Yo no pico. Si alguien me hubiera dicho hace
una semana que iba a gastarme 289 euros en una gallina con envío premium y
seguimiento en tiempo real, le habría preguntado qué clase de drogas toma.
Soy Fernando, director ejecutivo del departamento de
compras de Vodastar. Sí, esa famosa empresa líder en telecomunicaciones y
tecnología en Madrid, esa misma.
Y tengo mi máster en MBA, además de otros tres másteres
complementarios, mis dos móviles, cero paciencia y una convicción
inquebrantable: a mí la publicidad no me manipula.
Al menos, eso pensaba yo el lunes a las ocho de la mañana
cuando, mientras desayunaba, cogí mi móvil y abrí mi ChatGPT:
—Necesito ideas para reducir el estrés.
La IA respondió, entre otras cosas:
—Además del ejercicio y la meditación, algunas personas
disfrutan cuidando animales domésticos.
Qué tontería. Cerré la conversación.
Cinco minutos después abrí LinkedIn.
Primer vídeo: un CEO explicando cómo cuidar gallinas le
había enseñado liderazgo.
Pasé al siguiente: Otro directivo que también tenía
gallinas.
—¿Qué pasa hoy con las gallinas?
Seguí haciendo scroll hasta que llegué a la conclusión de
que hoy pasa algo raro con Linkedin. Así que, abrí Instagram.
Primer post: Un arquitecto enseñando su jardín. Detrás,
tres gallinas.
—¡A la porra! ¡Me paso a Tik Tok!
Primera entrada: «Cinco cosas que las personas más
productivas hacen antes de las siete». En el puesto número cuatro... ¡Una
gallina!
¿Y en YouTube?
Estaba harto de tanto pollo, así que busqué el tráiler de
la nueva película de los Vengadores. Antes de mi vídeo, apareció un anuncio que
podía omitir, pero no lo hice. Quería comprobar hasta dónde llegaba aquella
locura porque era un anuncio sobre... ¡Gallinas!
Empecé a sospechar que Internet se había levantado muy
raro, por lo que cambié de estrategia. Me pareció un buen momento para ver qué
se cuentan mis amigos en los grupos de WhatsApp. Al menos, con ellos siempre
encuentro motivos para reírme.
Grupo: Directivos Vengadores
[Carlos] Mirad qué huevos [foto]. Un desayuno espectacular.
[Luis] Desde que tengo gallinas no los compro en el súper.
Marcos añadió un emoji de brazo musculoso.
Yo escribí: Estáis fatal.
[Carlos] Tú no lo entenderías.
No sé por qué, pero esa frase me molestó muchísimo.
A esas alturas ya me estaba calentando y no sé si fue el
mosqueo o la curiosidad que me dio por entrar en Google.
Escribí: «Gallinas today».
No era para comprar, era para echarme unas risas y romper
la extraña cadena de acontecimientos de la mañana.
El primer resultado decía: la mayoría abandona esta página
sin descubrir cuál es la raza favorita de los profesionales.
Pensé: «Menuda tontería». Aun así, entré, aunque solo para
comprobar lo ridículo que era.
La cosa no quedó ahí, no qué va. Una hora más tarde recibí
un email.
Asunto: Fernando, creemos que esto puede interesarte.
¿Cómo sabían mi nombre? Abrí el correo. Había una
fotografía preciosa de una gallina. Más elegante que algunos consejeros de
administración que conozco. Abajo solo aparecía una frase.
Algunas decisiones empiezan con un simple «voy a mirar».
Cerré el correo inmediatamente. Aunque antes amplié la
foto. Dos veces.
Esa noche escuché el capítulo 327 del pódcast al que estoy
enganchado «Los Directivos de la Justicia». No iba de gallinas, para nada. Pero
el invitado comentó:
—Las mejores decisiones empresariales empiezan aprendiendo
a cuidar algo vivo.
No habló más del tema. Casualmente, mencionó que tenía seis
gallinas. No pude evitar sonreír, ¡parecía que el universo entero estaba
patrocinado por pollos!
Entonces se me pasó algo por la cabeza. Entré en Amazon,
solo para confirmar que nadie pagaría dinero en serio por cuidar una gallina,
no podía ser.
Primera opción: 799 €.
Segunda: 649 €.
Tercera: 289 €.
Pensé: «Bueno... Dentro de lo que cabe... No está mal».
Tremendo escalofrío. Me asusté al pensar eso.
Justo cuando iba a cerrar la aplicación apareció una
notificación: «Hay otras personas viendo este producto».
Seguí cerrando. Otra notificación: «Quedan pocas
unidades disponibles».
Qué pesados. Otra notificación más: «Acaba de venderse
una hace dos minutos».
Miré la pantalla. Suspiré. La cerré. La abrí otra vez para
comprobar una cosa. Volví a abrir mi ChatGPT.
—Pregunta totalmente hipotética, si alguien comprara una
gallina... ¿Sería complicado cuidarla?
Respuesta inmediata:
—Depende de la raza. Para un principiante recomendaría...
¡¿Cómo que recomendarías?! ¡Yo no había dicho que quisiera
una! ¡Solo era una hipótesis!
Seguí leyendo… ¡durante veinte minutos!
Volví a Amazon. La página ya parecía conocerme demasiado
bien, todo encajaba: las opiniones, las fotografías, los vídeos, las preguntas
frecuentes… ¡Hasta había una calculadora que demostraba el ahorro anual en
huevos!
Pensé: «No voy a comprar, ni de coña».
Cinco minutos después pensé: «Voy a añadirla al carrito,
pero eso no significa nada».
Tres minutos después: «Voy a rellenar la dirección, así
tardaré menos si algún día...».
Dos minutos más tarde: «Voy a introducir la tarjeta, pero
sin pagar».
Entonces apareció un botón enorme: CONFIRMAR
PEDIDO. No recuerdo pulsarlo, solo recuerdo el correo que llegó diez
segundos después:
«Enhorabuena, Fernando. Tu nueva compañera llegará mañana
antes de las 10:00».
…
Al día siguiente estaba en plena videollamada con el comité
de dirección cuando sonó el timbre. Abrí la puerta. Una caja enorme. El
repartidor sonrió.
—¿Fernando?
—Sí.
—Aquí tiene a Pitusa.
—¿Quién?
La caja hizo... ¡Cloc, cloc!
Volví a la reunión con la caja en brazos. Silencio
absoluto. Mi presidenta me preguntó:
—Fernando... ¿Eso es una gallina?
Respiré hondo. Miré a cámara. Miré la caja. Miré el correo
de confirmación. Y respondí con la mayor profesionalidad que he demostrado en
veinte años de carrera:
—Sí... Es una gallina. Y todavía no sé muy bien cómo ha
llegado hasta aquí.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Entonces la caja
hizo: ¡Cloc, cloc!
En la pantalla aparecieron quince caras intentando
disimular la risa, con un grado de éxito bastante lamentable. El director
financiero fue el primero en romper el silencio:
—Fernando... ¿esto entra en gastos de representación?
Lo peor es que, durante medio segundo, estuve buscando una
respuesta jurídica.
Colgué la videollamada, dejé la caja sobre la mesa y me senté
frente al portátil intentando recuperar la dignidad.
En ese momento sonó una notificación: «Los clientes
que compran una gallina también suelen comprar un gallinero».
Me eché hacia atrás. Sonreí. Cerré la página.
Aguanté exactamente siete segundos. Después volví a
abrirla... Solo por curiosidad...

