miércoles, 2 de octubre de 2024
sábado, 28 de septiembre de 2024
viernes, 27 de septiembre de 2024
Amor de madre
Tras una noche que era mejor olvidar, sonó el
despertador para rescatar de los brazos de Morfeo a un tal Benito Suárez que,
en ese momento, las nueve y media, soñaba que era un cerdo que estaba comiendo
huevos revueltos con lentejas. Tan fuerte era la resaca que, sincronizada con
el tono habitual del despertador, llegó a escuchar una voz que machaconamente
repetía:
—Se
busca comercial, se busca comercial, se busca comercial...
Tenía una entrevista a las 10; se levantó como pudo y
al rasurar la barba de tres días, le dijo al del espejo:
—Espabila
cabrón, que ya tienes 43 años; ánimo Benito, hoy puede ser un gran día.
Se echó un copioso chorro de agua de colonia de lavanda, se peinó y se puso el
traje de las bodas. Se dio una buena ostia al tropezar con algo en el pasillo.
Se levantó y tirando de la puerta, salió. Mientras se anudaba la arrugada
corbata frente al espejo del ascensor, cayó en la cuenta de que se había dejado
las llaves dentro de casa. Pensó volver al quinto y tirar de una patada la puta
puerta y así poder coger las llaves del coche y la cartera. Pero,
recapacitando, decidió mantener la calma; respiró, metió las manos en el
bolsillo, encontró un arrugado billete de 20 euros y se dijo:
—Cambio
de planes, cogeré el autobús.
Y así fue que lo pilló de purito milagro. Colgaba como
un simio de la barra del bus cuando se dio cuenta de que todo el mundo lo
miraba; achacó el fenómeno a esas paranoias post-alcohólicas que nunca duran
más de tres días. Pero la gente seguía mirando; lo miraban de arriba a abajo,
empezando en la cabeza y terminando en los pies. De reojo vio como dos
chavalas, a risas, cuchicheaban señalándolo: en un primer momento, Benito
Suárez creyó lo que hubiera creído hace veinte años y ahora no podía ya creer,
pues se percató de que esas dos no lo señalaban a él, sino a sus zapatos.
—¿Qué tienen mis zapatos? —se preguntó— y fue entonces cuando mirándose a los pies, vio que calzaba zapatillas; las zapatillas que su madre le regaló por Reyes, tupiditas, calenticas, de cuadros, como las de los enfermos en los hospitales. Tampoco llevaba calcetines. Cerró los ojos y pensó:
—Si
la sociedad fuese como debe de ser, nadie daría importancia a lo que no la tiene;
yo soy Benito Suárez, con zapatos y con zapatillas...
No tardó en darse cuenta de que esas filosofías apenas
le estaban valiendo para soportar mejor el ridículo; entonces reaccionó
trazando un plan más realista: iría a la entrevista, pero tendría que disimular.
Saltó como un gato del autobús y empezó a correr; volvió la vista atrás para
ver si aún le miraban y vio como las dos mozas le decían adiós desde la
ventanilla trasera.
—Nº 324, Nº 326, aquí es.
Cogió aire y entró. El hall era amplio, había cámaras…
—Eso no es problema —pensó—, las cámaras no se fijan en el calzado de la gente.
Con fingido rostro serio y un paso firme sospechosamente exento de taconeo, se dirigió a la recepción. Seguro, aplomado, ajustándose la corbata para disimular, metió los pies debajo del mostrador —esto le dio una relativa seguridad momentánea— entonces dijo a la recepcionista:
—Buenos días; soy Benito Suárez, tengo una cita a las diez.
La chica le respondió mirando el reloj (eran las diez en punto):
—Suba usted señor Suárez al décimo piso, despacho B, le están esperando. Allí enfrente tiene el ascensor.
Benito comprobó que el ascensor estaba en el otro extremo del hall: calculó la distancia…
—Veinte pasos… es demasiado… tendría que darle la espalda a esta...
En un rápido vistazo buscó las escaleras y vio que estaban allí mismo, junto al mostrador: ella, aunque se aupase, nunca le vería los pies.
—Prefiero las escaleras —dijo—, soy deportista ¿sabe?
Subió los diez pisos escalón a escalón, chancleteando. Se cruzó con cinco o seis personas a las que saludó con efusiva amabilidad, abriendo mucho los ojos para que, hipnotizadas, no pudiesen bajar la vista.
Llamó a la puerta, entró como un fuego, como Speedy González, como el Correcaminos, MIC-MIC:
—Buenos días, con permiso, Benito Suárez, comercial.
Ocupó la silla arrimándola bien a la mesa para ocultar los pies y dio un fuerte apretón de manos al directivo, quien empezó a hablar:
—Buenos días señor Suárez, hemos visto su currículum, bla, bla... Como usted bien sabe esta es una multinacional, bla, bla...
Aunque ponía cara de hacerlo, los diez pisos habían hecho mella: Benito no escuchaba nada más que el latido de sus propias sienes…
—Bien, Benito, dígame, ¿a qué aspira usted?
—A dar con la cabeza en un pesebre —pensó Benito, pero respondió de modo más adaptativo:
—Si me pregunta usted sobre mis metas le diré con toda seguridad que mi aspiración no es otra que cumplir con los objetivos marcados por el departamento de ventas.
Benito entendió en el inusitado brillo de los ojos de aquel señor de bigote, que la respuesta había gustado.
—Bien señor Suárez, veo en su currículum que ha trabajado para muchas empresas, ¿no será usted culo de mal asiento?
Con gusto habría mandado al carajo a aquel prepotente que ahora se respaldaba en su sillón, en actitud de regocijo, entrecruzando los dedos en espera de una cagada por respuesta; pero decidió utilizar la diplomacia:
—Usted sabe, como yo, que los vientos del mercado son cambiantes y los vendedores aguardamos, al pairo, para ver por dónde soplan.
—Bien, señor Suárez, dígame ahora sus puntos fuertes.
Benito pensó que le gustaba la jarana, la piltra y el fútbol, pero decidió responder con la vieja treta del acrónimo COSTRA que siempre le había deparado éxito en las entrevistas:
—Soy persona Comunicativa, Organizada, Seria, Trabajadora, Resolutiva y Amigable.
El bigotes anotó estas cualidades y después preguntó:
—¿Sabe inglés?
—Nivel medio, respondió Benito…
—¿Podría usted llevar una conversación conmigo en inglés?
—Podría, respondió Benito —y no mentía, podría llevarla si supiera inglés. Se hizo un silencio de esos que llaman sordos. Entonces el bigotes arrancó:
—Well, if you are a salesman, tell me when your vocation began.
Benito, que era todo voluntad, respondió a lo que le parecía una pregunta, con casi todo lo que sabía: un «YES IT IS» tan firme, seguro y escueto, que le provocó un espasmo en la pierna e hizo escapar a considerable distancia la zapatilla del pie derecho; ¿cómo haría para recogerla?, ya pensaría algo; ahora tenía que seguir hablando:
—Inglés, ¿para qué? Aquí no hablamos inglés…
—Mire —dijo sacando el móvil del bolsillo—, ahora es posible hablarle al móvil en español, darle a una tecla y al momento repetirá lo mismo, pero en inglés. Dirán los puristas que es método burdo, pero para los que confunden «I AM» con la una de la mañana, es perfecto. En fin, que la tecnología a veces vale para algo; claro que esto es mala noticia para las academias... permítame a este respecto que le cuente un chiste: va uno a una academia y pregunta ¿es aquí donde dan las clases de inglés tan baratas?; le respondieron en perfecto inglés: If, if, between, between.
El entrevistador no esbozó ni la más mínima sonrisa. Entonces Benito, para recuperar su zapatilla, tiró el móvil debajo de la mesa, como al descuido, y se agachó para cogerlo. Ahí estaba su zapatilla, junto a un lustroso zapato del directivo. Se calzó la zapatilla, recuperó el móvil, se dio un coscorrón con la mesa, dijo «disculpe» y siguió hablando, tenía que seguir hablando…
—Siéndole totalmente sincero, le diré con toda franqueza que mi nivel de francés es mejor. Fíjese, el idioma francés es parecido al castellano: los franceses llaman al agua «Ó», y al vino «VIN», y al pan «PEN»; pero tampoco es tan sencillo como parece, pues al queso, que bien se sabe que es queso y que huele a queso y bien se ve que es queso, le llaman «FORMAGE» o algo así…
El entrevistador cortó a Benito:
—Mire, señor Suárez, usted no tiene ni puta idea de inglés ni de francés, pero acaba de demostrarme uno de sus puntos fuertes: es usted una persona bastante comunicativa. Dígame algo ahora para convencerme de que también es, como dijo, resolutivo, y puede que el trabajo sea suyo...
Benito Suárez se quitó las zapatillas, las puso encima de la mesa y dijo:
—Pues mire usted: vine en zapatillas y nadie se dio cuenta.
NOTA: Basado en el artículo «Entrevista a las 10», publicado por el autor en 2014 (Diario digital NUEVA TRIBUNA)
domingo, 16 de junio de 2024
Método DEMOSTRATIVO (2)
Esta
historia me la contó Javier Cortegoso; me la contó en el CFO de Labañou de A
Coruña; me la contó un día de 2017, precisamente el mismo día que lo
dejé encerrado en el centro de formación. Dando por hecho que ya no quedaba
nadie en el centro, aquel día bajé las escaleras, bajé los machetes de la luz,
bajé la verja y cerré el portón con llave… Cortegoso aún estaba en el baño.
Es
la historia de Pascual, un vendedor de cristal, cristal templado, un tipo de vidrio
de seguridad que, al romperse, fractura en pequeñas partículas inocentes para
el cuerpo humano.
Don
Martín, gerente del equipo de ventas, en ocasión de hallarse revisando el
rendimiento de su equipo, observó que Pascual, nuestro vendedor, figuraba de
primero en el ranking de ventas: vendía el doble de cristales que sus
compañeros; por eso decidió llamarlo al despacho, quería felicitarlo:
―Buenos
días, Pascual, ¿cómo está usted?
―¿Yo?
―respondió desconfiado Pascual, esperando algún reproche―, yo estoy
bien, don Martín; ¿y usted?
―Siéntese,
Pascual ―dijo el jefe―. Mire, estuve revisando las ventas del equipo y resulta
que usted vende el doble que cualquiera de sus compañeros. Le felicito por
ello, pero, dígame: ¿cómo carajo hace usted para vender el doble de cristales
que cualquiera de sus compañeros?
―Muy
sencillo jefe, ―respondió Pascual― hago
demostraciones: cojo en el almacén un cristal templado de 20 x 30, junto a
varios clientes y después procedo, con un martillo, a romperlo delante de ellos:
de este modo todos los asistentes pueden comprobar las cualidades técnicas del
cristal. Entonces anoto los pedidos y finalmente los invito a un vino español.
―¡Qué
locura de gastos!, ―espetó don Martín―
desbaratar un cristal en cada demostración, y luego convidar a una ronda… Se ha
cargado usted el procedimiento de ventas. Usted va por libre…
―No
se preocupe, don Martín, ―templó el vendedor― los beneficios saltan a la vista:
por favor, no considere usted esos cristales como pérdidas, sino como modestas
inversiones pedagógicas, y entienda los convites como actos de fidelización para
consolidar la ya notoria fama de esta gran empresa…
―Es
usted un demonio, ya lo decía mi padre. En fin, siga así; su rendimiento
comercial es innegable. Mire, Pascual ―prosiguió el jefe―: ¿podría yo asistir a
una demostración de las suyas? (…)
De
este modo, don Martín agendó asistencia a una de las demostraciones de su
empleado, y una vez se halló presente en ella, tomó buena nota de todo lo que
hacía Pascual: Bienvenida, 15 segundos. Presentación del producto, 28 segundos.
Rotura de la muestra de vidrio (cuatro martillazos), 2 segundos. Fuerte ovación
de los clientes, 3 segundos. Recogida de pedidos: media hora. Barrer partículas
de cristal, 1 minuto. Vino español, una hora. Esa misma noche, don Martín pasó
a limpio estos pasos y al día siguiente ―a espaldas de Pascual― reunió al resto
de vendedores para explicarles el nuevo sistema de ventas: un procedimiento
basado en aquella demostración del demonio, un procedimiento que debían seguir
al pie de la letra…
Y
sucedió lo esperado: en sólo un mes, las ventas de todo el equipo se elevaron
al doble; ahora Pascual parecía ser uno más… Pero a primeros de noviembre,
Pascual ya estaba vendiendo el doble que sus compañeros: el doble del doble,
para entendernos… Don Martín tendría que llamarlo de nuevo al despacho, ¿qué
habría inventado ahora…? Pascual volvía a estar de nuevo frente a su jefe:
―Entonces,
Pascual, dígame qué demonios está haciendo ahora. Mire, sus compañeros, haciendo
lo mismo que hizo usted en aquella demostración, pasaron a vender el doble, pero
usted, en poco tiempo, vuelve a doblar sus ventas… ¿podría yo asistir de nuevo a
una demostración de las suyas?
―Ahórrese
el viaje; ―respondió Pascual― ahora hago lo mismo que hacía antes, lo que usted
vio en aquella presentación; sólo incluyo una pequeña variación técnica: agarro
el martillo, pero, justo antes de asestar el primer golpe al vidrio, hago una
pausa teatral y pregunto a los clientes ¿quieren probar a romperlo ustedes? Y
vaya si prueban, don Martín: se lo pasan de rechupete golpeando hasta hacer
fosfatina la muestra; esa gente debe padecer algo de estrés ¿sabe?
Mi
amigo Javier Cortegoso está convencido de que las competencias docentes son
fiel reflejo de las comerciales, y viceversa. Puede que seamos comerciales y no
lo sepamos, puede que sean profesores y no lo sepan… El método demostrativo parece
común a ambos oficios; en el nuestro resulta incompleto si sólo es el profesor
quien hace una tarea y sólo es verdaderamente útil cuando todo el alumnado la
realiza.
Aquel día de 2017, Javier Cortegoso me contó esta historia y yo, en premio, lo dejé encerrado en el centro de formación. Javier se cansó de llamarme mientras yo conducía camino a Ferrol escuchando a las Puppini Sisters. Finalmente fue otro profesor, amigo de los dos, Mario López Guerrero, quien con sus llaves liberó a Javier mientras yo dormía la siesta. Gracias por contarme esta historia, Javier, y gracias, muchas gracias por no reprocharme nunca el haberte dejado allí encerrado. Ahora, esté donde esté, siempre reviso todos los baños y siempre grito como un bobo antes de chapar cualquier puerta: ¿hay alguien? ¿queda alguien?
domingo, 9 de junio de 2024
La edad NO IMPROTA
jueves, 6 de junio de 2024
Reproducción a la carta
Bernardo y Matilde llevan meses
dándole vueltas al asunto de tener descendencia. Mientras Matilde abandera el
sí: es una pena dejar este mundo sin tener críos; Bernardo —desconocedor de que la historia acabará en alumbramiento, pues el mundo de lo transcendente siempre fue matíldeo— sigue atrincherado en el no, no merece la pena
traerlos a este valle de lágrimas... En ocasión de hallarse ambos paseando por la calle, será la intuición
femenina, siempre atenta a encontrar lo que busca, quien primero mire, luego
vea y después observe como bajo el llamativo letrero que publicita en letras de
molde: «REPRODUCCIÓN A LA CARTA», un operario de buzo rojo atornilla una placa que
dice: «Doctora An-Selma».
Alea jacta
est: ya están ambos sentados
frente a la genetista. Bernardo, creyendo tomar la iniciativa —aunque es el
silencio táctico de Matilde quien realmente ha roto el hielo—, se arranca:
—Buenos días, doctora Selma, verá, mi esposa y yo, en un futuro muy lejano, barajamos la
posibilidad de tener un hijo, y como hemos visto en el portal ese anuncio de
reproducción a la carta, pues henos aquí a su merced.
—Enhorabuena por la decisión —dice
la doctora An Selma mirando a los ojos de Matilde—; están ustedes en el sitio
apropiado. En este momento saben el qué: quieren un hijo; pero aún les hace
falta conocer el cómo: cómo quieren que sea la criatura. Miren ustedes, hoy en
día podemos predeterminar muchas cualidades del futuro ser, y es precisamente
por ello que deben responder a una serie de preguntas técnicas; la primera es
sencilla: ¿quieren tener un niño o una niña? Aunque la decisión es enteramente
de ustedes —prosigue la doctora—, por deber médico deontológico debo
informarles de algunos detalles, que al ser de categoría social, de género, poco tienen que ver con los
cromosomas; esto es: si es niña,
aunque por impronta social obtendrá mejores calificaciones académicas, es bien
cierto también que lo tendrá más difícil en el mercado laboral; si es niño,
obviamente será menos responsable, bla, bla, bla…, pero dispondrá de más ínfulas
y aspiraciones de poder…
Matilde, mirando primero a
Bernardo y luego a la doctora Selma, afirma segura:
—¿Qué más da? En esto no
queremos intervenir, que decida la naturaleza. Si hay que transformar la sociedad, esto tanto lo puede hacer un niño como una niña, un hombre como una mujer…
—Vamos entonces con la segunda
pregunta —retoma la doctora—: ¿quieren que el futuro ser sea sumiso o que tenga
mala leche?
Bernardo, que está haciendo en su empresa un curso de inteligencia emocional subvencionado por FUNDAE, responde ufano:
—Mire doctora An, ¿por
qué irse a los extremos si en el medio está la virtud?, lo queremos asertivo.
Como usted debe saber, doctora, la asertividad es el punto intermedio entre la
sumisión y el enfado, ese dulce sitio en el que uno dice lo que piensa, pero
sin dañar a los demás. Se podría decir, doctora, que el comportamiento asertivo
es definible con la imagen «mano de hierro en guante de seda». En el medio está
la virtud: ¡que sea asertivo!
La doctora An, esbozando una pícara sonrisa, responde:
—Verán, tenemos constancia de que hay diversos genes
disparadores e inhibidores de la mala leche, pero hemos descifrado ya hace
mucho todo el genoma humano, y ese gen, el gen de la asertividad, no existe; la
asertividad es un invento probablemente inglés, una entelequia diplomática, una
utopía. Ojalá pudiéramos programar la asertividad, pero, repito: ese gen no
existe. Por tanto, deben ustedes decidirse por uno de los dos extremos, sumisión o mala
leche, amoldamiento o genio, tragadura o exigencia, aquiescencia o negación —la
doctora empieza a gustarse—, vivir de rodillas o morir de pie, cobardía o
valentía, esclavitud o lucha, comulgar con ruedas de molino o afirmar
rotundamente que no, que no me da la gana, que no quiero, ¡cojones!… Les garantizo que esta
decisión —la doctora An Selma habla ahora emocionada—, pusilanimidad o
gallardía, mansedumbre o bravura; esta cuestión, les digo, es más importante
que la que ustedes acaban de dejar en manos de natura: ser hombre o ser mujer.
Blandura o genio, ésta en la cuestión. Guante de seda o mano de hierro, encajar
golpes o propinarlos, clavo o martillo, conservadurismo o cambio, palabras
dulces o groseros tacos, tragarse cualquier milonga o detectarla al instante,
efecto mariposa o resistencia activa, juicio ajeno o propio pensar, mirar a un lado o mirar de frente, parálisis o acción, santidad o pecado, poner la otra
mejilla o devolver la hostia, gaseosa o cubalibre, música clásica o rock and roll… Mire, Matilde, usted hablaba antes de cambiar el mundo: pues acompañe ahora a su marido a la sala de
espera y tómense para esta elección el tiempo que haga falta…
Bernardo que sabe de las consecuencias del
hablar y quiere evitar problemas a su futuro retoño, opta por programarlo de
carácter sumiso, callado. ¿Por qué no evitar al crío los pescozones que le darán
por abrir la boca? Pero ella, Matilde, es partidaria de que su hijo o hija exprese siempre lo que piensa, con valentía, mirando al coño del alma:
—Mira Bernardo, que lo diga
todo, y no se trague sapos.
—Mira Matilde, que en boca
cerrada no entran moscas.
—Mira Bernardo, que quien calla
otorga.
—Mira Matilde, que a veces
tendrá que decir que sí solo para tener la fiesta en paz.
—Mira Bernardo, que diciendo que
no, incluso por sistema, jamás se la darán con queso.
—Mira Matilde, que si calla
vivirá más años.
—Mira Bernardo, que callar es matar golondrinas.
—Mira Matilde, (…)
El combate dura alrededor de una hora y finalmente se impone, por puntos, el sentimiento sobre la razón. Cinco minutos después, la doctora An Selma anota en su libreta: determinación cromosómica del sexo: xx ó xy, indiferente; genotipo de la mala leche: afirmativo. Nueve meses y un día después, nace, por fin y de una puta vez, Mafalda.
NOTA: Basado en «Reproducción a la carta», artículo publicado por el autor en Nueva Tribuna (noviembre 2014)





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