer se percató de mis miradas de soslayo con esa capacidad innata que tienen las señoras para percatarse de que las mira un señor y regocijarse internamente por sentirse aún admiradas, corroborando así la teoría de que los hombres somos como somos.

El interfono sonó y después de una breve conversación con monosílabos, me indicaron que podía pasar. Toqué la puerta con mis nudillos, abrí, y asomando la cabeza, pedí permiso para adentrarme en aquel despacho forrado de madera, grande y lujoso que olía suavemente a ambientador de los caros y en donde había al fondo, detrás de un escritorio un señor de cincuenta y tantos, de aspecto pulcro y ropa bien planchada. Desde luego la buena presencia no se le podía discutir y, no sé por qué, lo primero que se me vino a la cabeza era que este caballero y la secretaria que me había atendido tenían algo en común desde hace tiempo. Qué cosas.

Después de las presentaciones me dijo secamente que no sabía a qué venía a su empresa, y al ver mi cara de estupor, me explicó don Zulano que hacía años mantenía desavenencias muy graves y continuas con mi nuevo jefe, don Citano, de Citania, SA, al que consideraba un enemigo y que por lo único que me había recibido era para satisfacer su curiosidad del porqué la desfachatez de mi presencia en su casa. Mi mente entonces se tornó en una máquina de producir sudor frío. A ver cómo le explicaba yo a este individuo que estaba allí para venderle una gallina. La madre que parió a don Citano.

­—Vengo a venderle una gallina por orden de don Citano —espeté.

—¡Fuera de aquí! —me contestó inmediatamente.

—Verá, don Zulano, antes de que me eche usted de aquí con cajas destempladas le agradecería que me escuchara un par de minutos. Considero que puede ser interesante para usted, para su empresa y para mí lo que tengo que decirle. Podemos convertir esta sinrazón en una buena razón y en una oportunidad de negocio, y si me apura, en una venganza por la burla que mi nuevo jefe nos ha hecho víctimas a usted y a un servidor. Podemos revertir esta estupidez y, lo que es mejor, podemos hacerlo ganando dinero.

—Tiene dos minutos y después sale de aquí.

—Gracias. Yo aún no pertenezco a la plantilla de don Zutano, le pedí trabajo ayer.

Le conté mi historia. Don Zutano conocía mi anterior empresa y a sus primeros propietarios; los respetaba. Se interesó por el tema y me dijo que continuara. Por así decirlo, «me dio cancha».

—Yo, con mi esfuerzo y tesón, traje por la calle de la amargura al departamento comercial de la empresa de don Citano muchos años. Al quedarme en el paro pensé que donde mejor me valorarían era precisamente en mi competencia directa, esa competencia a la que tanto combatí. Fue un craso error, don Zulano. Me encontré con una persona que, lejos de abrir una conversación profesional, parece ser que vio una oportunidad de vengarse, de hacer leña del árbol caído y, por lo que estoy viendo, burlarse tanto de usted como de mí.

—¿Por qué aceptó entonces esa estupidez de venir a venderme una gallina? ¿Dónde queda su orgullo, su dignidad?

—Le podría decir que por mi familia, por mis hijos, que también es verdad. Pero la realidad es que me di cuenta enseguida de lo que pretendía don Citano no era otra cosa que humillarme. Por otro lado, era conocedor de su empresa y de sus graves y antiguas desavenencias con don Citano.

—Bueno. Y ahora, ¿qué? ¿A dónde nos lleva todo esto?

—El epígrafe de la empresa de don Citano no permite vender gallinas, solo bebidas y productos de alimentación empaquetados, nada más. Cuando me condicionó a venderle una gallina para darme trabajo le seguí la corriente porque, normalmente, el que piensa que los demás son todos tontos, suele ser el más tonto de todos. Le dije que eso estaba hecho e incluso le pedí una factura oficial por la gallina, con todos los datos, número y hasta el sello de «pagado», es decir, lo que se suele llamar una factura oficial. Veinte euros más IVA., y el concepto «una gallina común viva». Aquí la tengo.

—No sé por qué le estoy escuchando, pero siga y acabe.

—Usted me compra la gallina y yo le firmo la factura. Después, su abogado denuncia la actividad no pertinente y, por supuesto, el hecho de tener a un vendedor sin asegurar, o sea, yo.

»La segunda parte es que me dé usted trabajo y le aseguro que seguiré peleando como lo hice los últimos quince años para que las expectativas comerciales de Citania, SA sigan en mínimos, ahora que precisamente se las prometen felices por haber cerrado mi antigua empresa.

»Ese espacio comercial, don Zulano, si usted me ayuda, aún es mío, y si trabajo para usted, será suyo. Piénselo, porque hecho todo esto, habríamos metido a la Agencia Tributaria y a la inspección de la Seguridad Social en casa de don Citano. Y si le tapamos al mismo tiempo el hueco comercial que dejamos en mi antigua empresa, le habremos asestado un golpe muy serio, aparte de que nos habremos cargado a este impresentable, prepotente y mamarracho que pretendió reírse de usted y humillarme a mí.

»Antes me preguntaba por mi dignidad, pues bien, don Zulano, ahí tiene usted mi dignidad, dejándome la piel trabajando, si usted lo tiene bien.

Salí del despacho esperando una futura llamada del don Zulano. No debió de quedar muy convencido… o sí. El hecho es que se quedó con la factura por una gallina, y yo con un billete de veinte euros en el bolsillo para don Citano, de Citania, SA.

Y hay quien dice que la vida de un vendedor no es emocionante.